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Viernes, 5 de marzo de 2004 - 15:58 GMT
Un paraíso para cinéfilos
Valeria Perasso
Valeria Perasso
BBC Mundo, Londres

Cine Odeon
Cada semana se proyectan en Londres alrededor de 200 películas, entre comerciales e independientes.

Todas las semanas hay un ritual personal e ínfimo, casi imperceptible, que se repite en mi rutina londinense para hacerme recordar una de las razones por las cuales voy prolongando, año tras año, mi estadía en esta ciudad.

Los martes a la mañana llega a mi casa la "Time Out", una suerte de Biblia del entretenimiento que resume los eventos imperdibles de la vastísima agenda cultural de la capital británica. Paso rápido la vista por las primeras secciones (A para Arte, B para Books o libros, C para Comedia...) hasta llegar, en una suerte de acto reflejo, a la F.

La F representa la mayor tentación que esta ciudad ofrece en cada esquina para el cinéfilo compulsivo. Yo soy uno de ellos. F, en el lenguaje de la "Time Out", significa film (por lejos, mi peor vicio reconocido).

Con alrededor de sesenta películas en cartel en el circuito comercial y otros 140 o 150 títulos en exhibición cada semana en salas independientes y proyecciones especiales, Londres es una vidriera donde se ve pasar el mundo a la cinematográfica velocidad de veinticuatro cuadros por segundo.

La historia del cine en la isla no es, por cierto, materia novedosa. En parte por cercanía geográfica, pero mucho más por la relevancia cultural de la que Londres se jactaba a fines del siglo XIX, la capital británica vivió en simultáneo con París los primeros ensayos de proyecciones públicas.

"Cine globalizado"

Luego llegarían a la capital los años dorados en la década de 1930 (cuando se inauguró en el barrio de Kilburn el más grande cine jamás construido, con capacidad para más de 4.000 espectadores) y la inexorable decadencia cincuenta años después, con la invención de la video-cassetera y los cambios en los modos de consumo cultural de la clase media en los años ochenta.

Según el British Film Institute (BFI), el número de salas multiplex creció de las modestas 10 que había en 1985 a un estimado de más de 1.900 el año pasado

Ciertamente, fue el desarrollo de centros comerciales con cine incorporado, o de los llamados complejos multiplex diseñados según el modelo estadounidense, los que devolvieron a Londres el fervor cinematográfico que había sabido alimentar un siglo atrás.

Según el British Film Institute (BFI), el número de salas multiplex creció de las modestas 10 que había en 1985, a un estimado de más de 1.900 el año pasado, y es sobre la base de este modelo de "cine globalizado" que las grandes corporaciones del entretenimiento han llevado a todos los rincones del planeta, que las cifras de público se dispararon de 64 millones de admisiones en 1982 (el año de la peor crisis del séptimo arte) a 180 millones en 2003.

Ese no sé qué

Antes de proseguir, creo que debo alertar al lector de algo de lo que, tal vez, ya se ha percatado en el párrafo de más arriba: a la hora de hablar de cine, prefiero decir arte en lugar de industria y, antes que la versión descafeinada e hipertecnológica de los multiplex, prefiero los cines pequeños y personalizados, donde se escucha el rodar del proyector y todavía le dan a uno el programa con la ficha técnica de la película antes de entrar.

Cine Electric
Antes que la versión descafeinada e hiper-tecnológica de los multiplex, prefiero los cines pequeños y personalizados, donde se escucha el rodar del proyector y todavía le dan a uno el programa con la ficha técnica de la película antes de entrar

Una versión más cercana, digamos -y peco aquí de desmedido romanticismo- a las salas llenas del humo de cigarros y los encendidos debates post-film del Mayo Francés, o los centros culturales de los años sesenta en América latina, o los cineclubes de muchas universidades europeas por estos días.

Y es precisamente por este romanticismo obstinado que la capital británica es una fuente de placer inagotable para mi voracidad cinéfila.

Los llamados cines independientes de Londres "tienen ese no sé qué", podría decirse, parafraseando un conocido tango. Los hay dirigidos por asociaciones de vecinos, instituidos como organizaciones sin fines de lucro o charities, asociados a centros culturales, o simplemente comerciales -pero- alternativos, con una variedad en la oferta de títulos que justamente no se consigue en las salas de sonido envolvente y sillones reclinables de Leicester Square.

El Electric Cinema es, tal vez, el más claro ejemplo de este espíritu alternativo. Considerado como la primera sala comercial inaugurada en el país, sacando partido del temprano tendido eléctrico de la cercana calle Portobello, este cine funciona -con intermitencias- desde 1910 y corrió peligro de ser demolido hace algunos años. Lo salvó justo a tiempo la generosidad de un vecino del barrio de Notting Hill, quien donó tres millones de dólares para financiar su remodelación.

Al rescate

Hace sólo unos días, el mismo barrio fue testigo de un acto de rescate parecido. Tras algunos meses de litigios vecinales, el estilo victoriano del cine Coronet podría ahora ser preservado gracias a la "generosidad" del magnate griego Stelios Haji-Ioannou, fundador de easyGroup, quien decidió hacer una oferta para evitar que la sala se convirtiera en un casino y ahora piensa instalar allí un cine con su marca.

Estación de metro Brixton
A corta distancia de la estación de metro de Brixton se encuentra el Ritzy, uno de los pocos cines con sesiones de trasnoche.

Y todo esto, con el visto bueno de la asociación de vecinos y de algunas personalidades del barrio que lideraron la cruzada, como el actor Joseph Fiennes y el director Stephen Frears.

En el sur, el Ritzy es el orgullo de Brixton. Su interior eduardiano también sobrevivió la amenaza de demolición en los años setenta, y sigue funcionando para regocijo de los noctámbulos (es uno de los pocos cines independientes con sesiones de trasnoche) y de las madres con hijos pequeños (que pueden asistir juntos a las sesiones "Mother & Baby", donde nadie protesta si los pequeños corren por entre las butacas durante la proyección).

Y hay más: el Phoenix de East Finchley, salvado de las manos de inversores privados por los residentes de la zona y su gobierno local; el Riverside Studios de Hammersmith, un centro cultural con programas dobles de films recién estrenados y clásicos memorables; el Lumiere del Instituto de Cultura Francesa, donde regularmente se organizan temporadas para directores debutantes de todo el mundo.

La agenda de pasados éxitos de boletería del Prince Charles, o la oferta de cine del mundo del Curzon Mayfair y de su hermano menor (y mi favorito) Curzon Soho, el primer cine inaugurado después de la Segunda Guerra Mundial bajo los más "modernos" principios de construcción de la industria del entretenimiento de aquel momento.

Oferta desmedida

El problema del ritual de los martes, me he dado cuenta, es que genera una dosis de ansiedad casi en la misma medida en que provoca placer: pasando las páginas en la sección de la F, uno toma conciencia de que nunca, jamás, podrá agotar la cartelera de esta ciudad. Ni aun cuando se dedique a tiempo completo a recorrer salas oscuras. Los ingleses dirían "spoilt for choice": hay tanto para ver que uno se convierte en un malcriado de la pantalla grande. Y el círculo no se detiene.

Nicole Kidman en
"Londres siempre tiene un Jarmusch, un Lars von Trier o un Kiarostami bajo la manga".

Londres, la ciudad del cine del mundo, siempre tiene un Jarmusch, un Lars von Trier, un Ken Loach o un Kiarostami bajo la manga. Uno corre, ve los films en seguidilla y, casi sin dar tiempo a la digestión, los marca en su listado de "Películas que ya vi". Pero por cada una que se suma a esta categoría, cuatro o cinco títulos aparecen, como por arte de magia, en la lista sin fin de "Películas que quiero ver".

Y ahí se va el festival de cine tailandés, el primer documental de Afganistán post-Taliban, una de Bergman que me gustaría volver a ver, el ciclo de Goddard, una copia rescatada de los archivos de aquel clásico de 1930, el film ganador del último festival de Rotterdam, o Berlín, o Cannes... Pasó. Será la próxima.

Dura la vida del cinéfilo londinense...


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