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Viernes, 10 de diciembre de 2004 - 15:55 GMT
Londres en dos ruedas
Vladimir Hernández
Vladimir Hernández
BBC Mundo, Londres

Cualquier día, a lo que siempre son tempranas horas de la mañana para un dormilón como quien suscribe esta nota, empieza el inventario.
Hombre con bicicleta, en la plaza de Trafalgar, Londres.
Londres requiere verla desde una bicicleta. Los edificios se ven más de cerca, las personas son más tangibles y se siente la fisonomía sobre la que ha sido construida y reconstruida una ciudad milenaria.

¿Casco? Listo. ¿Llaves del candado? En cualquier parte. ¿Guantes para el frío? Nunca los encuentro. ¿Ganas de pedalear? Ningunas.

De esta forma mi mente repasa toda las tareas antes de abordar la bicicleta, o si se quiere, como dice ese filósofo argentino, José Lobo, mi "vehículo de combustión animal".

Esa bicicleta que no sufre de frío, cansancio o fastidio y que con una actitud desafiante me aguarda ahí, de pie (si nadie me la tumba), con una oferta que sí es sumamente atractiva: ver Londres más de cerca y a baja velocidad.

Vivir en una ciudad como Londres requiere verla desde una bicicleta. Los edificios se ven más de cerca, las personas son más tangibles y se siente la fisonomía sobre la que ha sido construida y reconstruida una ciudad milenaria.

Cada hueco (si, en Londres hay huecos en las calles) es una experiencia, cada bocanada de monóxido de carbono es horriblemente desagradable, cada bocinazo de los taxistas (en el mejor de los casos un bocinazo) te quita la nostalgia sobre América Latina y cada vez que llegas sudado a la oficina te hace replantearte el uso de la condenada bicicleta.

Siempre hay un pero

Paseo en Southbank, Londres.
Las bicicleta puede llevarnos por zonas de Londres, donde no se puede circular con vehículos.

Pero, siempre hay un pero.

Si no hubiese sido por la bicicleta, la condenada bicicleta, probablemente nunca hubiese conocido algunos de los callejones más increíbles que ofrece la malquerida Londres.

Callejuelas que serpentean misteriosamente, abriéndose a nuevas tiendas, rostros, charcos mendigos o sensaciones sin par.

Callejuelas que te transportan, montado en dos ruedas, a un lugar donde parece que el tiempo no pasa, donde se conserva el Londres añejo mezclado con el Londres moderno que trata de hacerse su espacio.

Apariciones

La ruta en bicicleta revela calles que pareciera que no aparecen en el mapa, parques tan minúsculos que no da tiempo ni de voltear para verlos y edificios sobrecogedores por lo bello o por lo feo.

Pero no sólo de infraestructuras te llena el viaje en bicicleta. De rostros también se llena el viaje. Rostros de londinenses (cualquiera que hace el día a día en Londres califica) por vocación o equivocación pululan diariamente las calles y avenidas.

Por lo general son unos rostros que te enseñan o te hacen reflexionar. ¿Por qué va tan apurada? ¿Por qué va tan feliz? ¿Por qué no me concentro en mi camino y dejo de ver a la gente? ¿Por qué esta señora como de ochenta años me acaba de pasar en su bicicleta rompiendo el mito de la fuerza de la juventud?

Mujer en bicicleta
La bicicleta permite ver a Londres más de cerca.

Andar en bicicleta también te da libertad.

De decidir a donde ir. De decidir que te quieres detener y disfrutar de algo que no sabías que existía. De pasarte la luz del semáforo. De romper las reglas y no respetar los flechados si no te provoca, so pena de que alguno de los 500 policías londinenses en bicicletas te persiga y te multe.

Pero, también te da una libertad socialmente más aceptable. Sobretodo en verano cuando el sol te inspira a pedalear, no sólo para evitar el sofoco del subterráneo o del autobús (ninguno con aire acondicionado en un entorno con temperaturas de más de 30 grados), y disfrutar del poco aire fresco que ofrece una ciudad donde ocho millones de personas aspiran el preciado oxígeno y después expiran el dióxido de carbono que todos volvemos a aspirar inmediatamente en un vicioso ciclo vital.

Pertenecer

Andar en bicicleta en Londres también te integra a una suerte de cofradía. Cuando te encuentras a alguien en el ascensor, a esas horas en que recién llegas pedaleando a la oficina, invariablemente lo descubrirás viendo de reojo tu casco y efectuando un gesto de reconocimiento o hasta complicidad, según sea el caso.

Que no quepa la menor duda: Londres en bicicleta. Piénselo

En la calle -aunque por lo lento que voy siempre veo las espaldas de los otros ciclistas-, cuando te encuentras en un semáforo se presentan esos intercambios de miradas donde te miran la bicicleta que tienes y a partir de ahí te hacen un perfil completo de hasta donde vas.

El de bicicleta plegable y con corbata, suele ser el ejecutivo que puede costearse tan cara adquisición (800 dólares una promedio). El que tiene asiento de bebé atrás, viene de la guardería. La que está vestida como ciclista olímpica, probablemente esté apurada. Y el de la bicicleta ultra espacial, seguro que duerme con ella.

Cuestión de gustos, pues. Pero sin duda, y en serio que no quepa la menor duda: Londres en bicicleta. Piénselo.


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