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  Miscelánea: Columna Miguel
Sábado, 06 de octubre de 2001 - 12:04 GMT
Secretos de Creta
Creta
"azul, transparente de tan azul, inmenso"...
Uno avanza por el camino polvoriento, avanza, ensordecido por el sonoro rechinar de las cigarras, agobiado por el viento del norte, avanza, cruza pueblitos apenas refrescados por el aroma de los pinos, atraviesa lugares donde no pasa nada desde hace siglos, avanza, de vez en cuando aparece una mujer vestida de negro sentada en la penumbra ardiente, un hombre en burro, luego nada otra vez, piedras, polvo, toda esa luz, mira las hojas de los olivos, y de pronto ve azul, transparente de tan azul, inmenso, abajo, entre las piedras, Thalassa, el mar, el mar, los cinco edificios de Agios Pavlos, las turistas lejanas con los pechos al aire, teutonas tetonas mayormente, las olas claras en la playa de piedras, las terrazas techadas con vides, y cuando se da cuenta ya tiene en la mesa un plato de pescado frito y otro de hojas de parra rellenas y botellas de aceite de oliva y vinagre y vino blanco, aunque siga sintiendo el mismo calor que lo recibe a uno en el aeropuerto de Heraklion a la una de la madrugada y lo hace despertar de pronto al poco tiempo empapado en sudor, en un cuarto de hotel, en otro cuarto, y va con uno por las calles sin sombra, y solamente se contiene ante los escaparates llenos de joyas fabulosas y aire acondicionado: se entiende que bajo ese sol inmisericorde se hayan derretido las alas del primer aprendiz de volador y fugitivo; pero Heraklion es la capital, llena de turistas como uno en busca de lo desconocido, que es una promesa al principio y que al final se convierte en lo inasible, lo invisible, lo incierto, algo que uno no encuentra nunca, y en busca de eso sube al carro y se va por el camino viejo a Rethimnon, carretera cuyo estado es similar a la que antes pasaba por el Coapeche, entre cerros pelones apenas poblados por olivos y pinos y nopales, y en cuyos tramos uno espera, si se descuida o se olvida, llegar a Acatzingo o Altotonga, marcado literalmente por el sol, hasta que arriba al puerto y se instala en la penumbra fresca de una casa vuelta hotel (un cuarto de altas paredes blanqueadas con un refrigerador que no funciona y un ventilador que se niega a detenerse, y mosquitos, mosquitos, mosquitos), se va a comer langosta y otros manjares parecidos a la primera taberna que se encuentra y luego al mar, donde el agua fresca moja los pies por vez primera, y al rato se pierde entre callejuelas de casas ruinosas y tiendas con joyas que nadie puede comprar, visita lo que queda del muro y de la torre que guardaban la ciudad, contempla el puerto y mira a la gente en distintas etapas de bronceado hasta que es hora de ir a la cama (es decir: hora de combatir a los mosquitos toda la noche: uno llega, se acuesta, cierra los ojos y se duerme, y de pronto un zumbido familiar lo enfrenta a uno con lo irremediable -tres cosas hay irremediables, son la muerte, el dolor, el insomnio; la primera es inevitable, la segunda es inolvidable, y la tercera es insoportable, aunque no necesariamente en ese orden-, y comienza la batalla cuyas huellas sangrientas van a quedar en los muros como mudos testigos de una lucha de siglos...), y el alba que menciona Homero se aparece triunfal y muy temprano, aunque mucho antes de la hora de desayunar, que marca el principio del resto del viaje; por eso nos fuimos a Agios Pavlos, y al llegar hallamos una mesa larga
Creta
"toda esa luz"...
llena de turistas griegos (nos dimos cuenta por el reguero de restos de comida que dejaron al irse, porque hablaban griego, y porque nos dijo el mesero que eran turistas griegos), que se fueron cuando el domingo se hizo de noche y nos dejaron la posada sin ruido para nosotros solos; es cierto que el viaje, que el acto de viajar, representa el estado perfecto de libertad absoluta: nadie es tan libre como el viajero en su trayecto, que deja un lugar y no ha llegado a otro, simplemente va, y literalmente se halla en todas partes y en ninguna, como la flecha que nunca llega al blanco...; pero es igualmente cierto que la soledad -relativa o absoluta- propicia un sentido de libertad muy semejante: sentado en la terraza, bajo el emparrado, ante la luna que riela sobre el agua, el rumor de las olas, el viento, los montes, disfrutando del dolce far niente, uno es uno mismo con la inmensidad estrellada de afuera y la estremecida inmensidad interior, y en ese estado estuvimos en Agios Pavlos (en ese estado y en otros, porque exploramos la capilla en el risco, un cuarto blanco impregnado de incienso, donde dos sillas verdes ofrecen descanso al viajero y varios cromos de santos dan motivo de rezo; subimos cerros alucinantes y descendimos por senderos ocultos en acantilados que guardaban playas secretas donde se doraban muchachas francamente en cueros; caminamos por tramos de arena intocada; vimos atardecer a un sol con prisa; descubrimos cuevas misteriosas, y pasamos una noche en blanco oyendo la furia del viento del norte azotando la costa), y en ese estado decidimos irnos a Preveli, lugar al que se llega tras visitar un monasterio enclavado en una de las cimas del mundo: un edificio amplio y sosiego barrido por el Norte y asolado por turistas alemanes que a toda costa trataban de tomar fotos de lo que estaba prohibido (una capilla ortodoxa, olorosa a humo y a sudor, de paneles de madera lustrosa con santos cuyos halos estaban bordados con hilos de oro, y en cuya quietud pueden percibirse ecos leves de cantos gregorianos), y de alemanas que tuvieron que ponerse las faldas largas que los monjes de la entrada les dan a las mujeres que muestran demasiado sus cuerpos, para librar de tentaciones a los monjes del convento, y del convento bajamos por una vereda de un carril hasta el pie de un risco desde donde vimos con sorpresa una playa a la que bajaba una corriente de agua dulce bordeada de palmas reales, y decidimos quedarnos en ese lugar al menos hasta que fuera jueves: hay dos edificios dignos de ese nombre en Preveli, uno que es restaurante y hotel y otro que es lo mismo pero junto, y a cualquiera de ellos se llega desde el risco donde vimos la playa por un camino igualmente hecho de polvo y piedra, angustiosamente estrecho, del otro lado del cerro (claro que hay una vereda tallada en la ladera, y hay una lancha que lo lleva a uno en un trayecto breve y caro hasta la playa de palmas, cuyo encanto se aprecia desde arriba y menos in situ, pero eso es lo de menos), y se puede comer en la taberna de Giorgios, nombre de todos los taberneros que conocimos, cuya mujer cocina calamares, pescados, cosas desas, y sirve un vino agreste en la antemesa; esa noche vino el norte con todas sus furias desatadas: con los ojos abiertos en la oscuridad del cuarto lleno de mosquitos escuchamos los gemidos del viento en la maleza, los manazos del viento en las rocas, la locura del viento que trataba de derribar las puertas y las ventanas, y al amanecer decidimos volver a las fuentes de gracia originales, estremecidos y rojos y cansados, con los ojos llenos de belleza, y el viernes nos trajo la sopresa de Agia Pelagia, que es una isla de aire acondicionado y servibar y camas amplias a tantas libras por hora, donde pudimos ver la derrota inglesa en pantalla ancha con un whisky en las rocas (otras rocas, claro), descansar del descanso, reagrupar las tropas, revisar las carteras, organizar el equipaje y prepararse para el viaje de regreso antes de visitar Knossos, tierra del rey Minos (uno busca al Minotauro en los escombros calcinados por el sol deste siglo y el incendio que redujo a ruinas el palacio trece siglos antes de nuestra era, imagina el calor sofocante del laberinto y el jadeo ansioso de la bestia cada vez que un nuevo grupo de siete muchachitos y siete muchachitas inocentes y temerosos entraba a su dominio necesariamente bajo la tierra dispuesto al sacrificio, y termina por conformarse con la idea de que era solamente una leyenda y que Teseo nunca tuvo una espada de bronce ensangrentada y que Ariadna era solamente un tropo para nombrar alguna forma de la virtud), imperio ahora invadido por alemanes que retratan lo que pueden y no sudan ni se acongojan, y recorre sin creer las ruinas burdamente restauradas y brutalmente vejadas por grafitis que consignan que Kilroy was here, y bebe sin cesar agua helada, aturdido por el chirriar incesante de las cigarras, atormentado, ensopado en sudor, y toma fotos, toma fotos, toma fotos con la esperanza de capturar aunque sea una imagen que muestre para siempre los secretos de Creta, isla inasible, aunque guarda en los ojos resplandores para cuando se necesite, y se va de Knossos y de Heraklion y regresa a lo cotidiano, al gustado ejercicio a que natura o menester lo inclinan, y cuando nadie mira saca una sonrisa mientras el jet vuela en la noche rumbo a casa. Nos esperaba en Londres la luz desanimada de Inglaterra...

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