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  Miscelánea: Columna de Miguel
Martes, 20 de febrero de 2001 - 14:34 GMT
Hijos de la vieja Albión

Los "hijos de Albión" se preparan para el fútbol.
Los ingleses son, según la leyenda, flemáticos. Investigando el carácter de los ingleses descubrí la razón aparente de que no haya metro en la ciudad mexicana de Jalapa, donde viví muchos años, hace tiempo.

Si hemos de buscar en un diccionario veremos que se dice que alguien que tiene o muestra un temperamento lento y estólido es flemático.

Si uno continúa la búsqueda termina por recordar que flema es uno de los cuatro humores (precisamente el frío y húmedo causante de la torpeza) que mencionaban los fundadores de la fisiología, y confirma que flema es también lo que todos conocemos como flema.

Pero más vale detener la pesquisa y cerrar el diccionario en este punto. Quizá en defensa propia, el Webster incorporó un significado adicional, el de fortaleza reposada o frialdad intrépida. Intrépido es alguien a quien no le tiemblan la mano ni la voz en situaciones extremas.

Lo que he podido aprender de los ingleses es que son gente conversadora pero callada, trabajadora pero ociosa, fanática pero reservada, frenética pero sin prisa, y que a casi todos les encantan los chismes sobre la familia real y las vidas privadas de funcionarios públicos y políticos, como le puede pasar a cualquiera.

Sé que son conversadores porque me ha tocado viajar en el segundo piso de un autobús junto a un par de señoras, y en el metro mezclado en la masa informe y tibia que va a la oficina en la mañana: hablan y hablan, aunque si pueden fijan la vista en el periódico y evitan todo contacto con el resto del mundo y recorren su trayecto en silencio.

Los ingleses que conozco trabajan, trabajan, trabajan. Cuando salen de la oficina se van a sus casas con documentos o están siempre esperando que los llamen a deshoras en caso de emergencia, y los fines de semana salen a sus jardines a cultivar la tierra o reparan lo que hay que reparar, o de plano buscan otro trabajo.

Cuando descansan son fanáticos, sobre todo del fútbol, del rugby, del cricket, tal vez en ese orden. Se juntan en los bares a beber medias jarras de cerveza y a ver partido tras partido si no consiguieron boletos para ir al estadio.

Si el juego es bueno, puede ser que alquilen autobuses para ir y regresar haciendo ruido por las calles del centro. Los ingleses son los únicos que entienden las reglas y el propósito del cricket...

Pero son reservados. No son afectos a mostrar sus emociones en público. Uno sabe que alguien es mexicano porque se calienta y grita cuando se topa con los reacios hijos de la vieja Albión, si bien es cierto que al cabo de poco tiempo hasta los mexicanos adoptan las mismas actitudes de sus anfitriones, y más cierto es que los mexicanos que viven acá no acostumbran gritar porque para eso tienen plata...

Los ingleses son frenéticos, sí, con ese grado del frenesí que apenas se percibe hormigueando bajo la piel del otro, y tienen pequeñas explosiones de ansiedad que someten de inmediato sin mover un músculo de la cara o de cualquier otra parte.

También les fascina ver en los periódicos (tabloides porque su talla permite llevarlos en el metro atestado y pasar páginas en un espacio mínimo) detalles de la más reciente aventura de alguien más descubierto y exhibido en actividades a que natura o menester le inclinan.

Pero no todos son así. El Supremo es un ejemplo. El Supremo es un hombre alto, moreno, de bigotazo entrecano y ojos brillantes, que se para en una esquina de Leyton a ver quién pasa por la calle y a musitar una sola palabra: supremacía.

Es evidente que nos desprecia a todos los demás. Como prefiere a una cajera del supermercado cercano, ha llegado hacer colas de media hora para pagar un chocolate a la muchacha que le gusta.

También está el señor de san Ignacio, que duerme en un quicio del centro de la ciudad, sobre un cartón, y antes de dormir se fuma una pipa con tabaco de colillas, y pone una imagen del de Loyola para que lo proteja mientras sueña...

Y, por supuesto, está Rafelito. Quién sabe cómo se llama aquí. Si fuera mexicano se llamaría Rafelito. Lleva la correspondencia interna de una oficina, y se lo encuentra uno en cualquier elevador, cualquier pasillo, cualquier oficina, y en una mesa del comedor del edificio.

Se come un par de tostadas con mantequilla y se toma un té a las once de la mañana todos los días. Nunca lo he visto sonreír. Nunca lo he oído hablar. No logro imaginar qué hace los domingos a las, digamos, tres de la tarde.

Es verdad que lo mismo se podría decir de los mexicanos y, si me apuran, de los jalapeños, pero en Londres uno se encuentra con el inglés que usa traje junto al inglés punk de pelo azul y amarillo junto al inglés de turbante junto al inglés de pantalones vaqueros junto al inglés de ropa sucia por el trabajo de la construcción junto al inglés que viene de la ópera con su mujer olorosa a loción cara junto al inglés del que no se sabe nada porque se tomó una de más y va dormido en el metro. Y por eso en la ciudad mexicana de Jalapa no hay metro.


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