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  Miscelánea: Columna de Miguel
Martes, 03 de abril de 2001 - 11:16 GMT
Y los demás países, ¿qué?
Pequeños
Pequeños "grandes" basurales.
La última vez que visité Xalapa, la capital del estado mexicano de Veracruz, fui al Paseo de los Lagos en la zona universitaria llevado más por la nostalgia que por las ganas, pero también en busca de los paisajes que había visto 20 años antes, cuando era joven y estudiante, y sólo encontré extensiones de agua verde llena de limo y de basura.

E-Mary recuerda una mañana en Éfeso, a una hora en que los turistas no habían llegado y todo parecía antiguo e impasible, intocado por el tiempo, y se dejó llevar por la emoción de ver las piedras venerables hasta que vio, reinando sobre los escombros de siglos, una lata de cocacola que alguien dejó por descuido y pereza.

Más de un fin de semana hemos viajado a Croydon o a Londres, y nos maravillamos en el trayecto sin prisa viendo desde el tren lo que la gente tira donde cree que nadie se dará cuenta: sillas y sillones, refrigeradores, ropa vieja, juguetes rotos, colchones manchados, estufas, bicicletas inservibles, bolsas de plástico, neumáticos, televisores que ya no muestran nada...

Y más de una vez hemos buscado en el supermercado cosas cuyo empaque sirva para después: latas, cajas, cosas así, sólo para descubrir que ya no hay cosas así. Se consume lo de adentro y se tira a la basura (o a donde se tire) lo de afuera.

Pero aunque es serio y es grave, el problema de la basura digamos individual es pequeño si se compara con la cantidad de productos que desechan las industrias, cosa de gran escala cuyas cifras (si se ignoran) escapan a la imaginación o la rebasan (si se conocen), y cuyas consecuencias son más inmediatas y más peligrosas porque afectan de manera irremediable el ambiente, que no tiene repuesto.

Para comenzar, gran parte de estos desechos no se ve de inmediato porque se va al aire o se va al agua, o porque los ocultan. Hay quienes los justifican diciendo que es el precio de la civilización, y hay quienes sostienen que después de todo no pasa nada.

Las veces que han pasado cosas, la desgracia es mayor. Pocos recuerdan la catástrofe que en 1984 provocó la muerte de 16.000 personas, dejó más de 100.000 lesionados y afectó a medio millón de personas en la ciudad india de Bhopal cuando gases letales escaparon de una planta de Union Carbide. Pocos quieren recordar los accidentes de Chernobyl o de Three Mile Island, que demostraron al mundo que las plantas nucleoeléctricas no son tan seguras como dicen quienes las operan. La lista, si uno se pone a buscar, es larga y preocupa.

Hasta la fecha, las protestas y las advertencias han servido de algo, porque cada vez hay más personas conscientes de la enorme fragilidad ecológica del planeta, pero el hecho de que Estados Unidos haya decidido ignorar el acuerdo de Kyoto sobre calentamiento global ilustra bien lo que sucede en nuestro tiempo: si el centro del poder decide ignorar un problema en vez de resolverlo, el problema deja de serlo; si el centro del poder decide lo contrario, pasa lo contrario.

Y lo peor es que no se puede hacer mucho. En algunos diarios británicos comenzaron a aparecer cartas que declaran boicot a productos estadounidenses, pero dudo mucho que esa medida vaya a funcionar.

¿Qué se puede hacer? No se puede obligar a un país que lleva años obligando a los demás. No se puede aislar a una nación en tiempos globalizadores. No se puede recurrir a tribunales para juzgar a quien se ha convertido en el único juez del mundo.

Me parece claro que habrá que seguir presionando al gobierno de Bush, aunque las esperanzas de lograr cambios sean pocas. También me parece claro que habrá que esperar cuando menos cuatro años para retomar el tema con quien ocupe la Casa Blanca para entonces.

Pero sobre todo me parece importante que los gobiernos de los demás países den pasos concretos para proteger al ambiente, porque si bien es cierto que Estados Unidos es el principal contaminador del mundo no es el único: 75% de los gases que provocan el efecto invernadero se producen en el resto del planeta, en naciones cuyos gobiernos se comprometieron a tomar medidas que todavía no se ven por ninguna parte.

Y, por supuesto, cada uno de nosotros tiene una obligación moral de conservar limpia la parte del mundo que nos toca. Mientras eso no suceda, todos corremos el riesgo de seguir encontrando latas de refresco entre las ruinas de lugares que sólo existirán en el recuerdo.


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