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Sábado, 2 de abril de 2005 - 23:20 GMT
El fútbol como penitencia
Raúl Fain Binda
Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Ahora se sabe. Los ingleses no reglamentaron el fútbol para el esparcimiento de las multitudes, sino para disuadir de la masturbación a los jóvenes y persuadirlos de la necesidad de servir y defender el Imperio Británico.

Partido de fútbol.
El fútbol, ¿una estrategia de control?

Tal es el resumen que los editores han hecho de un sustancioso estudio de nuestro colega David Winner sobre los orígenes del deporte más popular del mundo.

En su libro Those Feet (Esos pies), que acaba de aparecer, Winner examina las circunstancias sociales, económicas y políticas de la gestación del fútbol (en la forma que lo conocemos, ya que sus raíces son muy antiguas).

Esta forma de presentar la obra nos hace pensar en las distorsiones periodísticas e incluso académicas de las vidas de grandes hombres y mujeres, según la moda.

Hace poco, la publicidad y el análisis de una biografía de Einstein estuvieron centrados en su relación con las mujeres: dejaron la impresión de que su genio hubiera sido estéril sin el aporte (nunca bien precisado) de una o dos mujeres.

Estamos tentados a proponer un estudio sobre Daniel Defoe y el Robinson Crusoe, centrando el análisis en la relación homosexual entre Robinson y el nativo Viernes.

Confabulación victoriana

La tesis de Those Feet no es novedosa, pero la investigación de Winner es tan concienzuda, y los argumentos que expone tan diversos y persuasivos, que obligan a acompañar el análisis.

Ahora se sabe. Los ingleses no reglamentaron el fútbol para el esparcimiento de las multitudes, sino para disuadir de la masturbación a los jóvenes

En pocas palabras, todo el establishment británico se confabuló para imponer la práctica del fútbol como una forma de agotar físicamente a la juventud, privándola de energías para aventuras sexuales nocturnas.

La obsesión de los burócratas y educadores victorianos con la "inmoralidad" de los jóvenes de la época es de sobra conocida.

El onanismo y los actos homosexuales en colegios a lo ancho del mundo son tan comunes ahora como en la era victoriana: la gran diferencia es que entonces eran vistos como enfermedades que hacían peligrar a la nación.

Winner aporta numerosos testimonios. Los más interesantes resaltan algo que resultará obvio a los lectores con conocimientos de psicología: el fútbol debía ser doloroso además de agotador.

Sherlock Holmes

Arthur Conan Doyle, por ejemplo, el autor de las aventuras de Sherlock Holmes, que jugó al fútbol como zaguero en un club fundado por él mismo, escribió que "es mejor que nuestro deporte corra el riesgo de ser demasiado rudo, para evitar el peligro de afeminamiento".

Esta mentalidad reaccionaria era la dominante en la época.

Sir Arthur Conan Doyle
Conan Doyle prefería un deporte rudo a uno afeminado.

Dejamos en el tintero, por falta de espacio, las jugosas conclusiones que se pueden extraer en relación con la transferencia del fútbol entre clases sociales, primero de la baja a la alta (de los pueblos a los colegios exclusivos), luego de la alta a la baja (de los colegios a los clubes de trabajadores), motorizada por presiones políticas y "morales".

Nos quedamos con una de las observaciones más agudas de Winner: que esta tradición del fútbol asociado con la represión sexual, a través del agotamiento y del dolor, explica la desconfianza nacional ante la habilidad y el juego bonito.

Fin de la sexualidad victoriana

El autor dice que la sociedad británica comenzó a desmontar después de la Segunda Guerra Mundial los "elementos más extremos del militarismo y neurosis sexual" del Imperio, y que en los años '60 demolió definitivamente la "sexualidad victoriana".

Agrega que la influencia de esos factores permaneció sin embargo en el fútbol, a través de la "hombría" que se requería de los futbolistas.

Esa hombría exigía torpeza. Un zaguero hábil era afeminado, un zaguero torpe era más macho. Este prejuicio abunda en todo el mundo, pero en Inglaterra alcanzó a todo el reparto futbolístico.

Numerosos jugadores, que en otros países serían héroes por su habilidad natural, fueron tratados como parias o por lo menos figuras marginales en el mundo del fútbol.

La habilidad era repudiada por su identificación con lo femenino.

Fútbol y afeminamiento

Winner destaca que el mundo del fútbol no aplaudió ni admiró sin reservas a una figura excepcional como George Best:

George Best con una novia danesa en la década de los 60.
"George Best, camina como mujer y usa corpiño": canto en las tribunas del Manchester United.

"Georgie Best superstar

Camina como una mujer

Y usa un corpiño

¿Dónde estás, Jorgito?"

Así cantaban las tribunas, incluso del Manchester United cuando se enojaba con Best.

Conviene recordar que Best, lejos de ser afeminado, era (y sigue siendo, con hígado de repuesto) un incorregible seductor de mujeres.

En ningún otro país, creemos, la habilidad fue condenada en forma tan unánime por su supuesta identificación con lo femenino.

Y otra cosa, también señalada por Winner:

Los árbitros son insultados en todos los estadios del mundo, por todas las aficiones. Lo que cambia es el insulto.

En Inglaterra, al árbitro se le grita "wanker", que quiere decir onanista, el que se masturba.


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