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  Miscelánea: Columna Miguel
Jueves, 20 de diciembre de 2001 - 13:46 GMT
Argentina como pretexto
Protestas en Argentina
Miles de argentinos salieron a las calles a protestar.
"No hay un plan B para Argentina", me dijo Domingo Cavallo hace unos meses en Londres. "Argentina no necesita un plan B".

Claro que entonces el optimismo era fresco porque Cavallo había vuelto al gobierno, y porque todos, argentinos y extraños, esperaban que el doctor volviera a sanar la economía del país. Y en eso estaban cuando se acabó el tiempo.

"Todas las cosas tuvo y lentamente todas la abandonaron", dice un verso de Borges que bien puede resumir la situación que vive el país, en estado de sitio, con un gobierno desconcertado y ya sin Cavallo.

Durante meses, el mundo vio cómo se desplomaba la economía argentina y no hizo o no pudo hacer nada por evitar la caída.

La economía, ciencia de lo a posteriori, se encargará de encontrar todas las explicaciones que requiere una crisis como ésta.

Los plazos financieros se vencieron mientras Argentina esperaba que los inversionistas recuperaran la confianza, que las cosas cambiaran de una forma o de otra. Pero no cambió nada.

Pero los plazos y las condiciones financieras se pueden negociar. Lo que resultaba más complicado de negociar era el tiempo político, que acosó y terminó por echar fuera no sólo a Cavallo, sino al propio Fernando de la Rúa.

En todo caso, la medida de limitar el acceso a fondos bancarios y congelar el pago de las pensiones tan cerca de las fiestas de fin de año muestran la presión a la que se hallaba sometido el gobierno.

Aunque Argentina no es el único país que sufre las consecuencias de políticas económicas que eligieron no hacer caso de los indicadores sociales, los argentinos la han pasado mal durante algún tiempo después de diez años de vivir el sueño que sueñan los economistas.

La nación lleva prácticamente cuatro años de recesión y tiene ante sí quién sabe cuántos más de insomnio.

Ahí están los datos. El desempleo llegó a 16%, 40 de cada 100 operaciones comerciales se hacen de manera informal (lo que significa que no se pagan impuestos) y las compras importantes se pagan con dinero en efectivo, para no dejar huella fiscal ni contraer créditos onerosos.

La mitad de los trabajadores argentinos no tiene ningún tipo de seguridad social y desde los tiempos de Carlos Menem se ha vuelto práctica común suspender pagos a los empleados de gobierno. Y eso que Argentina fue uno de los diez países más ricos del mundo hasta hace unos 30 años...

Ahora el dilema parece no tener solución. El Fondo Monetario Internacional tiene unos US$1.200 millones destinados a aliviar los problemas de De la Rúa, pero no entregará el préstamo si el gobierno no hace un ajuste fiscal.

Pero después de los saqueos y los cacerolazos de esta semana, cualquier medida contribuirá a hacer más grande la distancia que ya separa al gobierno del resto de los argentinos.

Después de todo, lo más seguro es que ningún ministro sufra los apuros que padece el resto de la población para cuyo bienestar trabaja, así sea en teoría, y eso hace que las decisiones se produzcan en vacíos académicos y no a partir de condiciones concretas.

En fin. Esta revisión a vuelapluma del problema argentino sirve para ilustrar las crisis que penden sobre América Latina, donde se han vivido o se vivirán situaciones similares.

Hasta donde puede verse, la disyuntiva parece ser más neoliberalismo o una nueva forma de populismo. Ninguna de las dos perspectivas es muy alentadora.

Quizá una de las lecciones de las crisis económicas que marcaron el fin de un siglo y el inicio de otro es que los modelos conocidos de desarrollo pueden sufrir agotamiento y no sirven de mucho para hacer felices a los pueblos.

Quizá el error consista en pensar que lo que sirvió una vez servirá todas las veces. Quizá se acerca la hora de buscar nuevas formas de organización económica, política y social.

Quizá la crisis de Argentina sirva como pretexto para descubrir que se puede vivir mejor con menos, y que las teorías económicas son inútiles si no toman en cuenta a las personas.

Quizá no.


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