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  Miscelánea: Columna Miguel
Martes, 18 de septiembre de 2001 - 10:58 GMT
Ay, Nostradamus
El humo de las derruidas torres gemelas flota sobre Nueva York.
El atentado en Nueva York ha generado explicaciones basadas no sólo en la historia sino en la leyenda.
Guerra, dice el presidente George W. Bush, y los demás gritan guerra, y se preparan para un combate que posiblemente será prolongado y que sin duda será encarnizado, pero pocos se detienen a preguntarse qué causó la acción del martes 11 de septiembre, el día en que cambió la historia.

Nadie despierta pensando en que hay que organizar un comando que secuestre aviones y los estrelle contra edificios. Nadie se va a dormir sabiendo que al otro día morirá por una causa que le ofrece el paraíso. Nadie ocasiona tanto daño sólo porque sí. Debe haber una razón.

Mientras muchos buscan explicaciones sobre el atentado y urden estrategias para castigar a sus autores intelectuales, otros recurren a la historia y a la cábala para entender lo que pasa en un tiempo en que hasta lo impensable es posible.

El mismo martes, buscando en la historia, encontré el antecedente de que ese día, pero en 1941, el presidente Franklin Roosevelt ordenó hacer fuego contra toda nave alemana o italiana que se cruzara en el camino de barcos estadunidenses, pese a que nadie declaraba la guerra oficialmente aunque poco tiempo después lo haría.

La misma fecha, pero un cuarto de siglo antes, marca el inicio de la administración británica de lo que antes fue Palestina y ahora es territorio ocupado por Israel o administrado por su gobierno y colonizado por sus ciudadanos.

Otros buscaron la declaración de guerra de Osama bin Laden contra Estados Unidos para explicarse por qué Washington culpa al saudita del inusitado ataque, y por qué este hombre de cuarenta y cuatro años habría ordenado o coordinado o participado en el atentado más sangriento de la historia moderna o antigua.

Pero la mayoría de la gente prefirió buscar no en la historia sino en la leyenda. Si hemos de creer a los gurúes de internet, cuya estadística tiene el peso de lo definitivo, un sinnúmero de personas trató de hallar la explicación de la tragedia del martes en las profecías de Nostradamus.

Yo dejé de creer en las profecías desde que llegó el año 2000 y el mundo no se terminó como le habían anunciado a mi hijo Joaquín y a quienes quisieron escuchar las prédicas de religiosos sin escrúpulos que sembraban pánico y confusión. Debo confesar que, por si acaso, la última noche de 1999 no lavé los platos para evitar trabajo innecesario si se acababa el mundo...

Pese a todo, busqué en internet las cuartetas del monje. Encontré miles de páginas dedicadas a reproducir sus escritos y los escritos de quienes piensan que el médico francés describió en 1555 lo que pasaría cuatro y cinco siglos más tarde.

Hay que aceptar que lo que está pasando no tiene sentido. En Medio Oriente, dos pueblos llevan medio siglo tratando de exterminarse entre sí, y quienes hablan de paz producen cada día más armas. En Africa hay hambre, enfermedad, pobreza, como en partes de América Latina y de Asia. Son cada vez menos los que tienen cada vez más.

Es cierto que en tiempos de crisis uno busca explicaciones donde haya, y a veces donde no hay, aunque también es claro que uno tiene que poner límites a lo que esté dispuesto a creer. Pensar que Nostradamus (o cualquier otra persona) vio o soñó lo que pasaría en nuestro tiempo, tiene cada vez menos sentido.

Por lo pronto, prefiero pensar en lo más inmediato. El metro de Londres parece acercarse al momento de parálisis total. El lunes me tardé dos horas en hacer un recorrido que normalmente me toma cuarenta y cinco minutos. No me sorprendió. Ya lo había dicho Nostradamus en la segunda cuarteta de sus Centurias.


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