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Sábado, 25 de septiembre de 2004 - 12:13 GMT
Historias de autobuses

Gabriela Torres
BBC Mundo, Londres

Autobús londinense
Hay "de todo" dentro de un autobús.

Siempre he dicho que la mejor manera de conocer Londres es desde el segundo piso de un autobús.

¡Es que se mira la ciudad desde una perspectiva completamente distinta! Si no se atraviesa otro autobús frente a ti, claro.

Desde allá arriba puedes obtener los mejores paisajes, como el que tienes al cruzar el puente de Waterloo: a tu derecha, está la catedral de San Pablo y la City de Londres, mientras que a la izquierda encontrarás el London Eye, el Parlamento y la estación de Charing Cross, entre otros edificios emblematicos de la ciudad.

Por eso es que antes, cuando me subía a uno, corría al segundo piso cruzando los dedos para encontrar los dos puestos delanteros. Justo arriba del chofer.

Pero de un tiempo para acá, mi inspección sobre la ciudad se ha concentrado en lo que descubro dentro del autobús.

No es afuera

Me he dado cuenta que en ese segundo nivel te puedes encontrar con la fauna más variada de la ciudad.

Así que ahora, en vez de sentarme de primera, me siento en el centro, de manera que pueda controlar a todos los personajes que van desfilando por el autobús.

Autobús londinense
"Ahora, en vez de sentarme de primera, me siento en el centro".

Hay de todo. Están los colegiales vestidos con sus corbatas, que siempre se suben en grupos y se sientan al fondo tramando alguna picardía. Como el otro día, cuando el chofer tuvo que detenerse, salirse de su compartimiento, subir hasta ellos y botarlos del vehículo porque no paraban de arrojar al piso "bombas fétidas".

También están los extranjeros solitarios y ávidos de hacer amigos, que en cuanto escuchan a otro hablando en su mismo idioma saltan los puestos que sean para presentarse y contarle sobre su vida y obra.

Hay intercambios de teléfono y todo, pero cuando se abren las puertas del autobús, se olvidan de la existencia de cada uno.

Por otro lado están los ejecutivos "fashion". Son jóvenes, nuevos profesionales que gastan todo su salario en adquirir las últimas prendas de moda y artículos electrónicos como los iPod o los celulares con video cámaras. Estos, desde que se sientan ya están llamando a sus jefes para decirles que llegarán cinco minutos tarde.

El picante

Pero a mí lo que más me gusta es cuando suben los borrachos y los loquitos, porque es cuando se añade picante al ambiente del autobús.

Los borrachos tienden a ser los más simpáticos del mundo. Quieren saber la vida de cada uno de los pasajeros, comentar sobre los libros que éstos leen, hablar con la pareja del otro por teléfono e invitar a todos de su bebida.

Pasajero de un autobús londinense
El interior del autobús, más que la calle, es blanco de la observación.

Por su parte, los loquitos tienen un comportamiento más introvertido. Como anoche, cuando iba de regreso a mi casa una mujer alta, con los cabellos "rastas". Se sentó en la primera fila y no paraba de ver su reflejo en la ventana, mientras se echaba crema en las manos y en la cara.

Lo hacía con mucho ahínco. No paró de frotarse las manos y la cara hasta que la crema no se desvaneció entre los poros.

Ya en este momento había acaparado la atención de la mitad delantera del autobús. Y terminó de hacerlo cuando empezó a gritarle a su imagen.

-"Don't touch me!".

"No me toques", gritaba y luego se reía sin parar. Sacaba una botella de un jugo color púrpura y se lo ofrecía a su imagen, para después quitárselo de la cara. En este momento estaba privada de la risa.

¡Estaba gozando! Y con su risa nos hacía sonreír al resto del autobús sin enterarnos bien por qué.

Cuestión de olfato

A esta variedad de personajes hay que agregar el olor de la gente.

Para mí los autobuses son un caldo cuyos ingredientes se cultivan en invierno y en verano hace ebullición.

Autobús londinense
"Basta que la temperatura pase los 20 grados..."

Basta que la temperatura pase los 20 grados para que se empiecen a mezclar los olores de las personas y de como resultado un festival de PHs que te llegan a la boca.

En la segunda planta, cuando el sol empieza a evaporar los olores más profundos, sientes cómo la fragancia de las papas fritas, mezclada con la saliva que queda en los dedos después de que la gente se chupa esos últimos granos de sal y aceite, sale de los asientos y los tubos del autobús.

Hay días en que puedo acertar qué cenó la persona que está a mi lado y la que está dos puestos más allá.

Así, el perfume de unos y el hedor de otros hace que la saliva se torne espesa y ácida, lo que dificulta tragar. Empiezas a perder la vista y todo te da vuelta en la cabeza.


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