Nueva campaña en los medios de transporte de Londres.
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Londres tiene la sensación de haber vivido con tiempo
prestado desde el 11 de septiembre de 2001, pero la
masacre de este 11 de marzo en Madrid ha helado el
corazón de muchos londinenses para los que la pregunta
no es "si" un atentado ocurrirá aquí
sino "¿cuándo?".
Esta ciudad de más de 7,5 millones de habitantes se
despierta temprano todos los días. Más de 2,5 milllones
de londinenses del extrarradio viajan al corazón de la
ciudad en medios de transporte públicos, que, en las
horas punta, están absolutamente abarrotados de gente.
A ellos se unen, algo más tarde, los centenares de
miles de turistas, atraídos por una oferta fascinante,
en la urbe más cosmopolita de Europa.
Los londinenses nos hemos acostumbrado a las
incomodidades de ser una ciudad "amenazada": primero y
durante décadas por el IRA, y ahora, por extremistas
islámicos. Las estaciones de tren y metro no tienen
papeleras desde hace años para evitar que en ellas se
puedan ocultar explosivos.
Si dejas un bolso en el
suelo en cualquiera de los aeropuertos o estaciones
durante más de dos minutos, te arriesgas a que un
agente de seguridad te dé un "aviso" amistoso en el
mejor de los casos.
Nuestras oficinas, incluida ésta
desde la que escribo del Servicio Mundial de la BBC, se
han convertido en fortalezas blindadas, en las que los malhumorados periodistas se quejan a veces del "exceso de celo" de quienes garantizan nuestra seguridad por su insistencia en que llevemos nuestra identificacion BBC visible en todo momento.
Hoy mismo, las autoridades municipales anunciaron una campaña de seguridad que incluye el despliegue de policías vestidos de civiles en el metro y otras medidas para convencer a los ciudadanos de la necesidad de estar alerta.
Para los londinenses de más edad, esta realidad tiene reminiscencias históricas. Aquí todavía se habla del espíritu del Blitz, de una ciudad bombardeada por la Luftwaffe alemana y de una población resignada a la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano.
Sin embargo, para los más jóvenes, los paralelismos no son posibles. Ellos viven otra realidad. Una Europa unida que ya no pelea consigo misma, una sociedad global con conexiones inmediatas con todos los puntos del mundo, un mundo en el que todo -o casi todo- es posible con un clic del ratón.
Todo menos evitar que alguien nos vuele por los aires
de camino al trabajo, a la universidad o al colegio.
El habitual "mind your own business" (ocúpate de tus
propios asuntos) dio paso la semana pasada, en mi experiencia personal,
a unas muestras de solidaridad tremendamante educadas, tremendamente británicas, tremendamente emotivas y, sin duda, basadas en la toma de conciencia de que "podríamos haber sido nosotros".
El viernes pasado viajaba muy temprano en un tren
suburbano desde Sydenham -en el sur de Londres- a
London Bridge -una de las estaciones más populares de
la capital.
Iba leyendo un periódico español con
imágenes e informaciones de los atentados de Madrid.
Los británicos, a mi alrededor leían su propia versión
de los hechos en sus diarios en inglés pero lanzaban
miradas a mi ejemplar con una mezcla de timidez y
duda.
Vigilia en Madrid por las víctimas del atentado.
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De pronto, recibí una llamada en mi teléfono móvil de
un amigo de Madrid, con quien no había logrado hablar
el día antes. Fue breve: "Estoy bien, no te preocupes.
Hablamos después". Las escasas palabras que
intercambiamos me identificaron definitivamente ante
mis compañeros de viaje como española y entonces la
persona de la que menos habría esperado un contacto
humano, se dirigió a mi en inglés:
"Dear, is you family alright? I feel so sorry for your
people". (Querida, ¿están todos bien en tu familia? Lo
siento muchísimo por tu gente).
Era uno de esos señores trajeados de la City de
Londres, de esos que nunca miran a los ojos de nadie,
de esos que parecen haber nacido con corbata y un
ordenador personal incorporado a su cerebro. Le di las
gracias y entonces vi que nos habíamos convertido en
el centro de atención del tren. Todos los "commuters"
me miraban y o sonreían o movían la cabeza en señal de asentimiento.
Salí del tren con un nudo en la garganta. El vagón
escupía gente sin fin en el andén como cada día, pero
no era un día normal. Era el día en que tanto yo, como
mis compañeros de viaje, como miles de personas en
esta gran ciudad nos habíamos dado cuenta de que las
víctimas somos nosotros. Somos la carne cañón, los
batallones de trabajadores anónimos.
Aquí sentimos un temor compartido. No hay medida de
seguridad que garantice que Londres no sea la próxima
parada de la muerte. Y por eso, hoy, los londinenses son
también madrileños.
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