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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 30 de mayo de 2001 - 14:20 GMT
Que gane Blair, pero no tanto
Primer ministro británico Tony Blair.
Tony Blair, cuatro años no es nada.
En las fotos aparece el rostro de un hombre joven, de expresión serena y decidida, con un fuego de algo en la mirada. Junto a ese rostro hay otro. Es un hombre agobiado, con bolsas bajo los ojos, y se adivina en él el peso de presiones muy grandes. Pero es el mismo. Se trata de Tony Blair, el Primer Ministro de la Gran Bretaña.

La idea de las fotos fue del diario The Guardian, que las usa para promover su cobertura de las elecciones británicas, e ilustra claramente el paso del tiempo -aunque cuatro años no sean mucho, en la política hasta una semana puede ser mucho tiempo-, y los efectos del poder en el organismo de una persona.

Y es que el primer ministro laborista Tony Blair, como su rival conservador William Hague y como su oponente Demócrata Liberal Charles Kennedy, y como el resto de los políticos del resto del país, está en campaña política desde poco después de que me fui de vacaciones quirúrgicas a México, a mediados de abril.

Los tres candidatos y otros aspirantes menores prometen hacer de la Gran Bretaña un país mejor, distinto en lo interno y en lo externo, un lugar en el que todos quieran vivir. ¿Va a ser difícil¿, sostiene W Lollard, mi amigo inglés que ya ha aparecido en este espacio.

W -como prefiere que lo llamen- explica que el gobierno convocó a elecciones adelantadas para aprovechar la delantera que le dan las encuestas de opinión, y espera, como muchos, que el laborismo arrase de una manera que no se había visto en setenta años, desde el gobierno de coalición nacional de Ramsay MacDonald, el primer jefe de gobierno laborista en la historia del país.

"Pero las encuestas de opinión no lo reflejan todo, a veces ni siquiera reflejan lo necesario", me dice W. "Por ejemplo, el lamentable estado del sistema de salud pública, o el colapso del sistema educativo, o el deplorable sistema de transporte ferroviario, por mencionar tres temas".

Como suele suceder en la política, nadie parece asumir la responsabilidad por los problemas, y los candidatos hablan de ellos como si hubieran aparecido súbitamente y no tuvieran que ver con lo que se hizo o se dejó de hacer en los dieciocho años de gobierno conservador o en los cuatro del gobierno laborista.

La Tercera Vía que propuso Blair cuando inició su gobierno ha desaparecido del discurso político. Siguen, sin embargo, los grandes temas, determinados más bien por una reacción laborista a las posiciones conservadoras. Se pueden resumir en dos: Europa y la política de asilo.

Pero no hay debate, cuando menos no hay debate en el que dos o más candidatos discutan en público, en el mismo lugar y al mismo tiempo, qué ofrecen, qué piensan, qué piden. Pese a que no falta quien compare las campañas políticas británicas con las estadunidenses, lo cierto es que no hay muchos puntos de coincidencia, excepto por el hecho de que aquí, como allá y como en cualquier otra parte, los candidatos quieren llegar al poder y conservarlo. No tendría sentido hacer una comparación con América Latina porque acá no se puede imaginar uno a un candidato hablando frente a una multitud...

Las campañas son actos en lugares cerrados, con públicos seleccionados, en los que los candidatos pronuncian discursos perfectamente predecibles, y cuando los candidatos se acercan a masas que no lo son se producen incidentes memorables. Nadie podrá olvidar el incidente en que el viceprimer ministro John Prescott propinó un bofetón de izquierda -"viéndolo bien, políticamente correcto", apunta W- a un tipo que le había arrojado un huevo a la cara.

El propio Blair se tuvo que tragar la andanada de acusaciones y reclamos que le hizo de frente una mujer cuando visitaba un hospital. "La mujer se limitó a expresar lo que todos pensamos sobre el sistema de salud pública, y por eso la cosa no pasó a mayores", dice W. "Pero si le hubiera preguntado a Blair qué hace cuando su familia necesita atención médica, le habría dado un golpe durísimo, porque nadie se imagina que el Primer Ministro o su familia hagan antesala en hospitales públicos".

Así que, a falta de otra cosa, Europa. Europa ocupa la atención de los políticos, de los medios, y de la gente que escribe cartas a los medios. El debate es viejo y desde hace tiempo dejó de ser interesante, sobre todo ahora que la Unión Europea parece decidida a seguir adelante en sus planes de integración, con los británicos o sin ellos.

El asilo también es un tema de campaña, aunque por las razones equivocadas. Según los conservadores, la cantidad de extranjeros que viven en el país, con permiso o sin él, es tan grande que representa una amenaza para los británicos propiamente dichos. Hague ha advertido que los británicos corren el riesgo de descubrir un día que el país ya no les pertenece, "aunque la falacia de esa propuesta es evidente", interviene W: "porque los extranjeros no tienen las mismas oportunidades que los nativos".

En todo caso, es cierto que la política de asilo parece encontrar cada día nuevos obstáculos, y muchos creen que se ha hecho más conservadora de lo que cabría esperar de un gobierno laborista. Pero hay quienes confunden asilo con migración, como quienes confunden origen nacional con raíces culturales, y piensan que el color de la piel determina la superioridad, aunque no sepan bien qué tipo de superioridad. No es de extrañar, porque el tema racial ha sido explotado por los tabloides de manera consistente desde hace tiempo, y los recientes distrubios en Oldham parecen confirmar que el racismo no ha desaparecido.

Así van las campañas. Pero comienzan a aparecer voces de alerta ante la perspectiva de una victoria arrasadora del laborismo. "Sin una oposición fuerte, los laboristas podrían hacer prácticamente lo que quisieran", resume W, "y eso es muy peligroso".

Otros se conforman con recurrir a la historia. Recuerdan que durante el gobierno de MacDonald (el segundo, porque ya había sido Primer Ministro en 1924 y tuvo que renunciar después de un escándalo con el editor de un periódico comunista), el gobierno organizó la conferencia sobre Desarme Mundial, se vio forzado a reconocer la independencia de Australia, Nueva Zelandia, Canadá y Sudáfrica, y tuvo que volver a renunciar porque -como observa la Enciclopedia Británica- "ni él ni la mayor parte de su gabinete pudieron entender los efectos de la depresión económica mundial".

Y W, que ha votado laborista desde que puede hacerlo, precisa la extensión de su esperanza: "Quiero que gane Tony Blair, pero no tanto...".


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