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Jueves, 8 de julio de 2004 - 16:47 GMT
La sirenita de Londres

Rolando Aniceto
BBC Mundo, Londres

Yo la vi. Es real. No sé si tendrá la belleza melancólica de la sirenita de Copenhague o la ingenuidad coqueta de la de Disney, pero esta de la que escribo es real. Existe. Yo la vi y los museos no mienten.

Objeto del Museo Horniman. Foto: Antonia Portilla
La sirenita vino de Japón.

Tampoco sé si la sirenita de Londres desciende de la cópula de Melpómene y de Aqueloo, o de Aqueloo y Terpsícore, todos dioses y musas, pero no dudo que también tenga sus leyendas.

Ella espera. No espera por marineros a los que cautivar con su canto (de hecho creo que es muda) sino aguarda como princesa de cuentos porque curiosos se asomen a la urna de cristal en la que duerme en su palacio en uno de los museos londinenses, el Horniman.

La sirenita no formará parte de esa pléyade de criaturas mitológicas que surcan los mares o el aire desde tiempos inmemoriales, pero sí integra la colección de rarezas, curiosidades y joyitas de toda índole dispersas en museos de Londres muchas veces pequeños y olvidados, pero casi siempre fascinantes.

Crujieron las bisagras y apareció un señor que era casi la estampa de la sirenita del Horniman vestido de uniforme con un monograma indescifrable.

Porque un hecho que muy pocos se atreverían a disputar es que Londres es una ciudad de museos.

Al margen de las instituciones establecidas y obvias, como el Museo Británico, el de Historia Natural o el Victoria y Alberto, están los museos menores, los perdidos, los que atraen pocos o ningún turista, los dormidos en el tiempo.

Pirámides y ojos

Cuando entré al Museo de la Francmasonería me invadió una sensación rara como si estuviera perturbando terrenos del pasado. Miré a Antonia, la fotógrafa, y juro que estaba erizada aunque ella ahora lo niegue.

Crujieron las bisagras y apareció un señor que era casi la estampa de la sirenita del Horniman vestido de uniforme con un monograma indescifrable.

Objetos del Museo de la Francmasonería
Un universo arcano al alcance de la mano.

El señor de marras nos abrió la puerta a un universo arcano de compases, pirámides, ojos y una simbología que se me antojaba tan antigua como el Templo de Salomón. Antonia, nerviosa, ante la mirada atenta del referido señor del monograma clamaba al Gran Arquitecto que la sacara de allí.

La experiencia de visitar museos es de muy diverso calibre y como la lista de opciones es variada se puede hasta inventar categorías. Están, por ejemplo, los museos grandes con un pasado curioso como el Museo Imperial de la Guerra, que antes de ser lo que es hoy fue manicomio.

Dicen que antes iba la gente a ese lugar, el Hospital Real de Bethlem, la más antigua institución mental del mundo, a observar el espectáculo dantesco de la vida de los pacientes

Dicen que antes iba la gente a ese lugar, el Hospital Real de Bethlem (la más antigua institución mental del mundo. Data de 1247) a observar el espectáculo dantesco de la vida de los pacientes (no sé si deba mejor escribir reclusos).

Por un penique, dicen, se permitía a los supuestos cuerdos husmear en las celdas de los enfermos y reírse de ellos. Pero de esto hace varios siglos y ni siquiera era el mismo edificio.

Palacio perdido

También de hace varios siglos data la impresionante puerta medieval que daba entrada a un palacio perdido, el priorato de Clerkenwell, y que hoy permite acceder a un museo más bien modesto sobre un gran tema originado hace 900 años en Jerusalén.

Se trata del Museo de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, Rodas y Malta que cabalgaban la Tierra Santa junto a los Caballeros Templarios. ¿Suficientemente fascinante?

Puerto de Valetta
Y los caballeros tomaron Malta.

En otra categoría, la de museos que tratan temas inusuales, podría incluirse el Cuming Museum, que echa una mirada a las leyendas y supersticiones londinenses.

(Algunos cuentan que a finales del XIX, los niños de Londres se alzaban el cuello del abrigo cuando veían una ambulancia y recitaban un conjuro. Luego se apretaban la nariz hasta que veían un perro negro o castaño. Nadie me ha podido decir qué pasaba si no aparecía el tal perro, pero lo que parece es que la costumbre se originó mucho antes, cuando las pestes medievales asolaban la ciudad).

Y si nos gustan lo temas "oscuros" está la Prisión Clink, con su catálogo de las torturas, que tiene el dudoso honor de haber aportado al inglés el vocablo clink (cárcel)

Se mira y se toca

Pero dejando a un lado el inframundo, podemos internarnos en otra categoría y asistir al Museo Bramah del Té y el Café, el primero del mundo dedicado a esa especialidad, o al Museo del Abanico, también el primero y supuestamente el único del mundo en su tipo.

O al Museo de Historia de los Jardines, o al Museo de los Docklands, la antigua zona portuaria del río Támesis acostumbrada a recibir las exóticas especias de la India. O al Museo Nacional Marítimo que acoge el Observatorio Real de Greenwich, donde el mundo se parte en dos mitades.

Objeto del Teatro del Cabaret Mecánico. Foto cortesía http://www.cabaret.co.uk/
Espagueti en la bañera. Raro.

O al Teatro del Cabaret Mecánico, que a pesar de su nombre no es un teatro y menos un cabaret, sino un templo de la robótica mecánica que se describe como "museo cavernoso" y donde podemos ver hasta un muñeco de madera comiendo espagueti en la bañera. ¿Suficientemente raro?

Podemos visitar también el Museo del Banco de Inglaterra para conocer obviamente la historia del dinero. O el Museo del Diseño.

Para los pequeños hay también opciones, como el Museo Pollocks del Juguete, o el Museo de la Niñez, que alberga una de las más completas colecciones de juguetes y juegos desde el siglo XVI hasta el presente.

O el Museo Livesey donde "se mira y se toca" y los pequeños pueden crear piezas con sus propias manos.

Oliver y el Mesías

Si queremos internarnos en la categoría de los museos dedicados a grandes personajes, tendremos la posibilidad de conocer el Museo Freud donde el fundador del psicoanálisis vivió y escuchó las confesiones más inconfesables de sus pacientes. Y lo mejor: podemos observar el famoso diván de Freud como un sueño lleno de implicaciones.

Diván de Freud. Foto cortesía http://www.freud.org.uk/index.html
El diván de Freud. Cómodo.

En esta misma categoría -que es amplia- está la Casa Museo de Charles Dickens, donde el gran inglés escribió Oliver Twist, y está la Casa Museo Handel, donde el gran alemán compuso El Mesías.

Si la inspiración persiste nada nos impide llegarnos hasta el Museo Florence Nightingale, que exhibe una gama de objetos que pertenecieron a la "madre de todas las enfermeras".

Ni tampoco ir al Museo Laboratorio Alexander Fleming, en el mismo lugar donde el sabio escocés descubrió la penicilina. Es una experiencia cuasi-religiosa mirar a través de la misma ventana por la que dicen que entró al azar volando la salvación de la humanidad en la forma de aquel hongo penicillium notatum.

Fabricantes de sirenas

Entonces -como la lista es larga- si las fuerzas nos alcanzan podemos seguir visitando lugares, recorriendo museos y descubriendo objetos y criaturas.

Algunos de los museos de esta nota
Museo Horniman
Museo de la Francmasonería
Museo Imperial de la Guerra
Museo de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, Rodas y Malta
Teatro del Cabaret Mecánico
Museo del Abanico
Museo Bramah del Té y el Café
Casa Museo de Freud
Casa Museo de Charles Dickens

Se los digo yo, que así fue como descubrí la sirenita, que es hermosa (justo sea decir que Antonia temerosa de que eclipsara su propia belleza no le buscó el mejor ángulo) y que además de hermosa, es real.

Porque no me convence que me digan que se trata de una broma antigua. Que la criatura es obra de los fabricantes japoneses de sirenas, quienes hicieron fortunas con la venta a marineros europeos de monstruos cosidos con pedazos de animales, casi siempre simio y pez.

No me convencen esos argumentos porque para mí la Sirenita de Londres no es un invento de comerciantes japoneses siempre tan innovadores. Ella es auténtica. Existe. Yo la vi en un museo de Londres con mis propios ojos.

Objeto del Museo Horniman. Foto: Antonia Portilla

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