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  Miscelánea: Columna Miguel
Lunes, 16 de julio de 2001 - 10:19 GMT
El Plan B
Jardín
El plan B consiste en imaginar qué puede salir mal y pensar en alguna manera de que no todo se pierda.
...y como decretaron la incapacidad mental de Augusto Pinochet, como se casó el presidente de México, como Fidel sufrió un desvanecimiento, como Domingo Cavallo no tenía un plan B para la economía argentina, y porque vino Joaquín y es verano aunque no mucho, decidimos hacer una terraza de madera en el jardín del fondo, una breve extensión de pasto que crecía de prisa.

Uno es osado a veces. El mantenimiento casero en nuestros países es cosa de obreros profesionales: plomeros o gasfiteros, jardineros o pintores, albañiles -como les dicen en México a quienes erigen construcciones-, artesanos y maestros de obras, clases obreras que hacen que las casas y los edificios sigan funcionando. Hasta que uno se convence de que puede hacerlo solo...

Quien haya tenido una tubería bloqueada, un problema con el agua caliente o las luces de la sala, o se enfrente a una crisis política, sabe de lo que hablo. Yo no sabía lo que me esperaba cuando fui a Penge y compré madera para establecer un piso de nueve metros cuadrados en la parte trasera del jardín, que nos queda grande. Pero no me tomó mucho tiempo aprender.

Esa parte de la casa, donde una tarde de otro verano descubrimos el esqueleto de un gato envuelto en una bolsa de supermercado, y donde un sábado nublado comprobé con disgusto que la cerveza atrae babosas y caracoles, tiene lo que hasta entonces me parecía un ligero desnivel, que se convirtió en un problema sin solución.

Cualquiera, en cualquier parte del mundo, habría llamado a un jardinero. "Quiero un piso de madera aquí", diría. "Una plataforma donde quepan una banca, una mesa, sillas", detallaría. "Un lugar donde uno se pueda sentar a conversar, a leer, a pensar, a escuchar música, a ver los colores del cielo, protegido de la vista de los vecinos por una leve barrera de bambú". Ustedes entienden.

Me sonó tan natural como el día en el que Meño me anunció que pensaba construir su casa. Meño vive, o vivía, en las afueras de El Paso, casi en Nuevo México, en un remolque lleno de hijos propios y ajenos y desbordado por el desánimo de Elvia, su mujer.

"Maestro", dijo un día a medias de la cerveza que bebíamos frente a la montaña, "me voy a hacer una casa y quiero que me ayude. ¿Le entra o qué?", me retó en serio y en broma. El jueves destinado al trabajo llegaron otros dos amigos de Meño, y al cabo de un mes Meño tenía una casa que hicimos entre cuatro.

Fidel Castro antes de un desmayo
Como en Cuba, donde el día en que Fidel perdió el sentido se echó andar un operativo de sello.
No logró lo mismo Domingo Cavallo en Argentina. Presionado por el tiempo, el optimista ministro que salvó a Carlos Menem parece haber encontrado un serio obstáculo a su proyecto de salvación económica del país. Y es que, como admitió un día de conferencia de prensa, no tenía un plan B.

El plan B consiste en imaginar qué puede salir mal, y pensar en alguna manera de que no todo se pierda. Como en Cuba, donde el día en que Fidel perdió el sentido se echó andar un operativo de sello: se cortó la comunicación telefónica de la prensa, las fuerzas de seguridad rodearon las casas de los disidentes conocidos para impedir manifestaciones, y el canciller lanzó vivas a Raúl y a Fidel, en ese orden.

Otro ejemplo de plan B -en el extremo del espectro político- es la decisión de la justicia chilena de declarar que el general Augusto Pinochet, senador vitalicio de la República, no está en pleno dominio de sus facultades mentales y no puede, en consecuencia, ser juzgado por presuntos crímenes contra la humanidad.

La falta de plan B se me volvió un problema. Llevo una semana viendo un agujero en el jardín y las celebraciones de los pájaros que viven en la zona, y el desnivel parece dispuesto a no cambiar. Cada día estoy más cerca de llamar al jardinero y pagarle lo que pida con tal de que haya un piso de madera donde pueda sentarme a pasar el tiempo.

Sólo entonces podré pensar serenamente en cuál puede ser el plan B del presidente de México, que aparte de casarse y comprar toallas carísimas no tiene partido, no tiene una organización que evite las crisis que vive el país, y no tiene complicidades conocidas... Aunque, viéndolo bien, tiene un jardín enorme en el que puede sentarse a pensar serenamente en un plan B.


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