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Viernes, 7 de enero de 2005 - 16:49 GMT
El Támesis y su ciudad

Carlos Ceresole
BBC Mundo, Londres

Vista aérea de una sección del Támesis en Westminster
Lo antiguo y lo moderno se funden a lo largo de las riberas del Támesis.

Desde mi llegada a Londres, hace apenas dos años, nunca ha cesado mi admiración por la profunda relación de esta ciudad y sus habitantes con el río.

Viniendo de Buenos Aires, que siempre ha dado su espalda al Plata, o pensando en la negación de los santiaguinos con el Mapocho o de los limeños con su Rímac, la manera en que los londinenses disfrutan y celebran al Támesis fue lo primero que me sorprendió.

Por sus riberas desfila una increíble fusión de lo antiguo y lo moderno, de lo clásico y lo vanguardista, de lo sagrado y lo profano, de lo que se puede y lo que se teme.

Viniendo de Buenos Aires, que siempre ha dado su espalda al Plata, la manera en que los londinenses disfrutan y celebran al Támesis fue lo primero que me sorprendió

Un relato tanto de las glorias y miserias pasadas como de los miedos y las ambiciones con que esta ciudad y sus habitantes miran al futuro.

A un lado y otro del Támesis se suceden la fortaleza medieval de la Torre de Londres con los refugios antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial.

La galería del Tate Modern con el galeón de Sir Francis Drake, "el pirata de Su Majestad", y el Museo del Diseño con la antiquísima prisión del Clink, la cárcel "que dio su nombre a todas las demás".

O la majestuosidad de la abadía de Westminster, donde por centurias se ha coronado a los reyes británicos, casi frente al sombrío edificio de los servicios secretos, que conducen el capítulo local de la tan meneada Guerra contra el Terror.

"Historia líquida", como alguna vez llamó al Támesis el poeta John Burns.

Origen y destino

¿Qué sería de Londres sin este río de aguas turbias? Si hasta su misma existencia le debe.

Fuegos artificales sobre el London Eye durante los festejos por el Año Nuevo
Miles de personas acuden todos los años a la celebración del Año Nuevo a orillas del río.

Desde mucho antes de la llegada de los romanos ya había aquí pequeños asentamientos celtas por ser este el primer lugar donde se podía vadear el río con cierta facilidad viniendo de la costa.

Aguas abajo, el estuario comenzaba a ensancharse y ahondarse en su camino hacia la desembocadura.

También era por entonces el límite de la pleamar, el punto máximo hasta donde el Mar del Norte penetraba casi 80 kilómetros al interior de la isla, en su cíclica inversión de la corriente del Támesis.

No por casualidad Julio César hizo fundar aquí el puerto de Londinium, justo en el lugar hasta donde sus barcos podían remontar el río por la sola fuerza del mar, sin necesidad del viento o el empuje de los remos.

Desde entonces, el Támesis ha sido una fuente de vida, riqueza y poder para esta ciudad, la mayor metrópolis europea y el lugar desde donde alguna vez se gobernó el destino del mundo conocido.

Un regalo para los ojos

Cada día, miles y miles de londinenses lo atraviesan, lo navegan, lo recorren a pie o en bicicleta, de camino a casa o al trabajo, o por el simple placer de pasear por sus riberas.

No se me ocurre una sola mirada a esta ciudad más bonita que la vista nocturna desde cualquiera de la veintena de puentes que la mantienen unida de este a oeste, desde Greenwich hasta Kingston.

No se me ocurre una sola mirada a esta ciudad más bonita que la vista nocturna desde cualquiera de la veintena de puentes que la mantienen unida desde Greenwich hasta Kingston

Yo tengo mi predilecta... desde el Puente de Waterloo. Hacia el poniente, los tentáculos blancos y las luces azules del futurista Hungerford Bridge se funden con la inmensa rueda del London Eye y los suaves dorados de la estructura neo-gótica del Parlamento y el Big Ben.

En el levante, la tricentenaria cúpula de la catedral de San Pablo comparte cartel con la curiosa OXO Tower y la última adquisición arquitectónica de la ciudad, un rascacielos de vidrio y acero con forma de torpedo, que a los londinenses les parece más bien un pepino y consecuentemente lo han bautizado "el Gherkin".

Un pequeño regalo cotidiano que casi alcanza a compensar la eterna procesión entre mi casa y el trabajo.

Por eso, querido lector, si alguna vez pasa por esta ciudad, le recomiendo que reserve un buen tiempo para el "Old Father Thames", y seguro podrá volver a su tierra y decir que ha conocido Londres.

Vista del Tower Bridge sobre el Támesis
El puente de la Torre de Londres se ilumina por las noches.


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