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Jueves, 16 de enero de 2003 - 11:58 GMT
Regaño y reflexión sobre la guerra
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Escribe Miguel Molina, columnista de BBC Mundo
Me regaña don Carlos J. López desde Greenville, en Carolina del Sur: "¿Es usted tan ingenuo que piensa que Saddam Hussein no es una amenaza? ¿En qué perdido rincón de Londres anda usted que no ve que el grueso de las armas que posee Irak son de fabricación rusa? Aunque no se puede negar que también tiene armas de otras fuentes, son precisamente los ex-commies, fundamentalmente, los principales suministradores. Usted tiene toda la libertad de opinión que le garantiza vivir en el Reino Unido y no en Irak". Me defiendo: hasta donde sé, hasta donde se ha demostrado con hechos, el gobierno iraquí no representa una amenaza para nadie desde que fue obligado a retirarse de Kuwait en 1991. Las bravuconadas no cuentan como amenaza porque cualquier político las usa cuando son necesarias. Las armas iraquíes y la tecnología para producirlas, según la lista que han hecho circular organizaciones de defensa de los derechos humanos, no vienen sólo de Rusia, sino también de Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Francia, Bélgica, Alemania, Holanda, Japón, España y Suecia.
Según sir Michael Howard, profesor más que emérito de historia moderna en Oxford, el ensayo de Bobbitt (cuyo título se puede traducir como El escudo de Aquiles) comienza su exploración en el mundo que explicaba Maquiavelo en una época muy parecida a la nuestra. "Entonces como ahora el orden legítimo por excelencia, que en ese tiempo era el feudalismo, se estaba desmoronando", advierte Sir Michael en un artículo que publicó el diario británico The Guardian. Sólo una nueva institución, el Estado, podía ofrecer paz y defensa a quienes vivían en él, a cambio de su fidelidad, su dinero y aun de sus vidas. "Pero el Estado sólo podía sostenerse ganando guerras", resume el profesor Howard, y se organizó para tener fuerzas armadas y crear las estructuras que las mantuvieran, y el ejemplo cundió por toda Europa. La naturaleza del Estado ha estado determinada desde entonces por las exigencias de la guerra. El gobierno de las dinastías se enfrentó al nacimiento de las naciones, que además de paz y defensa tenían que ofrecer seguridad social y educación, y lo hicieron en la Primera Guerra Mundial, cuando cayeron los imperios y nacieron las democracias liberales de Occidente, "el tribalismo de la Alemania nazi, y el socialismo autoritario de la Unión Soviética". Pero las naciones no crean Estados, aunque puedan destruirlos. Al contrario, los Estados construyen naciones. "Lo más común son los Estados que no pudieron construir naciones y apenas pueden funcionar como Estados", apunta sir Michael. Y si la producción de armas destruyó el orden feudal y la invención del ferrocarril echó abajo el orden dinástico, las computadoras desmembraron la nación Estado, que se transforman inevitablemente en Estados mercado, donde termina o verdaderamente comienza la reflexión de Bobbitt porque en eso estamos.
"En el peor de los casos puede haber cataclismos", indica el profesor Howard. "Y en el mejor de los casos puede continuar la violencia global de bajo perfil a la que nos hemos acostumbrado durante los últimos diez años, y de la cual no podrán escapar ni siquiera las comunidades más poderosas". Para Bobbitt, "la humanidad podría estar enfrentando una tragedia sin precedente en su historia", sostiene el académico. "No parece estar equivocado". Yo creo que tiene razón. Aunque no fueran George Bush ni Tony Blair ni Saddam Hussein. Hay cosas ante las que más vale ser pesimista, en Londres como en Greenville como en Bagdad como en Misantla, Veracruz, una parte de México a la que por suerte no ha llegado mucha noticia de la guerra. |
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