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Sábado, 12 de noviembre de 2005 - 17:31 GMT
La rivalidad deportiva
Raúl Fain Binda
Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Argentina-Inglaterra, Ginebra 2005
El amistoso en Suiza fue otro clásico entre Argentina e Inglaterra.

La rivalidad es uno de los pilares del fenómeno deportivo, dicen por allí.

Nosotros creemos que es mucho más que un mero pilar: también tiene que ver con los cimientos, las vigas, las ventanas, las paredes y el techo del edificio.

Sin rivalidad, no existiría la motivación adicional que acelera las pulsaciones y aguza los sentidos.

Maradona convierte el primero contra Inglaterra, México 1986
La guerra de 1982 y esta imagen de 1986 iniciaron la rivalidad.
De otro modo, quién se molestaría en seguir este fin de semana un amistoso entre Argentina e Inglaterra, o entre Francia y Alemania, o entre Holanda e Italia, cuando allí están los partidos oficiales, por el pellejo, entre Uruguay/Australia, España/Eslovaquia, Noruega/República Checa, Suiza/Turquía, y Trinidad Tobago/Bahrein.

La rivalidad es la sal de la tierra, el verdadero motor de la competición deportiva, más poderoso que el dinero y los trofeos.

Los rivales se mueven en dos dimensiones diferentes: en una se odian y en la otra se aman, como se ama o se necesita al complemento indispensable.

Caballeros y rufianes

El ideal romántico del deportista que se esfuerza al máximo dentro de los límites reglamentarios y después felicita al adversario que lo ha derrotado, es un espejismo, una idea travestida, atractiva pero despojada de ciertos elementos reales en la mentalidad del deportista.

En el rugby, que es un "deporte de rufianes jugado por caballeros" (a diferencia del fútbol, que es "un deporte de caballeros jugado por rufianes"), las buenas maneras son de rigor al finalizar un encuentro: es por eso que los jugadores derrotados aplauden a los mismos sujetos que minutos antes han tratado de arrancarles los ojos en el scrum.

Y minutos después estarán bebiendo con ellos.

Pero el rugbier habrá registrado todos los agravios en el cuaderno de bitácora de los recuerdos, alimentando la rivalidad, el mismo sentimiento que anima a los futbolistas brasileños y argentinos, por ejemplo, cuando se encuentran en un campo de juego.

Y ahora a argentinos e ingleses.

El alimento de la rivalidad

Argentina-Inglaterra, Francia 1998
Se acentuó en 1998, roja para Beckham. Argentina prevalecería.
Dentro de unos días, cuando Uruguay, España, Turquía, República Checa y Trinidad (estas son nuestras preferencias, en ese orden) estén en el mundial, habrá concluido la pasajera relación con sus adversarios del momento.

Si se encuentran en un amistoso, el año que viene, su interacción tendrá toda la energía de un merengue.

Argentinos e ingleses, por el contrario, habrán profundizado su rivalidad, sin que importe el resultado del partido de hoy.

El próximo encuentro de estos adversarios tendrá una capa más de importancia, de trascendencia, tal como ocurre después de todo choque entre Brasil y Argentina.

La rivalidad también acompaña los procesos sociales e históricos.

Argentina e Inglaterra no eran rivales clásicos antes de la guerra del Atlántico Sur.

Es un hecho comprobable que Inglaterra tiende a encontrar a sus rivales en la fragua bélica, ya que antes de descubrir su porfía con Argentina, el gran contrincante histórico fue Alemania.

Rivales cercanos y lejanos

Argentina-Inglaterra 2002
La dulce revancha. Beckham anotó el único gol cuando se enfrentaron en Corea-Japón 2002.
En América del Sur, la rivalidad tiende a forjarse en las canchas, en vez de los campos de batalla.

En la mayoría de los casos, se tienen dos grandes rivales: el próximo y el lejano.

En el caso de Argentina, el próximo era Uruguay y el lejano Brasil. Cuando Uruguay, por razones que no vienen al caso en este artículo, dejó de ser un rival en el sentido más explosivo de la palabra, Argentina encontró a Inglaterra.

Brasil, el rival cercano, el "local"; Inglaterra, el rival lejano, el "extranjero".

Inglaterra también experimentó una transformación semejante: su primer gran rival, históricamente, fue Escocia, una nación conquistada, pero esa rivalidad se apagó con el tiempo: una de las razones fue que se cancelaron los partidos regulares entre ambos seleccionados, debido a los desórdenes que solían ocasionar.

Alemania, el rival cercano, el "local"; Argentina, el rival lejano, el "extranjero".

En España, cuyo equipo nacional no tiene rivales equivalentes a los de otros países (¿qué nos dice esto del fútbol español y de la identidad nacional?) el paralelo sólo se da en la rivalidad de clubes: para el Real Madrid, allí están el Atlético y el Barcelona.

Fuerzas relativas

La rivalidad entre argentinos y brasileños se acrecentó a medida que se debilitaba el desafío de Uruguay a la hegemonía de sus dos gigantescos vecinos
La rivalidad supone el enfrentamiento entre rivales de tamaño o fuerzas semejantes.

(La distinción importa, porque Holanda es pequeña pero muy fuerte futbolísticamente.)

En esto, las experiencias de Escocia y Uruguay en relación con sus vecinos más grandes tienen ciertos paralelos.

En ambos casos, el poderío futbolístico se ha diluido, dejando a sus vecinos con un "vacío" de rivalidad.

La rivalidad entre argentinos y brasileños se acrecentó a medida que se debilitaba el desafío de Uruguay a la hegemonía de sus dos gigantescos vecinos.

Rivalidad y amistad

Que no protesten nuestros amigos uruguayos. Decimos esto justamente por el respeto que le tenemos a la historia y el legado del fútbol charrúa.

Cuando Uruguay salía a la cancha, en una época, Brasil y Argentina temblaban.

Ahora, el fútbol uruguayo es "hermano" del argentino. Esto es conmovedor desde el punto de vista sociológico, pero lamentable desde la perspectiva de la rivalidad.

El deporte de competición, como espectáculo, se nutre de la rivalidad, no de la amistad.

Que es lo que queríamos demostrar.


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