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Lunes, 11 de julio de 2005 - 14:52 GMT
Los días después
Javier Farje
Javier Farje
BBC Mundo, Londres

Agentes de policía revisan uno de los lugares de los atentados
En las inmediaciones de Russell Square un gran andamio con cortinas blancas nos aísla de una tarea titánica.

Nos han pedido que seamos nosotros mismos y que comamos una tostada que se enfría y un café aguado, que salgamos a la calle, que tomemos un tren, lleguemos a la oficina, almorcemos a la carrera y salgamos de la jornada corriendo para evitar a esa muchedumbre de la que somos parte.

A Londres ha llegado el verano efímero de todos los años. Nos aconsejan las autoridades que tengamos precauciones ante un calor que en las entrañas del subterráneo se vuelve claustrofóbico y que huele a vecino. Que llevemos botellas de agua a un sistema de trenes tan obsoleto que resulta imposible instalar sistemas de aire acondicionado porque eso paralizaría la cosa por meses.

Nadie nos ha pedido que añadamos a nuestra rutina la mirada de reojo, la desconfianza, la sospecha de quien lee el Corán moviendo los labios con la intensidad pía de quien cree en un Dios.

Claro, hay lugares a los que no nos dejan llegar. En las inmediaciones de Russell Square, ese parque universitario en la que tantas veces me reuní con mis compañeros, después de clases, para hablar mal del sistema porque, para eso después de todo, somos estudiantes universitarios, un gran andamio con cortinas blancas nos aísla de una tarea titánica: la búsqueda de los muertos que aún esperan salir a la superficie para que los investiguen y los entierren en esa larga y penosa procesión de sepelios que nos espera en las próximas semanas. La tertulia queda cancelada, sólo hay lugar para la muerte.

Interior de una estación del metro de Londres
Londres, nos dicen, tiene que seguir viviendo la vida para desafiar a los fanáticos.

En árboles y postes aparecen afiches hechos con fotocopias borrosas preguntándonos si hemos visto, por ejemplo, a Shahara a Islam, una guapa londinense de religión islámica. Desde una foto a colores me mira Laura Susan Web, con su largo pelo rojo y ensortijado y su mirada de fiesta. "¿Dónde está?" imploran sus padres y esa pregunta nos trae recuerdos que queríamos dejar atrás.

Muchos londinenses van a recurrir a lo surreal para pensar que todo está bien, que todo va a estar bien. EastEnders es una telenovela que narra la vida medio obrera de un barrio de ficción en el este de Londres. Por EastEders no pasaron nunca los atentados del IRA, el 11 de septiembre de 2001 no existió y por ese barrio despojado de realidades, tampoco pasará el 7/7. En el barrio de Waford, en EastEnders, la vida seguirá siendo riñas familiares, adulterios, o las amenazas de un gangster local que no asusta a nadie. Ahí se refugiará quien no quiere recordar lo que pasó ese jueves nefasto que nos cambió la vida.

Ante un pueblo que prefiera el pub a la iglesia, los líderes religiosos aparecen unidos pidiendo tolerancia para evitar, por ejemplo, que algún londinense despistado dé rienda suelta a sus propios prejuicios y se ponga a pintar estupideces en las paredes de una mezquita de la ciudad, como ya sucedió.

Londres, nos dicen, tiene que seguir viviendo la vida para desafiar a los fanáticos. Tenemos que seguir siendo amables con esos turistas que se amontonan frente al Big Ben o frente a esa atracción, nueva y nefasta, vestida de blanco a las afueras de Russell Square y a la que ya han acudido para tomar fotos quienes no tienen la dicha de vivir en esta ciudad herida.

El alcalde de Londres Ken Livingstone en el metro londinense.
El alcalde de Londres, Ken Livingstone, viaja en el metro para incentivar a los ciudadanos.

Un psicólogo, muy orondo, nos dice desde una radio local que a los londinenses les tomará al menos cuatro a cinco días acostumbrarse a tomar el subterráneo, pero esa opinión en teoría científica se hizo añicos el viernes en la tarde cuando tomé el tren que me lleva a mi case en el oeste de Londres, localicé a una pasajera a la que veo casi todos los días, y, como siempre, no me devolvió el saludo.

El domingo salí a explorar el South Bank, la orilla sur del Támesis. Nada hacía sospechar que la ciudad vivía en el "pánico" y el "miedo" del que hablaban el grupo que se atribuyó los atentados el 7/7. Como siempre, los tachos de basura no se daban abasto con tanto visitante y los pubs aplacaban la sed de Londres.

Nos han pedido que los londinenses, nativos o adoptivos, sigámoslo siendo. La ciudad parece haber escuchado. Ah, y al parecer, el gangster de Watford no mató a sus más recientes víctimas. Les pidió, muy amablemente, que se manden mudar a otro barrio.


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