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Lunes, 24 de enero de 2005 - 13:09 GMT
Londres de la A a la Z
Hernando Álvarez
Hernando Álvarez
BBC Mundo, Londres

Yo no sabía que estaba enamorado de Phyllis Pearsall. Tampoco que gracias a ella me decidí por el exilio. La necesidad me hizo toparme con esta mujer en el otoño de 1996, sólo un par de meses después de su muerte.

Phyllis Pearsall: la mujer que hizo Londres accesible
Phyllis Pearsall: la mujer que hizo Londres accesible.

Recuerdo que pagué tres libras con cuarenta y cinco centavos por su invención: un pequeño libro de bolsillo con 224 páginas en el que cabe todo Londres. Un mapa de navegación perfecto para quien llega a estas tierras con la idea de que todo debe ser cuadriculado en una ciudad.

Se llama Londres A-Z y aunque no es tan visible como los buses de dos pisos, las cabinas telefónicas rojas o los monumentos de Christopher Wren, su omnipresencia hace que el transeúnte desprevenido se olvide del miedo a estar perdido.

El destino inicial está garantizado. O mejor aún, gracias a Phyllis Pearsall existe la posibilidad de perderse por el laberinto de calles londinenses con la certeza de aparecer cuando se considere necesario.

Así fue como me sedujo esta ciudad y la razón por la cual todavía no pienso regresar al lugar donde nací.

Antes del A-Z, todo era caos. Desde la época romana Londres ha creído en la espontaneidad. Ni siquiera después del incendió de 1666, que la destruyó casi por completo, se pensó en la necesidad de crear un plan urbanístico. Londres creció como se le dio la gana. A pesar de que siempre primó un límite de altura, la ciudad se desplegó por donde sentía que era necesario.

Por eso no hay un orden establecido. Mucho menos facilidades de ubicación. Cualquier calle puede ser cualquier calle. No hay referencias, sólo pocos íconos que no se ven de todos lados. Un bosque tropical húmedo pero de concreto y asfalto.

Primera edición del A-Z
La primera edición del A-Z casi omite la Plaza de Trafalgar.

La misma Phyllis lo sufrió en carne propia en los años 30 cuando no lograba encontrar las casas de los personajes que le habían encargado retratos.

Ella, quien por ese entonces tenía 29 años y se ganaba la vida como artista, se frustró tanto al perderse a muy pocas cuadras de su casa, que decidió hacer algo al respecto.

A la mañana siguiente se armó con una libreta y un lápiz y empezó a caminar Londres con la idea de registrar cada una de sus calles.

Phyllis dice que durante 1935 caminó cerca de seis mil kilómetros en busca de cada rincón londinense. Su jornada empezaba a las cinco de la mañana y después de deambular por 18 horas, regresaba a una pequeña habitación que rentaba en la calle Horseferry, en el sur de la ciudad. Debajo de su cama guardaba toda la información ordenada alfabéticamente en cajas de zapatos.

Un año más tarde ya tenía registradas 23 mil calles y con la única ayuda de James Duncan, uno de los empleados de su padre cartógrafo, diseñó la primera edición de su A-Z.

Desde entonces, ahora sólo basta con tener uno de sus mapas a la mano, alzar la mirada, buscar el nombre de la calle, ir al índice alfabético y encontrar la coordenada en alguna cuadrícula del libro. Fácil.

Phyllis dice que durante 1935 caminó cerca de seis mil kilómetros en busca de cada rincón londinense. Su jornada empezaba a las cinco de la mañana y después de deambular por 18 horas, regresaba a una pequeña habitación que rentaba en la calle Horseferry, en el sur de la ciudad. Debajo de su cama guardaba toda la información ordenada alfabéticamente en cajas de zapatos.

Pese a la minuciosidad con la que hacía su trabajo, la primera edición casi pasa a la historia como el primer mapa de Londres en el que no aparecía la Plaza Trafalgar, ya que extravió la caja de zapatos que tenía la información que empezaba por las letras TR.

El proyecto de Phyllis, sin embargo, no logró despertar el interés de ninguna casa editorial, pese a la evidente carencia de buenos mapas para navegar la capital británica.

En su biografía de Londres, el historiador Peter Ackroyd habla por ejemplo de dos antecesores del A-Z.

A finales del siglo XVIII Richard Horwood dibujó uno tan detallado que ocupaba nueve metros cuadrados. Después, en 1850, se llevó a cabo la primera gran encuesta de Londres en la que se registraron todas las calles con sus respectivas edificaciones.

Con esa información se dibujó un mapa de 847 páginas. Pero para publicarlo era necesario disminuir la escala, y al hacerlo, el mapa quedó inservible para el transeúnte.

Phyllis tenía fe ciega en su proyecto y por eso se endeudó y ordenó imprimir 10 mil ediciones. Empujando una carretilla distribuyó algunas copias en las célebres librerías WH Smith.

Las primeras copias se agotaron en pocos días y entonces decidió fundar lo que se llama hoy la Compañía Geográfica de los Mapas A-Z, que imprime cerca de 334 títulos diferentes que abarcan casi todas las ciudades británicas.

El éxito del A-Z radica en el hecho de que Phyllis distorsionó las calles y las marcas para hacerlas mucho más fáciles de entender. Su método sirvió de inspiración para diseñar mapas de otras ciudades del mundo. Algo similar a lo que sucedió con el mapa del metro londinense, diseñado por el Henry Beck, con el único fin de facilitar el viaje, por lo que ignoró varios rasgos característicos de la cartografía, como por ejemplo la escala.

El A-Z de Hernando Álvarez
Mi A-Z, mi biblia para deambular por Londres.

El A-Z también despierta la admiración de miles de taxistas londinenses, que para obtener su licencia deben estudiar durante tres años el mapa. Eso para no hablar de las miles de veces que los saca de apuros cuando algún cliente pide ir lo más pronto posible a alguna de las 90 mil calles que hay ahora en sus páginas.

De Phyllis Pearsall me enamoré cuando conocí su historia. Más que una cartógrafa, fue una artista que encontró en su A-Z la mejor forma de mantener su afición por la pintura y las letras.

En su juventud deambuló por Europa haciendo amigos como Vladimir Nabokov o pintando y escribiendo junto con su efímero esposo, el también artista Richard Pearsall.

Durante la Segunda Guerra Mundial se vio obligada a trabajar en el Ministerio británico de Información en donde descubrió que la burocracia estatal sólo estorba e interrumpe.

Su empresa la manejó haciendo caso omiso de esa innumerable cantidad de reglas burocráticas que sólo llenan cajones con papeles inútiles. Dicen que nunca llevó a cabo juntas directivas y que odiaba el protocolo. También cuentan que a los 80 años se le podía ver por las autopistas excediendo el límite de velocidad en un Mercedes rojo.

En 1965 decidió transferirle a sus empleados todas sus acciones de la empresa para que en caso de fallecer, su compañía no fuera atrapada por los tentáculos de algún gigante corporativo.

Desde entonces Phyllis renunció a sus derechos legales de recibir dividendos e incluso una pensión, aunque la Compañía Geográfica de los Mapas A-Z, continuó pagándole un salario como su directora y gerente, hasta el día en que murió a los 90 años... justo cuando yo la iba a conocer para enamorarme profundamente de ella y de Londres.


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