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  Miscelánea: Columna Miguel
Martes, 27 de marzo de 2001 - 10:59 GMT
Nostalgia de la Tierra
Fin de la Mir
El regreso de la Mir
Siempre quise volar en globo. He estado cerca de hacerlo dos o tres veces, pero siempre ha habido algo que me impide sentir en primera persona el ascenso sin prisa de quien viaja en ese dinosaurio del siglo de internet a una altura en la que el mundo no deja de ser mundo.

Hace tiempo, cuando todo era joven, quise imaginar el viaje de Laika, perra pionera, primer ser viviente que fue al espacio y vino sin poder contar su experiencia. Yuri Gagarin y luego Valentina Tereskova repitieron la proeza aunque tampoco hayan podido expresar precisamente lo que sintieron al cruzar la frontera que separa a este planeta de otros. Y luego vinieron otros estadounidenses, sobre todo estadounidenses aunque hubo hasta un mexicano, que dieron cuenta de lo que siente uno al caminar en la Luna, de lo que deja de sentir cuando flota en el espacio, de lo que piensa uno cuando deja de haber arriba y abajo y a los lados, y lo que pasa cuando uno entiende que el tiempo ha dejado de ser lo que era y es otra cosa... Por eso, a estas alturas, me he resignado a ser animal de tierra.

Pero no dejo de maravillarme cuando veo lo que se ha podido hacer en el espacio, que puede ser poco si se mide con las vastas proporciones de la enorme nada sideral, pero es mucho si se mira a ras de suelo. Basta visitar el Centro Espacial Kennedy que tiene la Nasa en Florida para darse cuenta del tiempo, el ingenio, el valor y el dinero que se han invertido en la aventura de investigar los cielos en busca de lo que sea: vida o milagros. Un jueves floridiano me llevaron de edificio en edificio y me mostraron el breve espacio que protege a un astronauta para salir del planeta y volver sin miedo, y motores enormes hechos solamente para vencer la gravedad terrestre, y casi medio siglo de trajes de astronautas, y sensores diminutos enterrados entre cientos de palancas y diales, y numerosas muestras del ingenio humano, y en el camino entre un portento ingenieril y otro pude ver lagartos que tomaban el sol sin disimulo.

Sin embargo, la pieza de mayor importancia no estaba en la Tierra en esas fechas sino en los alrededores del mundo, y llevaba ya casi tres lustros dando albergue a cualquier astronauta que lo necesitara. La Mir, cuyo nombre es una palabra rusa que significa mundo y paz, fue inventada para durar un quinquenio que gracias a la cinta de aislar fue de tres lustros, pese a incendios y contratiempos, y sin que muchos se dieran cuenta fue escenario de dramas y descubrimientos, de feroces pugnas presupuestales, de experimentos arcanos y acercamientos entre naciones y cosmonautas como nunca antes...

La semana pasada, tras un largo debate en el que durante varios meses se consideraron cosas pasadas, presentes y futuras, pero sobre todo la falta de dinero para continuar operando, los encargados del programa que administraba la Mir (cuyo nombre para entonces -como recordaron oportunamente quienes conocen el idioma- ya significaba mendigar, porque el ruso es un idioma rico aunque la patria no lo sea tanto) modificaron la trayectoria de la nave y la hicieron volver a la Tierra, convertida en un chorro de luces que se dispersaron en el cielo, se estrellaron en el mar y se hundieron en el agua dejando solamente un rastro de espuma y recuerdos.

La Mir ya no existe. Con ella se quemaron, como dijeron a tiempo los cronistas, textos religiosos, libros, apuntes de astronautas, fotos, cosas que se van juntando en cualquier lugar y terminan por convertirlo en hogar. Pero no solamente esas cosas se terminaron: Estados Unidos -mejor dicho, su gobierno- tiene retos que no se encuentran en las alturas, y Rusia tiene problemas cuya respuesta no aparece por ninguna parte, y es probable que los programas espaciales, encarecidos por lo que sea, tengan que suspenderse hasta nuevo aviso o limitarse hasta que un nuevo presupuesto abra otra vez las puertas siderales.

Mientras tanto, el mundo va a ser distinto sin la Mir. Es verdad que ya hay una nave similar, mayor, mejor, aunque no la hayan terminado. Uno puede verla brillar en el cielo helado de las madrugadas londinenses, y piensa en lo que van a ver los hijos cuando crezcan, y en lo que van a ver los hijos de los hijos y sus hijos, y en ese tren de ideas amanece y llega el tren de verdad y hay que ir a la oficina, que en mi caso se encuentra en el octavo piso del ala noreste de Bush House y representa un ascenso para alguien que, como yo, siempre quiso volar en globo y ver las cosas desde una altura en la que el mundo sigue siendo mundo, aunque sea sin la Mir.


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