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  Miscelánea: Columna de Miguel
Lunes, 19 de marzo de 2001 - 14:40 GMT
Garúa sin reses
Quema de animales en una granja de Hexworthy, Dartmoor National Park.
La fiebre aftosa hace humo las esperanzas de miles de británicos.
Es fin de semana y hace frío. Llueve de una forma que en mi infancia se llamaba chipichipi y que en las canciones de Piazzola se llama garúa, y dicen que en el norte nevará nuevamente. Así se acerca la primavera inglesa, engañando a las flores que un día se abren para morir quemadas una noche, y en los periódicos hay fotos de ganado que se quema en piras enormes.

Como si no fueran suficientes el quebranto del sistema ferrocarrilero, la huelga de los profesores, el pleito sobre el futuro del metro, la pésima calidad de la seguridad social, los daños causados por las inundaciones del invierno, los escándalos dentro y fuera del gabinete, la incertidumbre sobre el euro y lo que el euro representa, el espectáculo de los conservadores que quieren volverse gobierno y la improbabilidad de unas elecciones que los laboristas pidieron para seguir en el poder ahora que pueden, el país sufre las consecuencias de la fiebre aftosa.

En inglés se llama, literalmente aunque con cierta licencia poética, "enfermedad de hocico y de pezuña", y hace que los animales de pezuña hendida (bovinos y porcinos y caprinos, ovinos y elefántidos lo mismo que camélidos) sufran un deterioro que les impide ganar peso y les saca aftas que los vuelven locos de dolor.

Aunque no es necesiaramente mortal, el padecimiento tiene serios efectos comerciales, que van más allá de la pérdida de peso de los animales criados para convertirse en parte de la cadena alimenticia. La facilidad con que se propaga el mal ha hecho que las autoridades recomienden a turistas y locales que no salgan a caminar, como se acostumbra en este país cuando el tiempo lo permite.

La industria turística ya sufre los efectos de la aftosa, y no sólo porque no se pueda salir de excursión al campo, sino porque además los turistas británicos que llegan, por ejemplo, a Portugal, tienen que pasar por un proceso de desinfección, cosa que naturalmente desalienta y amaga. Las pérdidas son cuantiosas y la confusión es mayúscula.

Una tarde de invierno inusitadamente luminosa, E-Mary me llevó a los jardines del museo Horniman, una extensión llena de vistas de Londres a lo lejos -que es como a veces deben verse las ciudades-, una colina en que las flores y el aire son translúcidos y hay una minúscula granja con especies menores. El martes fuimos a ver si todo estaba en su lugar: la ciudad estaba allá, las flores eran nuevas, y hay una cinta que impide acercarse a la reja que resguarda a las cabras, los patos, los conejos, los cisnes, los guajolotes o pavos. El temor a la aftosa ha llegado a los jardines de la ciudad.

Noventa naciones han impuesto restricciones a la importación de animales británicos o su carne o sus productos derivados. Pese a todo, se han registrado brotes, nuevos o viejos, en varios países de Europa (Irlanda, Francia, Bélgica, Holanda), y hasta del otro lado del mar, en lugares como Colombia y Argentina, donde la aftosa es endémica aunque no todos lo crean.

El gobierno británico anuncia que va a quemar a un millón de animales, y luego dice que no, y más tarde lo confirma para negarlo después. Los ganaderos piden compensación, pobres, como si alguien que no fuera ellos tuviera la culpa de la desgracia. Y a muy pocos se les ocurre vacunar a sus animales porque no es económico o no es práctico, aunque sea menos práctico sentarse a ver las fogatas de asado involuntario que iluminan los días grises y las noches sin estrellas.

Y así pasan los días. Llueve de una forma que en mi infancia se llamaba chipichipi y que en las canciones de Piazzola se llama garúa, y dicen que en el norte nevará nuevamente. Así se acerca la primavera inglesa, engañando a las flores que un día se abren para morir quemadas por el frío una noche. Como reses...


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