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Viernes, 23 de enero de 2004 - 17:00 GMT
Londres en blanco y negro

Héctor Riazuelo
BBC Mundo, Londres

Tras su fachada de metrópolis multicultural por excelencia, Londres esconde las grietas de un pasado no lejano mucho menos tolerante.

Llegué a Inglaterra desde Venezuela a finales de 1977. En medio de una profunda crisis económica, los laboristas intentaban aferrarse al poder, mientras que Margaret Thatcher se dedicaba a poner a punto el motor de su revolución conservadora.

The Specials
Bandas de "Ska" como "The Specials" contribuyeron a lograr la integración racial entre los músicos y el público.

A mis 14 años, más que la situación política, lo que me impresionó de entrada fueron los días fríos y grises de Londres que concluían prematuramente, el hermoso y enorme parque cerca de mi casa y los copetes de los "punks" que se paseaban en su apogeo por las calles.

Fue cuando entré al colegio que empecé a conocer más la ciudad y, especialmente, la tensión racial que la caracterizaba.

"Todos iguales"

La mezcla de razas y culturas es un fenómeno relativamente reciente en Gran Bretaña. En 1945 los residentes no blancos del país eran apenas unos cuantos miles.

Todo cambió en las décadas siguientes, con el arribo en masa de habitantes de las antiguas colonias del imperio.

En el colegio del norte de Londres donde estudié, Acland Burghley, muchos de los alumnos eran hijos de esos inmigrantes. Fue así como me vi rodeado de personas de distintas razas y culturas.

Acland Burgley era y es una escuela secundaria del tipo "comprehensive", instituciones que fueron introducidas en los años 60 justamente con el fin de crear un sistema más igualitario, pues no es necesario presentar examen de admisión. En las otras escuelas estatales, ese requisito es indispensable.

En Acland Burgley encontré racismo e ignorancia, pero también amistades duraderas

En Acland Burgley encontré racismo e ignorancia, pero también amistades duraderas y un esfuerzo especial de los maestros por impartir tolerancia en una época sumamente difícil.

De las clases recuerdo especialmente las lecciones de arte. La profesora ponía la radio a todo volumen y, al ritmo del punk, el ska y el reggae nos dedicábamos a pintar, en algunos casos -como el mío- sin mostrar ningún talento.

Días de fútbol

En realidad debo decir que fui afortunado. Al llegar no hablaba ni papa de inglés y lo que me ayudó a integrarme fue el fútbol. Jugábamos todos los días en la hora del almuerzo y después de clases.

Pronto comencé a ir al estadio. Mi pasión de niño por los Beatles hizo que escogiera al Liverpool como equipo. Como sólo lo podía ver cuando venía a jugar en Londres, terminé apoyando también al conjunto de dos compañeros de clases: el Chelsea, un equipo para entonces malo sobre el campo y malo en las tribunas.

Brendan Batson, jugador del West Bromwich Albion en 1978
A finales de los 70 sólo un puñado de futbolistas negros militaban en la división de honor.

Aparte de contar con muchos seguidores violentos que solían protagonizar batallas campales con los hinchas rivales, el Chelsea también había sido infiltrado por el National Front, una organización neonazi que aprovechó el fútbol para difundir su mensaje de odio.

Me sentía esos sábados en el Stamford Bridge "como cucaracha en baile de gallinas", como decimos en Venezuela, alentando un equipo que, además de malo, no era el mío, rodeado de energúmenos y muerto de frío y, a veces, de miedo.

Entre las cosas que no olvido se incluye un partido contra el West Bromwich Albion, un equipo que en la temporada 78/79 se convirtió en el primer club de primera en alinear tres jugadores negros.

En Stamford Bridge, como en otros muchos estadios del país, los tres fueron recibidos con cánticos racistas cada vez que tocaban el balón.

A pesar de todo, seguí asistiendo al estadio. Después de todo, el fútbol era mi pasión diaria y me había abierto la puerta de mi propia integración. Además, en las tribunas del Chelsea también había hinchas negros, entre ellos uno de mis amigos.

Ida y vuelta

Terminé el colegio y mi paso por Londres en 1980. No volví hasta finales de 1994 cuando los conservadores intentaban aferrarse al poder, mientras Tony Blair se dedicaba a poner a punto el motor de su revolución laborista.

De entrada, noté que Londres se había vuelto menos isleña y más europea, que los hijos de inmigrantes tenían papeles protagónicos en la televisión y que era mucho más común ver parejas de distinta raza.

Noté que Londres se había vuelto menos isleña y más europea, que los hijos de inmigrantes tenían papeles protagónicos en la televisión

Poco después, organicé un reencuentro con mis amigos del colegio y juntos regresamos a Stamford Bridge.

No me agradó el precio de las entradas, ni el ambiente corporativo del estadio, pero el Chelsea jugaba muchísimo mejor.

En las gradas era impensable escuchar cantos racistas y varios jugadores negros militaban en el equipo, incluyendo el holandés Ruud Gullit, que posteriormente también fue técnico del conjunto.

El racismo no ha desaparecido ni del fútbol ni de Londres, mucho menos de Gran Bretaña en general, pero algo se ha avanzado.

Inevitablemente, siempre recuerdo con nostalgia mi primer paso por la capital pero creo más en el Londres de ahora que en el de hace 25 años.


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