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Jueves, 5 de febrero de 2004 - 17:20 GMT
Muchos soles
Carolina Robino
Carolina Robino
BBC Mundo, Londres

Que en Londres nunca hay sol es cierto sólo a medias, porque a veces, como ahora, incluso hay dos.

Otros soles brillan en Londres.

Uno es el llamado el astro rey, que en esta ciudad es esquivo y parece no tener fuerzas ni ganas de pelearle a las nubes un pedazo de cielo.

El otro está en la galería Tate Modern y es obra del artista danés Olafur Eliasson.

Es enorme, del amarillo con que se pintan los soles en la niñez y brilla día y noche sobre las miles de personas que visitan el museo.

El sol de Eliasson deslumbra por lo inesperado: uno nunca espera abrir una puerta y encontrarse con su luz.

Está rodeado de una niebla artificial que va aumentando con el paso de las horas y le da a la enorme sala que lo acoge un aire enrarecido, onírico quizás, o futurista.

El nombre del trabajo es muy apropiado para Londres. Se llama The Weather Project o el "proyecto del clima", uno de los temas favoritos de los británicos a la hora de entablar una conversación.

Dientes solares

Sucede espontáneamente. La gente que va a visitar el sol de la Tate se tiende en el suelo a tomarlo, como si en efecto sus rayos calentaran.

Sol del este
Los fines de semana se reúnen allí decenas de negros a cantarle a quién sabe qué dios. Están llenos de colores y sus dientes blancos brillan como mil soles.

En el techo hay un espejo gigante, que redondea la forma del astro, que en realidad es semi circular, como una naranja cortada por la mitad.

Estando yo misma tendida bajo las 200 lamparitas de Eliasson, tuve la tentación lúdica de pensar en otros lugares luminosos de esta ciudad con tan mala fama climática. En otros soles.

Una plaza mínima, veeeeerde y silenciosa, ubicada a pocas cuadras del infernal tráfico de Oxford Street. Es tan bonita que ninguna bola de fuego, por muy celestial que sea, podría mejorarla.

La capilla que hay en la esquina de mi casa, que hoy se usa tanto para fiestas como para eventos religiosos.

Los fines de semana se reúnen allí decenas de negros a cantarle a quién sabe qué dios.

Llegan con vestidos de gala, como los reyes de las aldeas que sus antepasados dejaron en África, envueltos en esa sensualidad única que nace de la abundancia carnal, de la certeza de que es posible devorarse.

Están llenos de colores y sus dientes blancos brillan como mil soles.

Saber buscar

También pensé en Cyberdog, mi tienda favorita. Queda en Camden Town y es el paraíso tecno de la ciudad.

Vista del Big Ben desde Trafalgar Square
Un clásico: el Big Ben iluminado.

Es como una caverna, con música a todo volumen y unos trajes fosforescentes y ciberespaciales que, sin duda, sorprenderían incluso a los humanos del siglo 25 si alguna vez pueden viajar al pasado.

Cada vez que entro allí me dan unas ganas locas de bailar al ritmo de esos sonidos que ni siquiera me gustan. Son tan pegajosos que la lluvia puede partir el cielo a pedazos y a mí me da igual.

Bueno, y los clásicos, claro, como cruzar el puente de Waterloo en la noche y ver Westminster y el Big Ben iluminados.

Cuando por fin dejé el sol de la Tate me dio por pensar que tal vez estoy pecando de optimista.

Sí, es cierto que el gris a veces es insoportable. Pero tampoco es que en Londres no salga nunca el sol. Lo que pasa es que aquí el astro rey no es evidente: hay que saber dónde buscarlo.


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