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Martes, 7 de junio de 2005 - 16:33 GMT
Las cuitas de la Abadía de Westminster

Javier Farje
BBC Mundo, Londres

En la Abadía de Westminster nació Eduardo el Confesor rey de Inglaterra, último monarca anglo sajón de estas islas. Los turistas que se acercan a ese imponente edificio de torres que parecen querer llegar hasta el cielo son educadamente informados de esta parte de la historia de Londres.

Después de todo, Eduardo fue el constructor de la abadía, uno de los símbolos de la capital del reino. Y, después de todo, la abadía ha sido testigo de la transición religiosa de este país que se abandonó el catolicismo gracias a ese expeditivo invento de Enrique VIII llamado Iglesia Anglicana, que nació porque no le hizo ninguna gracia que El Vaticano se metiera con su prolífica vida matrimonial.

Abadía de Westminster
La abadía de Westminster en un día nublado londinense.

Situada frente al palacio de Westminster, sede del parlamento, la abadía es depositaria de cadáveres ilustres: reyes, reinas y nobles cuyas osamentas llegan a sumar tres mil personas apiladas en tumbas de mármol o piedra, siendo el propio Eduardo el Confesor el primer habitante póstumo de este edificio impresionante que intimida con sus 600 monumentos y tablas conmemorativas.

Ahí también descansan Isaac Newton y Charles Darwin; Charles Dickens y Geoffrey Chaucer; Rudyard Kipling y Henry Purcell. Unos añadidos más modernos conmemoran las vidas de Oscar Romero y Martin Luther King. Además la abadía ha sido escenario de cada coronación desde 1066.

La concepción

Concebida como monasterio benedictino en las orillas del Támesis en 1045, la abadía de Westminster, que nació como homenaje a San Pedro Apóstol, casi perece cuando Enrique VIII decidió cerrarla en 1540, para convertir a la catedral de San Pablo en símbolo de la nueva religión.

Las autoridades de la abadía se han negado a dar permiso a los productores de Hollywood, que quieren hacer la película sobre El Código Da Vinci

El término "robarle a Pedro para darle a Pablo" parece provenir de ese turbulento período. Poco duró su restauración como iglesia católica durante el reinado de la Reina María porque en 1559, durante la monarquía de Isabel I, volvió a sus fueros anglicanos.

De ahí que el londinense, nativo o adoptivo, considere esta abadía como un lugar obligado de peregrinación, aunque esta no tenga visos de devoción religiosa, porque esa iglesia gigantesca define de muchas formas la identidad de esa parte de Londres en la que se concentran edificios ilustres y emblemáticos.

El problema es que los guías de la abadía se han visto obligados a desviar su atención de esos muros vetustos y solemnes hacia el mundo de las erratas históricas.

Porque entre esos altares venerables y las tumbas silenciosas se ha metido un libro que no llevará a su autor al olimpo de las letras pero que ha causado bastante revuelo como para distraer a quienes nos quieren hablar de Enrique el Confesor, último rey anglosajón de Inglaterra. Según el libro de marras, y me estoy refiriendo al Código Da Vinci, la abadía es parte de una especie de código que esconde el secreto del cáliz de la última cena.

Según el libro, Newton pertenecía a une especie de logia secreta que, a su vez, guardaba un secreto que tiene que ver con otros secretos, y así hasta el fin el mundo.

Curiosidad

Abadía de Westminster
Varias personalidades están enterradas en la abadía.

De manera que cuando los turistas japoneses o estadounidenses se acercan estos días a los guías de sotana púrpura, no tratan de averiguar, por ejemplo, sobre las estatuas de mármol que adornan la esquina de los poetas; o la capilla de la dama con sus estandartes de colores, la tumba de Enrique VII tallada en todo su esplendor por el escultor italiano Toriganni o el resto de la arquitectura tudor, con ese techo artesonado con círculos concéntricos que marean la vista.

No. Ellos quieren saber donde está enterrado Newton, para tratar de presentir los secretos descritos en el libro de Dan Brown. Los guías están hartos y se la pasan todo el día desmontando los mitos creados por la novela de marras.

Como no podía ser de otra manera, las autoridades de la abadía se han negado a dar permiso a los productores de Hollywood, que quieren hacer la película sobre El Código Da Vinci. La sede inglesa será la catedral de Lincoln, un edificio de contorsiones siniestras ideal para filmar historias de conspiraciones religiosas.

Las exageraciones góticas de la Abadía de Wetsminster carecen del estilo atrevido y puntualmente catalán de las iglesias de Gaudí. Se trata más bien de un edificio solemne e intimidatorio. Pero esa forma de concebir el mundo de los arquitectos ascetas del siglo XIII le dan a Londres un elemento de su identidad. De ahí que la irritación de los guías de la abadía tenga una justificación plena.

Y para poner mi granito de arena, yo mismo me encargaré de echarle una mirada asesina al próximo turista ansioso que me pregunte sobre la tumba de Isaac Newton en la Abadía de Westminster. Eso para evitar que el pobre Eduardo el Confesor se siga revolviendo en la tumba.


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