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  Miscelánea: Columna Miguel
Viernes, 11 de mayo de 2001 - 22:17 GMT
La Flor
Amophophallus titanum
La Amophophallus titanum viene de Sumatra y fue descubierta en 1878.
Tiene un nombre científico que olvidé pero además no importa. El caso es que me soprendió por razones botánicas y literarias. Como no documenté ninguna de las dos, me limitaré a contar lo que recuerdo, en el entendido de que la memoria mejora la vida real sin alterarla... mucho.

La razón botánica de mi asombro es evidente. Se trata de una planta que se abre alrededor de un tallo de un par de metros de alto con un botón enorme en la corona. La prensa británica insistió en señalar que es una planta fálica. A simple vista eso es todo. Pero no es todo.

Esta planta, a la que llamaré la Flor (porque su nombre debe escribirse con mayúscula), cautivó la atención británica durante varias semanas debido al sencillo hecho de que su flor iba a abrirse en cualquier momento de la primavera de 1996.

Cada vez hay menos gente preocupada por atestiguar la pequeña maravilla de una flor que se abre. Yo redescubrí a las plantas cuando vivía en el desierto: allá tuve un cactus coronado por una leve floración rosada, al que por capricho terminé llamando La Niña, y al que le contaba mi vida todas las noches. La Niña se secó y yo dejé la frontera al poco tiempo.

Cuando el trabajo me llevó a Uruguay adopté dos plantas de mayor tamaño: La Verde y La Larga, cuyos nombres científicos o comunes tampoco importan, pero que me hicieron compañía en tiempos difíciles. Ellas sí sobrevivieron al relato de mis soledades, aunque prefirieron quedarse en comodato con la vecina de abajo, una argentina que enloquecía de recuerdos cuando le hablaba de Jorge Negrete.

Ya en Londres decidí correr un riesgo más y encontré a Última, una diminuta hiedra que se quedó esperando a que yo regresara de un viaje.

Cuando volví -y conmigo el cerezo y otras plantas- estaba a la sombra de los rosales de la casa, marchita y sola.

Pero hablaba de la floración, que es como le decía el doctor Cosío en la clase de Botánica en la preparatoria. El fenómeno -que cualquiera puede ver en su jardín o en el del vecino, o en los parques- no tendría nada de raro en el caso de la Flor si no fuera porque se produce una vez cada quince años.

Al abrirse la Flor, de la planta emana un hedor semejante al de la carne descompuesta mezclada con huevos podridos. Hubo gente que hizo cola durante más de dos horas en Kew Gardens, donde se exhibe la Flor, para verla y sacudir las papilas olfativas con su peste. Hasta aquí mi asombro -digamos- botánico.

La razón literaria de mi asombro es doble. Hace algunos años, en mi insomnio uruguayo, escribí un cuento sobre una flor semejante, si bien mi flor pertenecía al género Papaver somnifera, se abría una vez cada cien años, la habían usado los totonacas de Veracruz con fines bélicos, y fue bautizada por el ganador de una carrera que se celebró en un aniversario de Salas -el pueblo de mi historia.

La cosa no paró ahí. Tiempo después, cuando hojeaba un diccionario de aztequismos del siglo XVIII, me sorprendió leer sobre una flor que representaba a una diosa, y en cuyo honor se celebraba una carrera más o menos en la misma fecha que en mi relato.

Así que, cuando fui a ver a la Flor, ya estaba preparado para todo, o eso pensé. Me extrañó que no hubiera colas, como decían los noticieros, y que el lugar estuviera tan quieto. Llegué al pie de la Flor.

Sobre el tallo de la planta había un amontonamiento pardo de texturas de seda. La flor se había convertido en una belleza fruncida.

Regresé a la oficina con una sensación de derrota. Escribí una carta electrónica en la que decía que los sueños mueren. Todos los días, a cada hora, muere un sueño. Y decía que un viento barre los sueños muertos, los empuja a rincones del mundo donde crecen plantas como la de esta historia.

Explicaba en mi carta que esas plantas se alimentan de sueños. Pero todos sabemos que nadie puede vivir de sueños solamente. Así que un día, ahítas, abren una flor única de cuyos pétalos se desprenden los viejos sueños muertos, olvidados e inútiles, y producen un olor nauseabundo al que la gente también termina por acostumbrarse.

Quien recibió la carta pensó que se trataba de una carta en clave, y anduvo varios días pensando qué había querido decir. Nunca le dije. En octubre de ese año, aprovechando la luna, me mudé de casa y mi vida cambió otra vez.


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