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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 06 de junio de 2001 - 11:00 GMT
Seis niños que comían sopa de flores
Patrullas policiales en Idaho
El sheriff Phil Jarvis prefirió esperar a que los niños se rindieran.
Es duro ser pobre en el país más rico del mundo. Pero tal vez sea más duro volverse pobre en un país así, aunque uno viva en el lugar más remoto, a salvo de casi cualquier cosa, menos de lo imprevisto y de los fantasmas, reales o imaginarios.

Eso le pasó a Michael McGuckin. Nunca se sabrá si fue antes o después de que tuvo que declararse en bancarrota cuando empezó a sentir que lo espiaban, que lo seguían, que lo acosaban de mil modos ínfimos en todas partes.

Quienes lo conocieron admiten que les reveló su temor de que el gobierno lo estuviera persiguiendo hasta los remotos bosques del remoto norte del remoto Idaho -en la remota frontera de Estados Unidos con Canadá- para acabar con él.

Al final, lo que acabó con él -según las autoridades- fue la falta de agua y de comida. El 12 de mayo su esposa JoAnn llevó el cuerpo a la morgue y lo entregó a las manos de un sistema al que siempre se había enfrentado -a grado tal que su difunto esposo no recibía asistencia médica ni seguro de desempleo porque se negaba a firmar los documentos oficiales.

La familia se había excluido. Los McGuckin ya eran reclusos o esquivos cuando Michael perdió todo y llevaban tiempo sin servicio de energía eléctrica, agua potable, gas, teléfono. Debían tanto en impuestos que para pagarlos habían previsto vender la casa en septiembre. Se habían quedado fuera del modo de vida de Estados Unidos.

Pero no estaban tan apartados. Algún vecino aseguró que los niños estaban tan descuidados que sobrevivían comiendo sopa de flores y restos de los animales que los 27 perros bravos de los McGuckin lograban cazar en el bosque y traían a casa.

Erina, la hija mayor, confirmó la acusación. La policía le creyó y detuvo a JoAnn poco tiempo después de la muerte de Michael.

El resto es un historia que los medios y la imaginación contribuyeron a hacer increíble. La imagen de seis menores haciendo sopa con agua del lago vecino y flores era demasiado poderosa para que la prensa la dejara pasar sin hacer nada. La tragedia de los McGuckin se convirtió en una historia clásica de nuestro tiempo...

Con esos antecedentes, no es difícil imaginar lo que sintieron los niños McGuckin cuando vieron llegar la patrulla del sheriff Phil Jarvis, y resulta lógico que hayan hecho lo que hicieron: soltaron a los perros, tomaron las armas que había en la casa y se encerraron a esperar que las autoridades se fueran por donde habían venido.

Muchos recordaron lo que pasó en Ruby Ridge hace nueve años, cuando la esposa y el hijo de Randy Weaver, un solitario que también desconfiaba sobremanera del gobierno, murieron tras un enfrentamiento con agentes del FBI. También lo recordó el sheriff Jarvis, que ordenó esperar a que los niños se cansaran y se entregaran.

Al final eso fue lo que pasó, para desencanto de muchos que hubieran querido ver un desenlace violento por la televisión.

Cinco días después, y sólo tras recibir un mensaje de su mamá, los niños salieron de la casa, se entregaron a las autoridades, y fueron puestos bajo custodia temporal hasta que JoAnn se pueda hacer cargo de ellos nuevamente.

Hasta ahí, las vidas y las desventuras de los McGuckin podrían ser sólo un puñado de vidas y aventuras en la historia de Estados Unidos.

Pero apareció en escena un ex abogado de la organización supremacista blanca Naciones Arias, que tan pronto como pudo se hizo cargo de la representación legal de los niños McGuckin.

Estaba leyendo esa parte de la noticia cuando me di cuenta de que casi todos los días, desde hace algún tiempo, he visto, oído o leído historias sobre grupos extremistas de izquierda o de derecha, algunos de ellos en algún gobierno.

Cuentan las leyendas de nuestro tiempo que los bosques de Idaho sirven de refugio a muchos que buscan evadir la justicia o limitar de manera significativa su contacto con la civilización, y que ahí se esconden y se entrenan milicias de extrema derecha que se preparan para su lucha contra el Nuevo Orden Mundial y la élite que gobierna al mundo.

Parece haber evidencia y testigos de que Timothy McVeigh, el autor del atentado de Oklahoma, y Terry Nichols, su cómplice, habrían participado en reuniones de las milicias regionales del sur de Indiana, y de grupos similares en Michigan.

Las Naciones Arias tuvieron su sede no muy lejos de donde vivían los McGuckin, hasta que un proceso legal dejó al grupo de orientación neonazi en bancarrota (el caserío pertenece ahora a un grupo de derechos humanos que compró la propiedad y está desmantelando el lugar).

Pero no se limitan a eso ni están solamente en Idaho o en Indiana. Volveremos sobre el tema. Pero para entonces el nombre de los McGuckin se habrá olvidado, y será hora de recordar el breve aullido del lobo blanco....


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