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Domingo, 16 de febrero de 2003 - 10:21 GMT
Eran muchos
![]() El caso moral de Estados Unidos y la Gran Bretaña contra Saddam Hussein no tiene memoria.
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo
Eran muchos. Tres cuartos de millón según la policía, dos millones de personas según los organizadores, pero todos caminaban lentamente por el centro de Londres para decirle al gobierno de Gran Bretaña y al mundo que no quieren una guerra contra Irak. Eran tantos que los canales de televisión reconocieron que la marcha de este sábado contra la guerra ha sido la manifestación más grande en la historia de Gran Bretaña. Era cierto. Nosotros fuimos, la vimos, sentimos el mismo aire helado que cortaba el aliento y entumía las orejas en Hyde Park.
Estaban los que siempre van, como ya dije. Pero también estaban los que fueron porque sienten que la guerra contra Irak puede cambiar al mundo, los que fueron porque había que estar en esta marcha para ser parte de la Historia, y lo que fueron a ver qué. Nosotros fuimos. Como fue un sábado frío, nos preparamos para ir a la marcha con botas, pantalones gruesos, abrigos, suéteres, guantes, bufandas, gorros, un whisky que terminaría de entibiarse en el bolsillo interior de la chaqueta, chocolates, agua, un termo de café, libreta y lápiz. Cuando llegamos a Hyde Park apenas había unos cuantos cientos expuestos a las corrientes gélidas. Las pancartas que había y las que llegaron sin cesar durante las siguientes siete horas tenían un mensaje claro y definitivo: no a la guerra contra Irak, aunque tuvieran otros mensajes sobre la situación de los palestinos y la talla intelectual de George W. Bush.
Decidimos regresar antes de que terminara la manifestación. El termo con el café se salía, teníamos las orejas ateridas, se hacía tarde. Caminamos como pudimos en sentido contrario a la marcha hasta que no pudimos avanzar más por el gentío, y tuvimos que meternos por calles que en otra parte del mundo serían paralelas aunque no en Londres. Pero aun las callejuelas de Mayfair, donde hay embajadas, y por eso hay hoteles de cinco estrellas, sastrerías a la medida, joyerías increíbles, restaurantes carísimos y bares suntuosamente surtidos, estaban llenas de manifestantes que prefirieron separarse de la lenta marcha de quienes se oponen a la guerra, cualquier guerra. Caminamos durante hora y media, y en cada bocacalle veíamos una parte de la manifestación que avanzaba sin prisa pero sin pausa. Dos horas y algunos kilómetros después logramos cruzar entre los que marchaban, y pudimos llegar al punto en que todo había comenzado. Un grupo de barrenderos recogía papeles, carteles, panfletos, volantes, los restos de la marcha, tal y como habían hecho horas antes otros barrenderos en ciudades de Oceanía, Asia Mayor y Menor, y Medio Oriente, y de África y de Europa, y como harían horas después los barrenderos de América Latina, Canadá y Estados Unidos.
Muchos piensan que de todos modos habrá guerra. De la misma manera, muchos piensan que el número de personas que se manifestaron contra la guerra durante el fin de semana deja constancia de que, por primera vez en la historia, la inconformidad es claramente global y tendrá consecuencias políticas y de otras. En Londres, además del poderoso mensaje antibélico que envió a un gobierno empecinado en no escuchar, la marcha contra la guerra sirvió para que propios y extraños disfrutáramos un día sin congestionamientos de tránsito. Así terminó el sábado. |
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