Parece un monolito flotando en lo alto de Baker Street y que se va a caer en cualquier momento.
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La torre en pie, como si nada.
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Nada de eso. Es la mejor broma que esta ciudad le pudo haber
hecho a la "piqueta fatal del progreso".
La torre del reloj (lo de Sherlock se lo cuento después) es
todo un emblema de la calle que es sinónimo de Londres.
Durante más de 70 años ha reinado soberana por encima de los
edificios de la zona, y sobre los jardines del cercano Regent's
Park.
En 2002, los agentes inmobiliarios decidieron echar abajo la
antigua sede de un banco hipotecario que la albergaba.
Por suerte, se impuso la protección del patrimonio
arquitectónico, ingrediente clave para que la capital británica
conjugue vanguardia y tradición de una forma exquisita.
Si bien no hubo más remedio que demoler el edificio de 1932
para luego construir un complejo de viviendas de 200 millones de dólares, el ayuntamiento
local exigió que la simbólica torre siguiera en pie.
Pasado y futuro: la torre del reloj seguirá reinando en Baker Street.
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Los técnicos se la tuvieron que ingeniar para dejarla
intacta, inmóvil, sostenida a unos siete pisos de altura sólo por un esqueleto de hierro.
Los que saben de estas cosas dicen que la demolición fue muy profesional y que la estructura es 100% segura.
Pero al recorrer el tramo entre los números 219 y 229 de Baker
Street, uno cree que tal seguridad se puede venir abajo con
apenas una leve brisa.
221b Baker Street
Mientras apuro el paso -por si acaso- le doy rienda suelta a la imaginación.
Traslado la torre a fines del siglo XIX y la mezclo con la típica niebla londinense de aquella época.
De repente, aparece la silueta de una inconfundible gorra de detective y una humeante pipa.
¿Sherlock Holmes? Sí, el mismo. Y no es pura coincidencia.
Según su creador, Sir Arthur Conan Doyle, el ficticio investigador vivió la mayor parte de su ilustre carrera en el 221b de Baker Street, justo donde hoy hay un enorme hueco lleno de andamios y una torre en lo alto.
Me pregunto qué diría el detective más famoso de todos los tiempos al encontrarse con semejante mole flotando como por arte de magia sobre su imaginaria residencia.
¿Acaso, "elemental, mi querido Roberto"? Mmmm, no creo ser merecedor de tal honor.
Entretanto, la bandera que flameaba en la cúspide de la torre ya no está, y el reloj sigue empeñado en marcar las 12... Cosas de Londres.
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