BBC Página Principal (en inglés) BBC Noticias (en inglés) BBC Deportes (en inglés) BBC Servicio Mundial (en inglés)
versión texto | escríbanos | ayuda
BBC Mundo
Noticias 
América Latina 
Economía 
Ciencia 
Miscelánea 
Foros 
Especiales 
Aprenda inglés 
Nuestros socios 
Quiénes somos 
BBC Radio
Programación 
Cómo sintonizar 
  Miscelánea: Columna Miguel
Jueves, 26 de abril de 2001 - 18:50 GMT
Un montón de piedras con un montón de años
Stonehenge
El primer amanecer del verano en Stonehenge.
La señora le decía al señor: "Es un montón de piedras". Y el señor le respondió con la paciencia que dan cincuenta años de matrimonio que no, que no era así, que él veía muchos programas especiales en la televisión, y que uno de esos programas lo convenció de viajar para ver lo que la señora calificaba de montón de piedras.

Ya no supe en qué paró la discusión. La pareja siguió su camino y pronto se perdió entre la multitud de turistas que caminaban con su aparato guía pegado al oído, estremecidos por el viento helado, ya sin interés en la estructura de piedras que irrumpe en la llanura, más precisamente en una cuchilla que limitan las carreteras A303 y A344, poco más allá de Amesbury, en el suroeste inglés.

El montón de piedras lleva allí unos tres mil quinientos años, aunque se usaba desde hace unos cinco mil cincuenta años, y ya estaba en ruinas mil años antes de Cristo. Se llama Stonehenge y verlo me tomó más de cuarenta años y dos horas y media de viaje desde Londres: nada. Y es cierto que parece un montón de piedras, pero ordenadas...

Hace algún tiempo le pusieron un cerco, que en realidad es una cuerda de plástico pero que de verdad sirve para que la gente no pase. Lo que pasó es que los turistas -con esa necesidad de dejar constancia de su paso por la tierra- le habían escrito el familiar aquí estuvo, y los recuerdos de los turistas comenzaron a hacerle a las piedras el daño que los milenios no habían podido hacer.

La cerca también se la pusieron para mantener a raya a los miles de visitantes que iban a ver el fenómeno del solsticio de verano entre raptos de admiración ante el conocimiento y la medida de la naturaleza, y fases de misticismo, y simple curiosidad.

El que no haya visto cuando menos una fotografía de Stonehenge no podría entender la mejor de mis descripciones: se trata de los restos de un círculo formado por piedras cuyos pesos van de cuatro a cuarenta y cinco toneladas, y cuyos restos semejan ahora puertas sin casa, pero son parte de un sistema que registra el movimiento del universo. No diré más.

Hay, en cambio, quienes sostienen que la particular alineación de las piedras (y de otros materiales antes) es fortuita. Fortuita es también la orientación del sendero de entrada, que apunta al norte, y fue ajustada varias veces para compensar variaciones astrológicas, dicen.

Parece que la primera vez que alguien relacionó las piedras con los druidas fue un anticuario que a mediados del siglo diecisiete sostenía que los círculos de piedras habían sido templos druídicos. Y como una cosa lleva a la otra, los interesados consultaron a Julio César, que a su vez habla de los druidas, sacerdotes celtas que florecieron en tiempos de la conquista romana y tal vez un par de siglos antes, pero en todo caso ya cuando sitios como Stonehenge estaban derruidos.

En el solsticio de verano, un fenómeno que aquí sólo describiremos como el principio de la estación, el amanecer presta una luz cobriza que se va tiñendo de naranja y de azul profundo conforme avanza el nuevo día entre el viento fresco y los trigales.

Precisamente entonces, cuando comienza naturalmente el verano, un rayo de esa luz se derrama entre las piedras, entre aberturas cuya alineación fue calculada para marcar momentos específicos desde la prehistoria, durante lo que se conoce como monolítico tardío, entre quinientos y ochocientos años antes de que se construyeran las primeras pirámides egipcias, y unos tres mil doscientos años antes de la creación de Estados Unidos.

Uno se queda ahí, sentado a la intemperie donde antes fue bosque de pinos, mirando a las piedras. Si ve uno a la gente, pronto descubre que camina unos doscientos metros desde la salida del túnel bajo la carretera, se acerca con paso decidido y curioso al monumento, y mira las piedras con interés, poco o mucho.

Como en el precio del boleto se incluye un aparato guía que relata la historia del lugar en varios idiomas, uno agarra su aparato y comienza a oír mientras cruza el túnel. Yo apagué el mío cuando tuve Stonehenge a tiro -digamos- de piedra. Me senté en el pasto. Dos, tres cuervos revoloteaban dentro del círculo.

Ahí me quedé, mirando. Me dí cuenta de que la quietud y la antigüa edad de esas rocas provocan una sensación que da miedo: son un puñado de rudas cosas quietas, calladitas, ya sin qué hacer...


Búsqueda en BBC Mundo
Claves de búsqueda

Archivo 2001:

Archivo 99/00
Arriba ^^  
 
 escribanos@bbc.co.uk
© BBC
BBC World Service
Bush House, Strand, London WC2B 4PH, UK.

Servicio Mundial de la BBC:
temas de actualidad e información institucional en más de 40 idiomas: