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  Miscelánea: Columna Miguel
Viernes, 04 de mayo de 2001 - 21:18 GMT
Viaje a vieja York
Catedral de York.
Rascacielos... pero de otro tiempo.
Un domingo ví caca de mil años de antigüedad.

Fue en York. Como no he podido o no he tenido tiempo de ir a Nueva York, fui a York, Vieja York si hemos de ser precisos, en el noreste de Inglaterra, a la mitad del camino para Escocia. Una colega quería hacer un programa sobre el festival vikingo que se celebra en esa ciudad desde 1985, y me llevó de agregado cultural y fotógrafo oficial.

El viaje en tren dura dos horas (o duraba en esos tiempos, antes de que el sistema ferroviario británico se convirtiera en lo que es ahora) y va uno viendo paisajes, caseríos, los colores del cielo.

Hace mil seiscientos cinco años no era así. El cielo era más limpio y York era un caserío amurallado que se llamaba Eboracum, entre los ríos Ouse y Foss. Acababa de morir el emperador Teodosio y el imperio romano terminaba de dividirse, y con él los grupos que tenían el poder, por lo que el poder mismo se hizo menos y los ataques contra lo que había sido centro del mundo se hicieron mayores y frecuentes.

En 407, las legiones romanas que ocupaban Bretaña regresaron a defender -sin suerte- los restos del imperio, y dejaron el terreno libre a las necesidades o las ambiciones de ingleses y sajones. Quinientos años más tarde, lo que quedaba de los romanos en York estaba en ruinas: muros, puentes, tradiciones.

Entonces llegaron los vikingos. Ya habían pasado tres siglos saqueando los poblados de la costa, causando terror y muerte, cuando llegaron a la antigua villa romana. Conquistaron lo que pudieron, pero se quedaron allí y la llamaron Jorvik. Ahí seguía cuando llegamos.

La ciudad estaba convertida en un enorme hotel sin habitaciones. La gente llenaba bares y restaurantes y las calles del centro, pero más el paseo junto al río Ouse porque ahí era la regata vikinga. Dejamos las cosas en la casa de huéspedes de Fulford -a media hora paseando- donde habíamos logrado conseguir un cuarto y nos fuimos al río.

Junto al bar King´s Arms (que el río inunda cada tanto desde 1892) se había instalado un puesto de noruegos cuyo festejo consistía en beber toda la cerveza que pudieran y en regalar cabezas de borrego a la parrilla a quien pidiera. Más allá había un caldero con sopa de almeja y papas recalentándose en un fogón al aire libre, y una señora que servía el potaje a quien se le parara enfrente.

En todas partes había jóvenes y viejos vestidos de vikingos, o lo que ellos pensaban que podría pasar por vikingo: algunos se echaban encima sacos de yute y se pintaban la cara y el pelo, se atravesaban una espada de plástico en el cinto, se calzaban un casco con cuernos, compraban cerveza, y ya estaban hechos unos vikingos de fin de siglo. Otros se vestían de época, con riguroso casco y cotas de malla y pieles crudas, y portaban jubón y casaca o corsé de cuero y calzas de carnaza, y circulaban para que la gente los viera (el grupo se llama Tidr Axholmr Butsekarlborh y uno los puede alquilar para que adornen fiestas...), y se tomara fotos con ellos y los periodistas los entrevistaran. Son hombres y mujeres bastos y vastos para arriba y los lados que toman en serio su papel.

No muy lejos de ahí, porque nada está muy lejos en York, había una feria de artesanías donde todo se hacía como hace mil años: velas, adornos y vasijas, calzado y ropa, papel, cristal para vitrales, muebles, utensilios, armas, artefactos, y una señora de cabello blanco y blusa roja leía las runas.

Después de ver eso, uno se va al King´s Arms y pide medio litro de cerveza y sale a tomársela al pie del río, y a ver los esfuerzos que hacen los remeros (daneses, noruegos, ingleses, suecos) que hace un rato comían cabeza de borrego y bebían cerveza y ahora tratan de ganar su tramo de regata.

Hasta ahí llegó el trabajo, varias entrevistas después, docenas de fotos más tarde. Pasamos el resto del día caminando por callejuelas que sobrevivieron a los vikingos y a los turistas, viendo escaparates, en busca de comida caliente, y terminamos bebiendo champaña acompañada con helado de vainilla, pastel y fresas con crema.

Uno le puede dar la vuelta a la muralla romana que rodea la ciudad en poco más de una hora, y luego visitar la enorme catedral gótica que en lo oscuro -rodeada de jardines ya quietos- impresiona más al espíritu que al ojo, y ver el edificio que encierra los restos del baño romano, reliquia inexplicable aun para vikingos.

Luego se hace lo que se haga, y al otro día es domingo. Calles calladas acompañan la caminata, y el río transcurre sin prisa. Es hora de visitar el Centro Vikingo de Jorvick a pesar de que la gente que quiere hacer lo mismo llena la plaza y su número es legión. Pasamos. Se sienta uno en un carrito que echa a andar hacia atrás, como debe ser en una máquina del tiempo que viaja hacia un día vikingo. Ve uno pasar efigies de otras épocas, oye la música retrocediendo, y tras pasar un puente donde una joven se resiste para siempre a la espada vikinga que la acosa, sabe que ya llegó...

Hay un poblado de esos años: cabañas entre las cuales pasa la calle por donde va el carro. Se oyen sonidos y voces del siglo nueve, se ven escenas de mercado, de juego de niños, de puerto de pescadores, de una casa donde todo está a punto para comer, de una curtiduría que huele a cosa muerta, y uno entiende mejor cómo era la vida hace tanto tiempo.

Tras el viaje, uno pasa al museo, donde pueden verse de cerca pedazos de tela, zapatos antiquísimos, ollas y cucharas y cuchillos, puntas de flechas, piedras, cosas que hay en museos, y en un rincón que simula el laboratorio de los arqueólogos que han trabajado en el sitio hay un disco de acrílico con la caca de mil años de antigüedad, y otro con el musgo que usaron el vikingo o la vikinga para limpiarse.

Los vimos. Mejor dicho, los ví con interés y luego con emoción. Horas después, cuando veníamos en el tren de regreso a Londres, todavía me preguntaba hasta dónde llega el interés científico de quien decidió poner esas muestras en un disco de acrílico, cómo se sabe la edad de una cosa así, para qué sirve saberlo.

Por mi parte, pienso regresar a York, a Jorvick, a Eboracum, cuando ya no haya vikingos ni gente que venga a verlos, y caminar sin ruido por los callejones empedrados en busca de las raíces romanas que los locales prefieren ignorar, no sé si por remotas, y será primavera en los dos ríos de la ciudad, y traeré música de Mozart en el walkman.


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