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  Miscelánea: Columna Miguel
Viernes, 16 de febrero de 2001 - 16:45 GMT
Las interniñas y un viejo vestido de blanco

Kimberly y Belinda, adoptadas a través de la internet.
Las niñas Kiara y Keyara aparecieron mientras el mundo se recuperaba de la nueva tragedia que asoló a los salvadoreños, que han ido de guerra civil a huracán a temblor, y de pronto todos las vimos, vestidas de azul o de rosa en los periódicos y de rojo en las noticias de la noche, morenitas.

Y cuando cambiaron de familia cambiaron de nombre.

Ahora son Belinda y Kimberley, que ya sólo se llaman así porque nadie sabe qué apellido tienen a estas alturas, después de haber sido hijas de Tranda Wecker, de Vickie y Richard Allen, de Alan y Judith Kilshaw y de quién sabe quién más en los últimos seis meses, que son los primeros y únicos seis meses que han vivido.

Hasta ahora han producido dieciocho mil trescientos dólares, según el tipo de cambio. Y ahí están, con su triste historia, eco distorsionado de la de Elián González, esperando que alguien venga y ponga las cosas en su lugar, de este lado del mar o del otro.

Pero ni Belinda ni Kimberley son las únicas víctimas de la más moderna forma de comercio.

No. Las interniñas solamente son un espejo que reflejan los riesgos del ancho mundo virtual que está al alcance de todos, es decir de cualquiera, donde se ofrecen recuerdos nazis con la misma facilidad que sexo o información o que libros y música, y donde cualquiera puede ser lo que sea sin que muchos se den cuenta.

En una sociedad en que la forma es cada vez más el fondo, el caso de las mellizas también refleja las alturas o las profundidades a que puede llegar una pareja dispuesta a tener los hijos que la naturaleza y el azar no les han dado.

Es un ejemplo más entre muchos de que ha llegado el momento de obtener lo que uno desea, incluso hijos, con sólo apretar un botón y disponer de una tarjeta de crédito.

A dónde hemos llegado. Habrá quien diga que qué bueno que pasan estas cosas, porque así la gente se da cuenta y hace algo para evitar que sigan pasando.

Lo más que puede uno hacer es preguntarse cómo se puede adoptar sin muchos trámites a dos niñas en un país donde hay que esperar semanas o meses para comprar una pistola.

Cuando estalló el escándalo, las autoridades saltaron en ambos lados del Atlántico porque también las autoridades dijeron que cómo va a ser que esas cosas pasen. Pero pasan porque están permitidas o toleradas.

Uno podría apostar sin mucha preocupación a que nada va a cambiar a consecuencia de la tragedia de las gemelas...

Sobre todo porque siempre habrá alguien dispuesto a ofrecer dinero (ya lo hicieron: en Nueva York apareció otra pareja que asegura que alguien les pidió ocho mil quinientos dólares por las niñas), como siempre habrá alguien dispuesto a recibirlo.

Por lo pronto, la pareja de Gales que terminó trayendo a Belinda y a Kimberley a Gran Bretaña tendrá que conformarse con un viejo vestido de blanco al que la familia conoce como El lechero, un fantasma que -según ellos- vive en su casa desde hace tiempo y que sin duda también aparecerá en la película que ya se está negociando.


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