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  Miscelánea: Columna Miguel
Viernes, 15 de junio de 2001 - 10:20 GMT
Los hijos que todos ven
La familia Blair.
Los hijos de Tony Blair se preparan para el segundo período de su padre como Primer Ministro.
Ninguno de los tres está feliz. Los niños, porque las camisas les quedan grandes; la niña, porque el vestido no le queda bien. En la foto aparecen como lo que son: tres muchachitos que acaban de darse cuenta de la enorme complejidad de su situación. No tienen futuro inmediato. Se llaman Euan, Nicky y Kathryn Blair, y tienen diecisiete, dieciséis y trece años.

La primera advertencia seria la recibieron una madrugada, cuando un policía encontró a Euan tirado en el pasto de Leicester Square, durmiendo una borrachera del tamaño de su desconsuelo, como sólo un muchacho de su edad puede hacerlo. Se armó un escándalo. El niño tuvo la peor resaca de la historia. Estoy seguro de que al otro día deseó que su padre fuera un contador, o un obrero de la construcción, o un profesor.

Pero el hecho que selló el destino de su adolescencia fue la reelección de su papá, Tony Blair, que será Primer Ministro durante otros cuatro años. Para ellos será complicado, cuando no difícil, hacer lo que todos los muchachos de su edad: salir con muchachas (o muchachos en el caso de Kathryn), tomarse un trago más o menos a escondidas, fumar, experimentar con la vida y las cosas que tiene la vida. Son los hijos que todos ven.

Definitivamente, ser hijo de un poderoso no es tan envidiable como algunos podrían pensar. En América Latina pueden encontrarse varios ejemplos, algunos de ellos muy ilustrativos.

En México, hace años, hubo un presidente que anunció el nombramiento de su hijo como subsecretario de Programación y Presupuesto. "El orgullo de mi nepotismo", declaró el mandatario esa vez. Lejos estaba de pensar que llegaría el día en que el hijo lo demandaría y amenazaría con meterlo a la cárcel por asuntos meramente económicos... Pero ése no es el caso que quería mencionar.

En México, como en muchos otros países, ser hijo de funcionario público (júnior, como les dicen) implica cierto permiso para hacer las cosas de diferente manera: el muchacho o la muchacha manejan un auto último modelo y la escolta los sigue hasta la discoteca a donde van. Al otro día se sabe, vagamente -porque hay cosas que no se dicen en voz alta-, que hubo una pelea, y que los guardaespaldas del hijo o la hija intervinieron, y que hubo heridos, disparos, gritos, amenazas. Pero no pasa de ahí. Sobre ese tipo de escenas cae un tupido velo.

En otras partes, como Argentina, los hijos de los presidentes parecen más inclinados a buscar la luz pública. El escándalo que armó Zulemita Menem cuando su padre -presumiblemente mayor de edad- anunció que se casaba con una modelo chilena, es para no creerse. Años antes, Carlos hijo salía en los diarios y la televisión como si fuera un personaje con luz propia.

Claro que habrá quien señale que la notoriedad de Antonio de la Rúa no se debe a que su padre sea presidente de Argentina sino a su romance con la cantante Chakira. Y con razón.

En Chile, para ir más lejos, hay otra excepción que confirma la regla. Ricardo Lagos Weber, hijo del presidente, más que un hombre de treinta y tanto años parece un señor hecho y derecho, y tal vez por esa razón es jefe negociador de su país en materia de tratados comerciales.

Hay lugares como Estados Unidos, donde ser hijo de poderoso puede ser incómodo pero es más -digamos- natural. Y ahí, más que en ninguna parte, el ojo omnipresente de la atención pública vigila todo. En contraste con los quietos años de Chelsea Clinton, Jenna y Barbara Bush, las hijas gemelas del presidente, ya han provocado más de un escándalo en el poco tiempo que padre lleva en el poder.

En general, los hijos -o las hijas- de los poderosos latinoamericanos terminan yendo a una escuela en el extranjero, no porque los padres piensen que el sistema educativo de su país es una desgracia, sino porque los jóvenes necesitan conocer el mundo, o por razones semejantes e igualmente increíbles.

Eso en la vida pública. En la vida privada, las cosas deben ser mucho más difíciles. Por ejemplo, el romance. ¿Cómo termina uno saliendo con la hija del presidente? ¿Qué pasa si una muchacha rechaza al hijo del presidente? ¿Cómo lo tratan a uno los familiares de la pareja cuando el padre de uno es presidente? ¿A dónde se va uno a besar con la pareja que no los vea la escolta? Basta.

La vida de un adolescente es de por sí un equilibrio delicado. Salen granos en la cara, cambia la voz o crecen las glándulas, las hormonas toman posesión, dan ganas de cerrar la puerta de la recámara y no salir hasta que uno tenga treinta años, se sienten tristezas y alegrías irrepetibles, y se hacen descubrimientos terribles, como el de la sexualidad propia y ajena. El paso del tiempo es lento.

Agregue usted el hecho de que tiene que ir a pasar vacaciones con la familia y quedar expuesto a las cámaras, o vestirse de traje para posar en la foto oficial con hermanos y hermanas, mamá y papá. Por eso salen con la expresión de quien preferiría irse a otra parte. Pero no pueden.

Todos, menos Leo Blair, que tiene ¿dos? ¿tres? años. Cuando crezca se dará cuenta de lo que les pasó a sus hermanos. Y su padre ya no será Primer Ministro.


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