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Jueves, 27 de febrero de 2003 - 13:00 GMT
Cartas de Vanessa y Francisco
![]() La capital de México es una de las más populosas del mundo.
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo
Las dos cartas llegaron el mismo día, un jueves. Una la escribió Vanessa Muñoz en la ciudad de México, y Francisco escribió la otra en Londres. Una es larga y detallada y amarga y la otra es breve y al grano. Vanessa narra cinco minutos de la vida a bordo de un automóvil en la mañanita de la capital mexicana, a una hora en que nadie debería estar detrás ni delante de una máquina, mucho menos adentro. Camino a la oficina, ella y su novio tuvieron un choque con un taxi, una pelea que no pasó de palabras con el chófer y con los pasajeros, que no querían justicia sino llegar sin retraso a donde iban, y la desilusión que uno siente cuando descubre que es sólo una estadística.
Pensaba en esas cartas porque este fin de semana iremos de nuevo a Bishop Monkton, un no sé si pueblito no muy lejos de Ripon, en Yorkshire, donde hemos caminado de día y de noche, con sol y con nieve, hasta con lluvia y lodos, los últimos tres años. Hay un pub (dos, pero el otro no nos gusta) donde se cena bien y barato, una tienda pequeña, una oficina de correos, un par de iglesias, una escuela, patos y gallos en la calle, un arroyo que cruza el caserío, y cada verano una carrera de patos de plástico en el arroyo. Un autobús va a Ripon o viene más o menos cada hora. La vida no corre prisa.
Cuando estoy en lugares así termino por admitir que ni la frustración de Vanessa tiene consuelo ni la preocupación de Francisco tiene remedio. Quien camina en una carretera desierta y silenciosa comprende que tendrían que cambiar muchas cosas que por muchas razones no han cambiado.
La ciudad de México ya no tiene remedio. Hace varios años, a alguien se le ocurrió la idea de que hubiera un día en que algunos vehículos no circularan, pero la idea resultó insuficiente por el volumen del tránsito y porque hubo personas que compraron dos carros, y usaban uno un día y otro el otro. Como resultado, la contaminación y la aglomeración siguen siendo descomunales. Vanessa volverá a vivir lo que le pasó ese jueves y volverá a escribirnos. Londres estaba considerado como una versión del infierno desde el siglo XIX o principios del XX, si no es que antes. Hace una semana, el gobierno londinense puso a prueba un sistema que a primera vista parece sencillo, y que consiste en cobrar unos ocho dólares a cada vehículo que entre al centro de la ciudad. El primer día, pese a que cien mil personas pagaron la cuota, las calles estaban indescriptiblemente vacías. Sé que Francisco volverá a escribirnos. |
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