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  Miscelánea: Columna Miguel
Martes, 07 de agosto de 2001 - 20:14 GMT
Dios

Dios... un universo de preguntas.
Una lectora me pide que hable de Dios, como si uno pudiera hablar de Dios y tomar el tren y llegar a la oficina sin problemas. No se puede. Lo primero que tengo que decirle es que no se puede: el concepto de un ser omnipotente que está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, como enseña el catecismo del padre Ripalda, es demasiado para un trayecto tan corto.

La vida es breve, advertía Hipócrates. Dilucidar la idea de Dios toma tiempo y requiere además un alto grado de fe (del que carezco) y una convicción digna del esfuerzo.

Como muchos, crecí en la iglesia católica. Recibí los sacramentos que prescribe el rito, y en ese tiempo estuve tan cerca de la iglesia como puede estar un niño de doce años que despierta a media misa porque le cae en la cabeza la cera de las velas que lleva en procesión.

En todo caso, Dios era entonces un ser al que había que temer porque tenía en sus manos el destino del alma y de todo lo demás. Si uno hacía cosas prohibidas se iría al infierno sin remisión, y si uno observaba los mandamientos tenía garantizada la vida eterna.

La primera duda era sobre la vida eterna. ¿Dónde se vive la vida eterna?, ¿entre quiénes?, ¿cómo es?, etcétera. La segunda duda era sobre la perspectiva de pasar la eternidad con las tías cuya vida fue ejemplar. La tercera duda era sobre la existencia de Lucifer.

De Lucifer, o sobre él, leí hace años el ensayo de Giovanni Papini, que me dejó atónito porque fue la primera vez que alguien se encargaba de pensar en el Diablo, Satanás, el ángel caído. El problema de las tías lo resolvía el hecho de que siempre fueron cariñosas y generosas conmigo. La cosa de la vida eterna escapaba a toda comprensión.

Sin embargo, la idea de un dios omnipotente pero ocupado en juegos del albedrío y la debilidad humanas me decepcionó, y dejé de ocuparme, lo confieso, de reinos que no fueran de este mundo... Pero de vez en cuando, como cuando recibí la carta de la lectora, me da por pensar en el tema.

Pensé, pero no mucho. Después de todo, la idea que tengo de Dios dista de ser la que divulgaron en cromos y estampitas, un hombre blanco, barbado, rodeado de luz, que es infinitamente misericordioso pero absolutamente implacable.

El Dios de las religiones tampoco me interesa. El Alá de los talibanes, que han prohibido la risa, la música, el juego, no puede ser mi dios. Ni puede ser mi dios el de la iglesia vaticana, en cuyo nombre se cometieron atrocidades. Me parece que otras religiones pecan de lo mismo. En todo caso, la mujer de Dios, como la de César, no sólo tiene que ser pura sino además parecerlo.

Y como no puede uno pensar en dioses ajenos, pensar en Dios equivale, por tanto, a pensar en nuestra propia existencia. ¿Qué soy, por qué soy, para qué soy?, son preguntas cuya respuesta está lejos de ser concreta y contundente. Cada quien sabe o ignora lo que ignora o lo que sabe.

Hay veces en que uno se atreve a detenerse y piensa en esas cosas. El origen, el fin, la razón. Lo más seguro es que no se trate de un ejercicio vano. La vida espiritual, en cualquiera de sus manifestaciones, sus formas y sus modas, es lo que sostiene al ser humano. La vida interior, además de la risa, nos hace semejantes a los dioses...

Y las palabras. Porque un día las palabras terminan por asomarlo a uno a la inmensidad, y en ese atisbar en el abismo que dura un parpadeo, más ilusión que imagen, uno ve. Ese abrir y cerrar nos muestra a Dios, dentro y fuera, aunque no sirva de mucho para cambiar el final de la historia.

Viéndolo bien, Dios o el ángel, que es él mismo y los demás, es aquel con quien hablamos cuando no hablamos con nadie, como señaló Machado. Y es suficiente para aceptar, de una vez por todas, que no somos nadie aunque nos hayan creado a imagen y semejanza.

Eso pienso de Dios. Pero no puede explicarse.


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