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  Miscelánea: Columna Miguel
Sábado, 29 de septiembre de 2001 - 16:15 GMT
Miedo
Nueva York
La materialización de lo impensable.
Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del miedo, uno de los jinetes de nuestro apocalipsis. Si pasó lo impensable, hasta lo imposible puede suceder cuando menos se espere. Primero fue la sorpresa, ahora es el miedo, compañero de la guerra y el hambre y las plagas.

Y uno entiende por qué va la gente y compra máscaras antigás que de todos modos no servirían de mucho en caso de que hubiera un ataque con armas biológicas en Londres. Uno piensa que se trata de algo que no va a pasar. La razón advierte que ahora hay que estar preparado para lo que sea.

Máscara antigás
Un producto buscado.
La lista de posibilidades es larga y terrible: encefalitis, influenza, fiebre amarilla, viruela, fiebre de las Rocallosas, ántrax, cólera, fiebre tifoidea, disentería, enfermedades fulminantes aún sin nombre y sin remedio, naturales o creadas para matar.

En un ensayo tristemente profético, Laurie Garret, premio Pulitzer de ciencia y medicina, hablaba a principios de año sobre esta pesadilla en la revista Foreign Affairs. Sus conclusiones son, para decirlo pronto, preocupantes.

Los países que fabrican o tienen armas biológicas son Irak, Irán, Siria, Libia, China, Corea del Norte, Rusia, Israel, Taiwán, y quizá Sudán, India, Pakistán y Kazajstán, según Garret, aunque eso no significa que todos estén dispuestos a usarlas.

Pero si alguno lo hiciera causaría un enorme daño. Uno de los ejemplos que usa Garret es la viruela: pocos países tienen dosis suficientes de vacunas contra este mal, y los que tienen pueden llevarse la sorpresa de que las vacunas pueden haberse deteriorado con el tiempo, o de que no hay suficientes agujas especiales para administrar el remedio.

Y aunque hubiera suficientes vacunas, tendrían que pasar varios días para identificar los síntomas de una enfermedad epidémica que para entonces habría contagiado a miles, y pasarían varias semanas antes de que los vacunados produjeran anticuerpos para combatir las infecciones. El resultado sería prácticamente el mismo.

Pentágono
Si ocurrió en el Pentágono...
Todavía más preocupante que la falta de vacunas es la estrategia gubernamental para hacer frente a un ataque bioterrorista. La responsabilidad -tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, para usar dos ejemplos prominentes- se ha asignado al ejército o a la policía, cuyas prioridades son naturalmente distintas de las de un sistema de salud pública.

El trabajo de unos es limitar una epidemia y atender a los infectados. El de otros, reunir información para dar con los autores del atentado. Pero el énfasis lo determina quien está a cargo de la situación.

En el caso estadunidense, según Garret, no está muy claro quién tiene el mando. En el caso británico, el gobierno (que sigue recibiendo críticas por la forma en que trató el reciente brote de aftosa y a la mala organización del sistema de salud pública) optó por la decisión militar. Pero ni aquí ni allá hay algo que pueda dar confianza.

No se sabe qué recursos hay, a dónde hay que ir, qué hacer, qué precauciones tomar en caso de un ataque bioterrorista. Las respuestas a esas preguntas son extremadamente importantes para alguien que usa a diario el atestado metro londinense...

En América Latina, cuyos gobiernos han expresado una solidaridad formal con la guerra contra el terrorismo, el riesgo es mayor porque la amenaza es menor. Si bien no se han registrado actividades de extremismo externo en la región -con la cruda excepción de los poco esclarecidos ataques contra instituciones judías en Argentina en 1992 y 1994- hay países como México que podrían ser escenario accidental o premeditado de ataques por su vecindad o su relación con Estados Unidos.

Munch
El grito de Munch: angustia, terror.
En todo caso, la posibilidad del bioterrorismo ha hecho que muchos recuerden, con ironía o sin ella, que el gobierno de George W. Bush bloqueó en julio de este año un nuevo tratado que buscaba reforzar la prohibición de armas biológicas.

Pero si el miedo es una las emociones que mueven al ser humano, la esperanza es una de las fuerzas que lo impulsan a seguir. Aquí no va a pasar nada, sostienen muchos. Yo pienso igual aunque los hechos recientes han demostrado que pueden pasar muchas cosas que no pasaban antes.

Por si las dudas, me voy con E-mary a buscar el origen de mis antepasados a los Alpes y a esperar que el mundo se detenga un poco. Después de todo, como dijo el poeta:

Así se cuentan los días del hombre:

Por el tamaño de su pena,

Por el volumen de su gozo

Por el peso sin fin de su esperanza


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