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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 08 de agosto de 2001 - 16:00 GMT
Clones y extraterrestres

Clones a la Rael, x1, x2, x3...
Ya todos olvidaron la lejana tarde en que Claude Vorilhon Raël vio con asombro la aparición de dos pequeños extraterrestres que no sólo le revelaron el origen de nuestro mundo sino que además lo nombraron su representante entre nosotros.

Yo sé esa historia porque el propio Raël la contó antes de que la fuerza pública lo sacara del Salón Azul de la Intendencia de Montevideo una noche de 1994, entre las protestas de una muchedumbre que estuvo a punto de lincharlo cuando se sintió estafada.

Esa noche aguardamos pacientemente a que apareciera el personaje: un ex periodista que experimentó en las montañas la presencia de seres de más allá, y años después quiso cobrar una suma que de todos modos sería exagerada por el relato de aquella ocasión, anunciada como "El secreto de los ovnis: la verdad revelada", y terminó convirtiéndose en una farsa que culminó con la intervención de la policía y el descontento y la furia de quienes habíamos esperado durante horas para saber, por fin, el qué y el por qué, y el cómo y el cuándo de los platillos voladores.

Lo que Raël -un hombre de mediana edad, de mediana estatura, barbado y vestido de blanco- nos dijo se puede condensar así: los extraterrestres hacían experimentos con cosas vivas en su planeta, pero llegó un momento en que la preocupación de sus gobernantes fue mucha y les ordenaron buscar un lugar deshabitado en el que pudieran continuar con sus pruebas; hallaron la Tierra y la poblaron con seres de todos tamaños y formas, y con la participación de los artistas extraterrestres dieron forma y color a cuanta cosa fue posible.

Como vieron que lo creado era bueno decidieron también nombrar cada tanto un representante suyo en la faz del planeta (Mahoma, Buda, Cristo, Quetzalcóatl, son algunos de ellos) que sirviera como punto de enlace entre esta vida y las otras, más allá de las estrellas. Raël, que antes de ser elegido era periodista deportivo, es el más reciente de los delegados extraterrestres y su vocero actual.

Y Raël predicó entre los hombres y estableció su iglesia, que tiene como dirección apartados postales en Estados Unidos, Canadá y Suiza, y cada año premia a sus mejores discípulos con una ceremonia que consiste en que el mensajero de los extraterrestres posa su mano en la cabeza de los escogidos y envía a las estrellas su código genético para que los creadores de la vida en la Tierra lo repliquen y la vida aquí se convierta en la vida más allá, por los siglos de los siglos.

El tiempo, que todo lo cura, se encargó de que se me olvidara la imagen de Raël escoltado por la policía uruguaya poco después de que el representante de los extraterrestres sugirió que nuestros creadores vendrán pronto y merecen que se les construya -cada quien puede cooperar con lo que sea su voluntad- una embajada en Israel para que se alojen ahí, y reciban ahí a los representantes de gobiernos y reinos de este mundo.

Pero el jueves, cuando volvía de un merecido viaje por los valles de Yorkshire y sus lluvias y sus vientos, ví en el periódico que Raël y los suyos ofrecen los servicios de su iglesia para clonar humanos. El plan es re-producir a una niña de diez años que murió a consecuencia de un error médico, y cuyos padres tienen el medio millón de dólares que cuesta el experimento si bien carecen de la resignación que ayuda a entender que la vida empieza y termina inexorablemente...

"Es cosa de días", anunció a la prensa hace poco Nadine Gary, vocera de la empresa raëliana Clonaid, encargada del proyecto. Y lo más probable es que así sea, aunque no faltará quien piense que con esta clonación se inicia la manufactura de seres humanos sobre pedido pese a que nadie sabe con precisión qué es lo que va a salir.

Y no parece haber nada que impida a los raëlianos clonar a la niña, porque no hay ley que lo prohiba ni corte que lo sancione, cuando menos hasta el momento. El último obstáculo -impuesto más por la naturaleza que por decisión humana- es que no es fácil que los embriones clonados (cuando menos los de animales) lleguen a feliz término. Pero los obstáculos pueden dejar de serlo: el propio Raël anunció en septiembre en Montreal que hay cuando menos cincuenta mujeres de su iglesia dispuestas a llevar los clones en sus vientres hasta que uno de ellos nazca.

El peligro, sin embargo, es que la nueva industria produzca pesadillas en vez de hacer realidad los sueños. O que el mensajero de los extraterrestres se clone a sí mismo y termine poblando otro planeta. O éste.


Nota: para mantenernos en contexto, esta columna es un clon de la publicada originalmente en octubre de 2000.


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