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Viernes, 18 de junio de 2004 - 10:24 GMT
Una jungla llamada Londres

Laura Plitt
BBC Mundo, Londres

Zorro
Uno de los lugares favoritos de los zorros, son las inmediaciones de las vías del tren.

Exhibiciones de El Greco, Dalí, conciertos de la Filarmónica de Berlín dirigidos ni nada más ni nada menos que por Itzhak Perlman, instalaciones de los más renombrados artistas de vanguardia, ciclistas desnudos protestando por vaya uno a saber qué cosa, festivales de música para todos los gustos, en fin... todo eso me lo esperaba.

Pero lo que no sabía que iba a encontrar en Londres es esa jungla, esa marabunta de animales salvajes con la que vivo en contacto todos los días y en este caso, no me refiero solamente a mis compañeros de trabajo.

En principio fueron los zorros. Créase o no, estos bonitos animales pueden verse a plena luz del día, y no sobre los hombros de señoras gordas caminando por la elegante New Bond Street, sino en las calles de los suburbios londinenses a la hora de la siesta, cuando en realidad nadie duerme porque todos están fuera de sus casas trabajando.

Londres está llena de zorros. Muchos viven en los parques, en los bosques -que esta ciudad tiene muchos- y también a los costados de las vías del tren.

Nada más bello que hacer el viaje de Blackheath (donde vivía hace unos años) al centro y verlos impasibles, echados al sol (cuando éste se digna a asomarse) mirando los vagones pasar uno tras otro.

Y en verano son millones. Bueno, muchos. La gracia está en ver cuántos uno puede descubrir en un viaje o en contar cuántos nuevos han nacido esta temporada.

No tan bonitos

Pero no todos lo animales que habitan esta jun... perdón, urbe, son tan atractivos.

La ciudad está plagada de ratas, ratones, ratoncitos y sospecho que otros roedores, con los que felizmente no he tenido el gusto de toparme.

Pildorito
"Pildorito", uno de los grandes valores del Servicio Latinoamericano.

Los túneles del metro son uno de sus lugares favoritos. Por allí se deslizan a la velocidad del rayo. Van de un lado a otro en busca de alimentos y basura que la gente arroja descuidadamente al andén.

Hay que reconocer que son graciosos, simpáticos y tiernos hasta que tarde por la noche, cuando somos pocos los que esperamos en el andén, se atreven a subir a él, y desde ese momento dejan de ser lo que eran para convertirse en asquerosas ratas.

Su dominio no sólo se extiende bajo tierra, la superficie también es su reino. Casas, oficinas, y tiendas cuentan con la regular visita de estos amiguitos. La oficina desde la cual escribo esta nota, no podía ser una excepción a la regla.

Nuestra mascota (les aseguro que sólo fue una) se llamaba "Pildorito". ¡Era una belleza! Chiquito, gris, asustadizo, el ratoncito caminaba por nuestros escritorios, televisores, se paseaba por los teclados de las computadoras y uno se sentía cuando trabajaba por las noches, como más acompañado.

Lo cierto es que hace mucho que no lo vemos, y es que en realidad ya no existe. Los servicios de higiene lanzaron una campaña para eliminar a todos los "Pildoritos" del edificio, argumentando razones sanitarias.

Pero para nosotros "Pildorito" no ha muerto, sino que vive en nuestros corazones.

¿Para qué tienen alas?

Pasemos ahora a las arañas, a las que uno no puede matar sino que debe atrapar con la ayuda de un vaso y un papel por debajo para trasladarlas al jardín, su hábitat natural, si no quiere ser catalogado como un "mal bicho" por los británicos siempre tan defensores de los derechos de los animales.

Bus en Londres
Si quiere evitar el encuentro con ratones y palomas, lo más recomendable es viajar en autobús.

Le siguen las palomas a las cuales nunca miré con desprecio en Buenos Aires, seguramente porque son pocas, y a las que detesto con pasión desde que vivo en Londres.

Son feroces, feas y están por todas partes. Vuelan al ras de la cabeza de uno, y hay que hacer malabarismos para no terminar con una incrustada en la frente.

¡Y además saben viajar en metro! Iba yo tranquila en la línea District (la verde), cuando una paloma se subió en la estación de South Kensington que está al aire libre, para bajarse una estación más tarde. Me quedé azorada, o acaso ¿para qué tienen las alas?

Indignación, furia y resignación

Finalmente están las polillas.

Caminaba mirando vidrieras una tarde oscura y fría de un día de diciembre, en busca de regalos para las fiestas navideñas.

Buscando cosas para los demás, me fue casi inevitable encontrar algo para mí: un hermoso abrigo largo color verde seco, de una textura suave y delicada como gato de angora... pero demasiado caro, sobre todo porque mi presupuesto era para comprar presentes para los demás.

Polilla
Lo mejor es aprender a convivir con los animales, y no entablar una lucha perdida de antemano

La voz de la conciencia, el espíritu generoso que todos tenemos dentro me hizo detenerme, reflexionar y logré salir de la tienda con las manos vacías y una sonrisa de satisfacción por el acto de abnegación que acababa de cometer.

Llegó el 26 de diciembre -día en que comienzan las rebajas en Inglaterra- y salí nuevamente a "visitar" a mi sobretodo (de más está decir que nadie me lo obsequió para las fiestas, pese a mis innumerables indirectas).

Su precio había bajado, pero no tanto. Repetí mis visitas semanales a la tienda (cruzando los dedos para que nadie se lo llevara) hasta que una mañana de febrero, el monto del bendito abrigo llegó a una cifra que si bien seguía siendo excesiva, valía la pena invertir en algo de tan buena calidad, que como diría mi abuela, me iba a durar toda la vida.

De más está decir que llegué feliz a casa con mi flamante adquisición en mano y en vez de salir a la primera oportunidad envuelta en mi espectacular abrigo, lo guardé esperando a que llegase la ocasión ideal para lucirlo.

La ocasión nunca llegó pero sí mis ganas de usarlo junto con los primeros calores que me avisaban que era "ahora o nunca". Y así fue que me lo puse y bajé las escaleras de mi casa con la altivez de una Miss Universo que va a recibir su premio. Mientras viajaba en el metro, tan lleno que no podía siquiera atinar a sacar el libro de mi bolso, pensaba en bueyes perdidos mirando hacia abajo.

¿Y qué veo? Un pequeño agujero en la manga de mi abrigo. Sigo mirando sorprendida primero y luego asustada y ¿qué veo? Otro y otro y otro y otro y si no hubiese sido porque había tanta gente, hubiese gritado como si me estuviese cayendo dentro de ese agujero, un agujero negro y sin fin.

Descubrí que éstos no eran parte del diseño de la prenda, sino de la voracidad de las polillas que no sólo se hicieron con mi abrigo, sino con tantas otras prendas de mi guardarropas que me dolería demasiado volver a recordarlas para mencionarlas aquí.

Y también descubrí que esta ciudad está plagada de animales, incluso en los lugares que uno menos se los imagina y que es mejor aprender a vivir con ellos que entablar una batalla perdida de antemano.

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