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  Miscelánea: Columna Miguel
Domingo, 01 de julio de 2001 - 14:30 GMT
Al este del paraíso
El Eden Project en Cornualles, Inglaterra
El Eden Project, uno de los grandes proyectos del milenio; al oriente, la sensación de paz y libertad.
Oficialmente se llama Eden Project, que significa lo que uno se imagina pero que las palabras no logran explicar. Es uno de los proyectos del milenio, y a diferencia del Domo de Greenwich -un costoso y rotundo fracaso del gobierno de Tony Blair que por el momento no viene al caso comentar- es una idea cara y popular, como lo confirma el hecho de que quinientas mil personas vinieran a ver el proceso de alzar unos gigantescos domos de polietileno doble sobre unos doscientos cincuenta mil metros cuadrados donde se cultivan o se van a cultivar plantas de casi todos los lugares del planeta.

La escena es imponente. Uno se acerca y busca sin encontrar la estructura, hasta que llega al borde del terreno y mira hacia abajo: tres enormes semiesferas con clima controlado albergan miles de especies vegetales, hermosas, conocidas y raras, coloridas y monocromas, enormes y diminutas, plantas.

Desde lejos, la columna incesante de personas que vienen a visitar este museo de cosas vivas hace pensar en una colmena humana: gente que va y que viene de un clima a otro bajo poliedros por un precio, maravillada de lo que ve, tal vez pensando en el momento en que hay que volver a Londres.

Sin embargo, al oriente de esos jardines primigenios, donde Cornualles (que en el idioma local se dice Cornwall) se convierte en cantiles y bosque al pie del agua, sin quererlo, solamente porque la vendedora de boletos en St. Austell nos dijo que era mejor quedarse en Fowey (Foi, como se dice en estos lares), encontramos un lugar tan cercano a la paz como al mar grande, una esquina del Canal de La Mancha tocada por historias de tragedias, de santos, de piratas...

Uno llega finalmente a Fowey tras grave riesgo. Veloces autobuses surcan sin duda y sin temor caminos estrechos y sinuosos, entre la bruma o el rigor del sol, y el viajero tembloroso desciende en el primer bar del pueblo dispuesto a quedarse donde primero pueda. Y de pronto, cuando uno baja la cuesta, aparece la rada y luego una cascada de terrazas suaves.

Fowey ya era un puerto famoso en el siglo VI, camino de santos como San Finn Barr ¿o Finbarrus- en el siglo VII, nido de piratas como Francis Drake y otros malhechores menores en el XIV, y centro de conflicto con Francia en el XV. Hay muros ancianos y edificios venerables que prueban todas esas historias y otras que nadie conoce, y en nuestro tiempo uno pasa a la sombra de esas paredes sin prisa.

En sentido estricto, Fowey es un lugar donde uno descansa, ve las aguas lentas del Fowey River unirse al mar, come pescado con papas fritas, prueba las cervezas locales, evita las gaviotas y se aventura de vez en cuando por las callejuelas en busca de mejores silencios. En el remoto caso de que uno se aburra de tal rutina, toma el ferry y va a Polruan, al otro lado del puerto, donde descansa, ve las aguas lentas del Fowey River unirse al mar, come pescado con papas fritas, prueba las cervezas locales, evita las gaviotas y se aventura de vez en cuando por las callejuelas en busca de mejores silencios.

Hay lugares cuyo atractivo consiste en lo que se puede hacer. En Fowey el atractivo es el lugar mismo. Una tarde, por ejemplo, caminamos por el paseo de la Esplanade y nos perdimos en senderos boscosos que nos llevaron a Readymoney, una cala cercana en la que acostumbraban encontrarse piratas y contrabandistas con el dinero listo -como lo indica el nombre- para el comercio ilegal. La vista es maravillosa y permite pensar que no todo se ha perdido.

La tarde que intentamos subir la cuesta de Polruan terminamos deslumbrados ante el panorama de casas y laderas y botes y ruinas. Mi hijo pudo encontrar muchachos que trataban de hacer trucos en patineta y se quedaba con ellos hasta altas horas de la noche, haciendo los inevitables ruidos que hacen las patinetas cuando alguien salta escalones o trata de descender por barandales... E-mary y yo tomamos el transbordador y nos sentamos en una banca de Fowey a ver el anochecer, reconfortados por el fresco del aire y el sabor del whiskey de una sola malta.

La parte aventurera del viaje fue un paseo en lancha a contracorriente, en el que descubrimos barcos rusos y noruegos cargando arcilla en un silencio que solamente puede dar la distancia. En alguna parte no muy lejos de Fowey hay un estudio oculto en el bosque, al que los artistas llegan por lancha para grabar sin interrupciones ni molestias. Dicho lo anterior, el bote con turistas vira y vuelve sin contratiempo al muelle en el centro del pueblo.

Las vacaciones en Cornualles nos hicieron entender que uno es verdaderamente libre cuando viaja, porque no acaba uno nunca de llegar a donde va aunque ya haya salido de donde estaba. Uno disfruta el trayecto con una inocencia perfectamente natural, que permite exclamar cosas que en otra circunstancia nadie dice, y se alegra con cosas que en otra parte parecen comunes y corrientes.

Hay quienes prefieren ir a lugares donde hay fiesta y gente festejando desde que amanece hasta que vuelve a amanecer. Hay quienes buscan el solaz de los museos, el esparcimiento de los teatros, los lugares que la fama o la fortuna han destacado. Hay quienes no.

La vida, como se puede ver, tiende a ser sencilla cuando uno sabe lo que quiere. Allende las colinas de la costa sur de Cornualles y los caminos sinuosos que las recorren hay un mundo del que es mejor no hablar por ahora. Lo importante es que sabemos que hay un lugar al que uno puede ir a practicar il dolce far niente que aprendimos de los primos italianos, y que se encuentra -si se busca con cuidado- al este del Eden Project.


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