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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 01 de agosto de 2001 - 16:59 GMT
Estampa impresionista
Pub en Sydenham
Sydenham, un barrio londinense en el que pueden suceder cosas "extrañas".
Como pasa cuando uno ve cuadros impresionistas, hay que alejarse un par de metros para ver plenamente la iglesia de San Bartolomé que pintó Camille Pissarro cuando hizo L´Avenue, que en la vida real se llama Lowry Park y está en Sydenham, una zona que fue rural hasta principios del siglo XIX y se volvió suburbio de ricos gracias a la expansión del transporte público.

Lo que se ve en la pintura de Pissarro es el siglo XIX: un faetón de dos caballos de fuerza, algunos viandantes, árboles, una casa, la iglesia, el cielo.

Azul y verde y todas las cosas entre esos dos colores se combinan para que uno sienta la luz, el calor del mediodía, la melancólica tranquilidad de todo tiempo pasado.


Evidentemente, se trataba de una boda porque estaba el cortejo: el novio, las madrinas, los padrinos, los niños, los familiares con canastas llenas de arroz y confeti, todo, menos la novia. Bajo el sol desollador, la comitiva esperaba. Seguía esperando cuando pasé de regreso, hora y media más tarde.

Así parece haber sido siempre. A mediados del siglo XVII se estableció a la vuelta de otra esquina el balneario de Sydenham Wells, un lugar apacible y bucólico que se convirtió en favorito del rey Jorge III, pese a que el pueblo era un asentamiento innoble de leñadores y carboneros.

Dos siglos después se transformó en una comunidad de calles amplias con edificios victorianos, donde vivía una numerosa colonia alemana, y otros dos siglos más tarde me fui a vivir ahí para bien con la ayuda de Claudio Rojas.

Para ir a la estación del tren uno llega a Jews Walk, sube hacia Westwood Hill, y camina hacia el norte, pasando por la iglesia de San Bartolomé, el taller fotográfico de la esquina, la tienda de Daddy Long Nail, el pub fracasado, el comercio de los turcos, el bar oculto, la oficina de bienes raíces, y el taller de danza de Johnny Small.

Pero yo no iba a la estación, sino al mercado cuando pasé frente a la iglesia y vi al grupo que esperaba. Evidentemente, se trataba de una boda porque estaba el cortejo: el novio, las madrinas, los padrinos, los niños, los familiares con canastas llenas de arroz y confeti, todo, menos la novia.

Bajo el sol desollador, la comitiva esperaba. Seguía esperando cuando pasé de regreso, hora y media más tarde. El novio era un señor negro de rostro impasible que oía sin oír lo que le decía una mujer en traje de fiesta nigeriano y miraba sin distracción hacia la calle.

No me sorprendió mucho ver que la boda estaba en suspenso. Después de todo, desde que vivo aquí, hace poco más de un año, he visto cosas más extrañas que un casamiento sin novia.

La primera señal de que esta parte de Londres no es igual a las demás fue la ropa que encontramos en la calle.

Terminó como había comenzado. Una mañana de miércoles, a la sombra de una haya, hallamos una media. La cosa habría sido intrascendente si no hubiera sido porque en el resto del mes fuimos descubriendo, en el mismo lugar, el resto del atuendo: calzones, una camisa, otros calzones, un guante azul, unos shorts y hasta un paraguas.


Una mañana de miércoles, a la sombra de una haya, hallamos una media. La cosa habría sido intrascendente si no hubiera sido porque en el resto del mes fuimos descubriendo, en el mismo lugar, el resto del atuendo: calzones, una camisa, otros calzones, un guante azul, unos shorts y hasta un paraguas.

Poco tiempo después vimos las fotos. En un trayecto de varios cientos de metros (que lleva, precisamente, de la casa a la estación del tren), encontramos toda una vida en fotos: bautizos, graduaciones, fiestas familiares y de otras, excursiones y viajes, todo lo que acostumbra registrarse en cámara.

El tema común eran una niña (Heather, supongo, porque ése era el nombre que aparecía en un pastel frente a ella) y su mamá, una rubia hechiza treintañera que salía en las fotos sin sonreír. Eran cientos de fotos que fuimos viendo como quien se asoma a una ventana...

Volvamos al cortejo nupcial. El domingo volví a pasar frente a la iglesia. Como era mediodía y el sol seguía siendo abrasador, no había nadie. Busqué rastros de confeti, huellas de regocijo, señales de festejo, restos de ceremonia. Nada. Nunca sabremos si el señor impasible finalmente se casó con la ausente. Todo tenía la melancólica tranquilidad de un tiempo pasado.

Lo único que seguía en su lugar era el pequeño cementerio que tiene San Bartolomé, como muchas iglesias de este país, cuyas lápidas se llenaron de verdín hace tiempo. Pensé que había que verlo de lejos, como hay que ver los cuadros impresionistas.


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