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Sábado, 25 de enero de 2003 - 15:27 GMT
Nadie elige la guerra
![]() "La ONU son 191 países, y no los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad".
Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo
El jueves, como los viernes y los demás días de la semana, leía el diario bajo la mortecina luz de las lámparas de la estación del tren. Los diarios hablaban de los planes hasta entonces secretos de Estados Unidos para impedir que Saddam Hussein prendiera fuego a los pozos de petróleo de su país, como hizo en 1991 con los de Kuwait. Todavía estaba impresionado con el inusitado espectáculo del muro de la esquina de mi calle, que se vino abajo veintitantos días más tarde de lo que yo había pensado, después de semanas de suspenso. Pero ya esperábamos que cayera porque nada, ni la verdad, puede perder tanto la vertical sin venirse abajo por su propio peso.
Pero la noticia del diario me hizo olvidar mis problemas, que a fin de cuentas son ínfimos, y me hizo pensar en las razones que tiene un pueblo para elegir un gobierno. Sólo pude encontrar tres: promover el bien común, organizar el esfuerzo productivo y garantizar la protección general. Como a esa hora, las cinco cincuenta y siete, no se puede hacer otra cosa, pensé más, pero ahora en lo que necesita un gobierno para hacer una guerra. Encontré otras tres condiciones: tener un amplio margen de apoyo popular, tener un amplio margen de consenso internacional y observar el derecho internacional. Busqué en la memoria las cifras de apoyo popular que respaldan las amenazas de George W. Bush y de Tony Blair, y sólo pude recordar que Bush no ganó la mayoría de votos en la elección sino que fue nombrado por la Corte Suprema de su país, y que a Blair lo eligieron por un programa que su gobierno está muy lejos de cumplir.
El tren que no llegaba apareció a las seis y nueve, cuando pensaba que ninguno de los dos gobernantes ha decidido escuchar las muchas voces que se oponen a la aventura armada aquí, allá y en todas partes. Sus discursos son monólogos que se agotan en su propia repetición: Saddam Hussein es malo porque Washington y Londres dicen que es malo, aunque prefieran olvidar que fueron precisamente la Casa Blanca y Downing Street quienes le dieron a Saddam Hussein las armas para cometer sus maldades. Los dos están ya muy comprometidos con el conflicto, y debe ser sumamente difícil echarse para atrás. El apoyo internacional para la campaña bélica es todavía más difícil de determinar. Las naciones que han expresado su intención de participar en la guerra que viene lo han hecho porque no les queda más remedio, ya sea debido a la fatalidad geográfica, la debilidad política o la realidad económica.
Pero aunque la oposición a la guerra crece, las posiciones de guerra se fortalecen. Nadie puede evitar ya la ofensiva contra Irak, salvo lo inesperado, que por definición no se sabe qué es. Ni siquiera la ciencia social puede guiarnos mucho. La guerra, explica Hans Kelsen en su Teoría del Estado, "se aplica en casos de conducta contraria a un pacto internacional... (pero) constituye una deficiencia del derecho internacional que este estado de coacción no sea realizado por órganos especiales instituidos exclusivamente para eso, sino por el mismo Estado que, en su opinión, ha sido injustamente dañado en sus intereses". En eso estamos. Llegué a Londres pensando que el refrán advierte que una guerra no se inicia sin razón ni se termina sin honor, por dudosos que sean los dos términos. En la ofensiva contra Irak no hay mucho de ninguno de ellos. Y volví a pensar en el muro de la esquina de mi calle. |
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