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Viernes, 20 de febrero de 2004 - 10:16 GMT
¿Niebla?... ¿Qué niebla?
Max Seitz
Max Seitz
BBC Mundo, Londres

Parece un hecho inexorable: cada vez que vuelvo a mi país soleado y de cielo azul, allá por el sur, no faltan quienes me preguntan cómo es eso de vivir en Londres entre la niebla.

Orilla del Támesis
Ya nadie se cae al Támesis por la escasa visibilidad.

Es como si trataran de saber de primera mano qué se siente caminar en una atmósfera densa, oscura y sulfurosa, y aparentemente contrapuesta a la de mi ciudad... Buenos Aires.

Confieso que en esos momentos no sé qué hacer: o callarme la boca y dejar que los preguntones sigan creyendo en la existencia de ese manto misterioso que ha inspirado a tantos escritores, o "despejar" la duda y sencillamente destruir el mito.

La última vez que se me presentó semejante disyuntiva fue durante una visita a mi ex trabajo en Buenos Aires.

En aquella ocasión vi, entre otros, a don Alfredo P., un veterano periodista deportivo especializado en automovilismo, muy respetado en Argentina. Luego de saludarlo, don Alfredo cruzó primero la meta del diálogo: "¿Cómo le va en la ciudad de la niebla?".

Afiche de la película 'Dr. Jekyll and Mr. Hyde' (1931)
En medio de neblinas insustanciales y cambiantes: Jekyll y Hyde.

Inmediatamente me pregunté quién diablos era yo para contradecirlo a él, que seguramente había leído tantos libros y visto tantas películas con una Londres neblinosa como escenario.

Al mismo tiempo estaba claro que el hombre no visitaba la ciudad desde hacía décadas y conservaba una imagen de ella que se remontaba a la época de Juan Manuel Fangio e incluso a mucho antes.

¿Qué debía hacer? ¿Ser razonable y dejar las cosas como estaban por respeto a la fantasía de don Alfredo? ¿O desatar mi instinto de "matar" la imagen victoriana -y por lo tanto pasada- de Londres?

¿Ser medido y cortés como el Dr. Jekyll o impulsivo e irrespetuoso como Mr. Hyde?

Dicho sea de paso, la niebla tiene un papel protagónico en la famosa novela de Robert Louis Stevenson.

En la piel de Hyde

Confieso que quise ser Hyde y contarle a don Alfredo que la espesa niebla de Londres, atribuida tanto al clima como a las emisiones sin control y tan bien representada por el término "smog" ("smoke" + "fog"), ya no está entre nosotros.

Hoy rara vez se ven nubes bajas, y el humo producido por la combustión de carbón mineral ha dado paso a una forma de contaminación más sutil, la de los gases de efecto invernadero.

Isabel I
Isabel I, molesta por el humo del carbón mineral y por el gusto que dejaba en la boca.

Sin embargo, hubiera añadido algunos datos que leí hace poco en el libro de Peter Ackroyd "London: A Biography" ("Londres: una biografía").

Ackroyd cuenta que ya a los romanos les había llamado la atención el carácter espectral de Londres. La niebla era originalmente un fenómeno natural, pero pronto la ciudad creó su propia atmósfera a través de las chimeneas.

En el siglo XIII se registraron las primeras quejas sobre la contaminación y en el XVI la reina Isabel I se mostró sumamente molesta por el humo del carbón mineral y por el gusto que dejaba en la boca.

En esa época flotaban sobre Londres cúmulos de gases y partículas, e incluso el interior de muchas casas estaba manchado de hollín. A nadie le preocupaba demasiado esto último, porque se consideraba que el humo preservaba la madera y... la salud.

Victoria de la niebla

Según Ackroyd, fue en la era victoriana cuando la niebla se convirtió en un fenómeno típicamente londinense. Y por dos razones: estaba realmente en todas partes y pasó a ser considerada una "particularidad" de la ciudad.

Medio millón de chimeneas con un drenaje imperfecto creaban un manto cuyo color era objeto de discusión: negro para algunos, verde botella para otros; amarillento para unos, marrón para otros. Lo cierto es que, en medio de esa miasma, las viviendas y la gente parecían "frescos decolorados".

Peter Cushing como Sherlock Holmes
Sherlock Holmes debe resolver crímenes y misterios en medio de la niebla.

En 1873 se registraron 700 muertes más que las habituales, 19 de ellas debido a la caída accidental de transeúntes en el río Támesis por la escasa visibilidad.

Tan sombría se había vuelto Londres que durante el día era necesario encender los faroles a gas que solían iluminar las calles de noche. Mientras tanto, los rincones que quedaban sin luz encubrían todo tipo de delitos (¡ojo con Jack el destripador!).

Sólo faltaba que la niebla -la natural más la provocada- se convirtiera en uno de los elementos clave de la literatura del siglo XIX.

Por ejemplo, es el escenario de los crímenes y misterios que Sherlock Holmes debe resolver en las novelas de Arthur Conan Doyle y aporta el clima tenebroso en "El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde", de Stevenson. En esta obra, las identidades se transforman en medio de "neblinas insustanciales y cambiantes".

Regreso, venganza

Londres comienza a despedirse de la niebla en los primeros años del siglo XX. El clima pareció cambiar y, paradójicamente, con el crecimiento de la capital británica disminuyó el humo: las industrias y los habitantes se dispersaron en una ciudad de mayor superficie.

Además, la electricidad, el petróleo y el gas fueron reemplazando al carbón mineral.

La niebla paralizó Londres en 1952
Un manto gris paralizó Londres en 1952.

Pero la niebla no parecía dispuesta a irse así como así y, sedienta de venganza, regresó varias veces. Nadie olvida su paso letal por Londres en diciembre de 1952, cuando paralizó la ciudad y se llevó unas 4.000 vidas por asfixia y asma bronquial. La última vez que cubrió todo de espanto fue en 1962: dejó 60 muertos.

Desde entonces no se la ha visto por aquí.

Como dije antes, tuve el impulso de contarle todo esto a don Alfredo para "matar" su visión novelesca de la capital británica. Pero finalmente refrené mis instintos y me comporté como Jekyll.

Ahora sólo espero que don Alfredo no lea estas líneas instigadas por Hyde; ojalá mi texto se extravíe en la niebla de su Londres.


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