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  Miscelánea: Columna de Miguel
Martes, 06 de marzo de 2001 - 10:29 GMT
Ya nadie quiere ser profesor
Una maestra en Paraguay enseña a escribir a uno de sus alumnos.
Es claro que el profesor del siglo veintiuno no puede ser como los de antes.
Leo en los diarios que la escasez de profesores es tal que hay escuelas que sólo funcionan de lunes a jueves, y que el gobierno busca con urgencia unos diez mil profesores para dar abasto a la demanda.

Sólo que los profesores no aparecen, y los que ya están han comenzado un lento pero irremediable éxodo hacia otras ocupaciones.

Es que les pagan mal. Además de enseñar, tienen que escribir en detalle lo que piensan hacer en clase cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora, cada cinco minutos, y entregar esos documentos a una burocracia impasible que no los lee. Y corren los riesgos que ahora implica pararse frente a un grupo de veinte o treinta muchachos agresivos que se niegan a aceptar cualquier tipo de información que no venga de la televisión o fuentes similares.

Si uno juzga por lo que pasa en el sistema educativo, puede pensarse con razón que la Gran Bretaña se está haciendo cada vez menos grande, pero lo mismo podría decirse todos o casi todos los países de América Latina, donde la situación es parecida y tampoco se ven señales de mejoría.

Hubo una vez en que los profesores eran personajes importantes. En el pueblo -en todos los pueblos- se recurría sin falta al profesor, al médico, al sacerdote en busca de guía y consejo, y sin falta cualquiera de esos personajes daba consejo y guía a quien lo pidiera o lo necesitara. Pero ya se acabó.

Sindicalismos corruptos, burocracias dictatoriales, ocurrencias gubernamentales, ineptitudes presupuestales, inercias personales y la tristeza propia del fin de siglo fueron deteriorando el oficio y ya nadie quiere ser profesor.

La imagen romántica que soñaban los herederos de Rebsamen y Froebel, la teoría que impulsaba a los seguidores de Montessori, el espíritu que practicaban los discípulos de Neill, la multitud de principios -en el fondo el mismo- que hacían un apostolado del oficio de enseñar, viven sus últimos tiempos.

Es claro que el profesor del siglo veintiuno no puede ser como los de antes porque las cosas han cambiado tanto y tan rápidamente que nadie se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde. El problema es que nadie parece saber cómo tiene que ser el profesor del siglo veintiuno.

¿Qué se puede o se debe enseñar a niños que tienen acceso a computadoras, teléfonos celulares, videojuegos y cosas que no había o que estaban reservadas a unos cuantos? ¿Cómo enseñar qué? Pero sobre todo, ¿de dónde vendrá el dinero?

Quien responda estas tres preguntas habrá avanzado hacia la solución de un problema que -si no se atiende- puede cambiar al mundo tal y como lo conocemos. No es una exageración...

Mientras eso pasa, seguiré recordando el mediodía en que visité una escuela en la cima de una montaña que se alza donde se encuentran los estados mexicanos de Aguascalientes y Jalisco: en el salón único, oloroso a lápiz y a sudor infantil, en pupitres disparejos y remendados, diez o doce niños de edades diversas repetían en voz alta lo que iban escribiendo en el reverso de hojas donde hubo una circular de la secretaría de Educación.


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