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  Miscelánea: Columna Miguel
Miércoles, 11 de abril de 2001 - 02:16 GMT
Breve historia de un amor divino

Hace mucho, o no hace tanto, una niña colombiana me escribió para pedirme que hablara sobre los mitos porque en la escuela le habían encargado escribir un trabajo sobre el tema. Y escribí no sobre uno, sino sobre tres mitos. Uno de ellos era Easter, la fiesta de la Pascua, que se celebra por estos días.

Nuestra historia comienza con los teutones, que fueron un grupo de tribus (entre ellas los germanos, los escandinavos y los anglosajones) que habitaron los bosques del norte de Europa hace años de años.

Los anglosajones celebraban por estas fechas a la diosa Eostre, la aurora, representada por una liebre que renunció a hibernar para reproducirse, cosa que a los conejos les sale muy bien. Ya se sabe: las tribus comían, bebían, echaban granos al viento y regaban agua en las entradas de las casas para hacer propicia la estación florida.

Lo más probable es que luego se entregaran a una celebración propia de la diosa de la fertilidad con rituales más específicos, que no pienso detallar en esta columna.

Lo significativo es que rendían homenaje a Eostre, y que habían tomado prestada esa deidad y su leyenda de los babilonios unos cinco siglos antes de Cristo.

La diosa original (mesopotámica ella, babilónica en todos los sentidos) era ni más ni menos que Ishtar, deidad del deseo, causante de que pasaran cosas en el mundo, razón de que el sol fuera más intenso en la primavera, motivo de que la vida animal y vegetal floreciera en todas partes, también conocida por los griegos como Astarté.

Cuenta la leyenda que Ishtar (prefiero el nombre original y antiguo) conoció carnalmente y de otras formas a todos los dioses mayores y menores del panteón asirio-babilónico, y a no pocos mortales que jamás se recuperaron de la visita de la diosa, causante misma del deseo, que orienta las intenciones y nubla la razón y entorpece las expresiones, entre otras cosas...

Pero todos, dioses y humanos, tienen un destino. El de Ishtar fue encontrarse a Tamuz, deidad de las cosechas, padre de la abundancia y señor del alimento y la bebida, conocido entre los fenicios como Adonis.

Hasta ahí llegó la para entonces agitada vida de la diosa, que procedió a enamorarse por razones que ignoramos, pero que no pueden ser muy distintas de las razones que hacen que una persona se enamore de otra.

El amor divino duró hasta que llegó el otoño, que hace caer las hojas de los árboles y arruga los frutos y aposhcagua las cosechas.

Tamuz murió en la época que ahora llamamos septiembre u octubre y pasó al otro mundo, bajo la tierra, listo para esperar su nuevo renacimiento.

Ya lo dice el refrán: el amor es canijo, pero más el que se lo aguanta. Ishtar, que era una diosa, no pudo o no supo evadir la regla. Presa de la impaciencia (cuenta la leyenda que ni siquiera se puso ropa), bajó a los infiernos por su amado. Y el mundo sufrió su sufrimiento, porque durante su ausencia de la faz de la tierra la procreación se detuvo y se apagó la luz.

El final de la historia es de todos conocido: Ishtar recuperó a su amante amado, lo roció con el agua de la vida para resucitarlo, y se lo trajo de regreso a la superficie del mundo, donde los dos se regocijan sin descanso desde entonces, si bien a veces deciden recordar la temporada que pasaron en el subsuelo y se recogen a descansar en la penumbra. Por eso hay estaciones.

Pasaron el tiempo y las modas religiosas. Los anglosajones siguieron adaptando la leyenda de Ishtar hasta convertirla en algo irreconocible, tan cambiada que hasta tiene otro nombre.

Las celebraciones también se transformaron, a tal punto que ahora ya no se entrega uno a los goces de la carne para celebrar la leyenda, sino que se va uno de vacaciones a donde sea. Las ciudades se quedan vacías.

Y como se perdió el sentido original del festejo, la gente no sabe qué hacer en esos días. Excepto los comerciantes, que decidieron que era bueno rescatar la imagen de la liebre, convertirla en conejo y llamarla Easter (se pronuncia íster, no iostre ni ishtar) en inglés, y ofrecer mercancías a precios de descuento.

Pero no hay regocijo en eso.


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