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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 29 de agosto de 2001 - 09:03 GMT
Tres historias de diarios
Queen Elizabeth II.
Beatrice Muller viaja por todo el mundo a bordo del QE2: aquí, en Yokohama, Japón.
  • UNA SEÑORA EN UN BARCO PARA SIEMPRE

    Beatrice Muller tiene ochenta y dos años, es viuda, y vive en el camarote 4068 del Queen Elizabeth II (QE2) prácticamente desde hace diecinueve meses. Su historia comenzó en 1995, cuando ella y su esposo Robert tomaron su primer crucero. El viaje y la nave les gustaron tanto que volvieron cada año hasta el día en que el señor Muller, enfermo de enfisema, murió cuando el QE2 zarpaba de Bombay.

    Lo más probable es que a la señora Muller se le haya ocurrido la idea de quedarse a vivir en el barco cuando esparcían las cenizas de su esposo en el mar, desde la barandilla del crucero en que los dos querían pasar cuando menos un año...

    Así que doña Beatrice vendió un par de las casas que tenía, puso su dinero en una cuenta especial y le propuso a Cunard Line, dueña del barco, un trato inédito: pasar en el QE2 el resto de su vida. Y así ha sido desde febrero de 1999.

    "Me costaría más vivir en una casa de retiro y además no me divertiría tanto", explicó la señora Muller al reportero que la entrevistó cuando estaba en Mallorca, durante una escala de su viaje a Francia, Portugal y España. Los números le dan la razón. Vivir en el crucero de lujo le cuesta unos cuatro mil ochocientos dólares al mes (porque le hacen un generosísimo descuento debido a que es viajera frecuente).

    Vivir en un centro de retiro en Florida, que es a donde van los ancianos en Estados Unidos, le costaría alrededor de tres mil trescientos dólares al mes, sin contar los casi cuatrocientos mil que tendría que pagar de inscripción, ni las comidas.

    Pero además, la señora Muller, quien está dispuesta a seguir en el barco "hasta que me muera o hasta que me aburra, y no creo que ninguna de las dos cosas vaya a pasar pronto", pasa el tiempo jugando bridge, tomando té, bailando y conversando con los otros pasajeros del QE2.

    "Conozco a unas dieciseis mil personas cada año", suma la señora Muller, cuya única preocupación es qué hacer a fin de año, cuando el barco vaya a que lo reparen en un dique seco durante tres semanas. Después de todo, la tierra se mueve pero no tanto.

  • POLVO AL POLVO

    Todo lo que el señor O quería era conservar a su padre para revivirlo cuando llegara el momento. Pero como los centros de preservación criogénica en Japón, y en otras partes del mundo, son muy caros, decidió poner manos a la obra y hacerlo a la casera.

    El señor O fue y compró la nevera más grande que pudo encontrar, puso el control en frío máximo y depositó el cadáver de su padre en espera del día en que las células puedan revivir.

    Cuando las autoridades se enteraron del proyecto del señor O, enviaron una delegación a convencerlo de que el lugar de los muertos es la tierra y que un congelador va, literalmente, contra natura. Pero no lo convencieron.

    La policía trató de intervenir, pero la ley sólo prohíbe que se desechen cadáveres de manera irregular, y el señor O, era evidente, quería hacer todo lo contrario. Y así pasó el tiempo. Mucho tiempo. Pasaron trece años, hasta el día en que el señor O tuvo que salir de viaje.

    Fue cuando Yokohama sufrió la peor ola de calor del año. El señor O, desempleado, cincuentón, decidió ir a un lugar que la prensa no revela a pasar unos días de calma, pero fueron suficientes para que llegara el correo con cartas y cuentas, entre ellas la cuenta de la luz.

    Como el señor O no pagó su recibo, la compañía cortó la energía eléctrica de su apartamento. Al poco tiempo comenzaron las quejas de los vecinos, que llamaron a la policía, que abrió la casa del señor O, abrió el congelador, y encontró el cuerpo putrefacto del padre.

    Aunque tampoco se consigna, todo hace pensar que el padre del señor O fue finalmente cremado y sus cenizas reposan por fin entre el polvo que cubre las cosas de este mundo.

  • LOS MOTIVOS DEL DIABLO

    Tenían catorce, diecisiete y dieciocho años. Salieron de Reichenbach, caminaron hasta el puente, se esposaron las manos y saltaron al vacío. La gente dice que eran adoradores del diablo. Dejaron una nota: "Esperábamos una vida mejor. Por eso decidimos terminar ésta".


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