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  Miscelánea: Columna Miguel
Sábado, 20 de octubre de 2001 - 11:17 GMT
Hambre y bombas
Campo de refugiados afganos.
Campo de refugiados afganos.
En el llano barrido por el viento, llenos de costras, de mocos secos, de lágrimas que no alcanzaron a llorar, descalzos en el polvo, los niños buscan granos para calmar el hambre. Miran sin comprender al reportero, al intérprete, al camarógrafo que quiere grabarlo todo pese a que las imágenes de la televisión son pecado desde hace tiempo.

Afganos.
La llegada del invierno hará aún más dura la situación de los afganos.
El hambre de los niños y su frío y su temor ante cosas que no pueden comprender se han convertido en noticia. En la sala de la casa se pueden ver los contratiempos de un confín del mundo que de otra manera seguiría siendo una colección de nombres en idioma extranjero.

La guerra tiene esa ventaja. El mundo se conoce a sí mismo, aunque el mundo sea igual a sí mismo desde hace siglos, pese a las trampas de la memoria que quisiera que todo tiempo pasado hubiera sido mejor. La vida puede ser desagradable aun para quienes tienen cena y cama seguras...

Pero no se sabe bien. Los mismos que arrojan bombas dejan caer paquetes con comida. Un ejercicio altruista y casi inútil, porque los cálculos más conservadores dicen que hay unos siete millones y medio de personas a punto de sufrir los efectos del hambre en un país arrasado por las invasiones propias y ajenas. Lo que les cae del cielo es un maná insuficiente.

Estados Unidos asegura que tiene tres millones de raciones listas para ayudar a quienes huyen de una guerra que no buscaron, aunque claramente la comida no alcance ni para un día ni para todos. Ni Gran Bretaña ni los otros países que participan en este conflicto han señalado el tamaño de la ayuda humanitaria que están dispuestos a prestar.

Y se acercan los fríos. El general Invierno, que derrotó a Napoleón y a la Alemania nazi, se prepara para una batalla en la que no habrá bandos, sólo seres humanos muriendo, a menos que a alguien se le ocurra algo, porque hay que hacer algo, aunque no se sepa precisamente qué.

Niños afganos.
Niños afganos.
Por lo pronto, habrá que prepararse con todos los argumentos morales, éticos, religiosos y políticos para seguir viendo en la televisión las caras de quienes enfrentan la muerte por hambre o por bomba, así como nos acostumbramos a ver las caras de quienes los provocan.

Un torbellino omnipresente de analistas y expertos y reporteros y editores se encargará de que nos enteremos de los qué, de los cuándo, de los por qué; analizará las razones, invocará los derechos, explicará las decisiones, criticará todo y nada, y llegará un momento en que todo vuelva a ser casi como había sido.

Seguiremos viendo una multitud de niños que en el mejor de los casos recoge del suelo las bolsas amarillas que cayeron del cielo, como las bombas. Osama Bin Laden morirá tarde o temprano, de muerte natural o de otra, y entonces el enemigo de la Alianza Occidental se convertirá en diez o doce caras menos conocidas. Ya tendremos tiempo de acostumbrarnos, aunque no tanto, porque, como se sabe, ni siquiera el terror es lo que era antes.


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