"Camus hubiera seguido con placer esta Eurocopa de Portugal".
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Para acompañar una copa de su áspero vino argelino, Albert Camus planteaba a sus amigos la duda existencial más importante: ¿Vale la pena seguir viendo fútbol? ¿Acaso no es una mierda? ¿No sería mejor suicidarse?
Escritor, resistente, Premio Nobel, guardavallas, el hombre que finalmente se decidió a decir que no al suicidio, porque siempre habría una buena razón para vivir, Camus hubiera seguido con placer esta Eurocopa de Portugal.
Le gustaría ver, superada la decepción por la eliminación de Francia, una final República Checa-Holanda, los equipos más audaces del torneo. (Holanda juega hoy con Suecia; crucemos los dedos).
Supongo esto a partir de una anécdota en uno de los artículos del escritor español Víctor Alba (murió el año pasado, Pere Pagés era su verdadero nombre), que hace muchos años yo mecanografiaba para una agencia que los distribuía en América Latina.
Recuerdo que Víctor Alba abogaba por la legalización de las drogas con una elocuencia que espantaba a la buena gente. Si lo hubieran escuchado entonces, no estaríamos metidos en este berenjenal, apretados entre delincuentes y cáscaras de hombres.
Víctor Alba en París
Exiliado de la guerra civil, Pagés colaboraba con Camus en el periódico Combat. Los nazis les respiraban en el cogote. Un día, el español le mostró a Camus su primera novela, cuyo protagonista era un tal Víctor Alba.
El veredicto fue instantáneo: "Ç'est une merde".
Pagés destruyó el original, adoptó el pseudónimo Víctor Alba y perseveró en la escritura, porque Camus le aclaró que "no todo en este mundo es una mierda". Llegó a ser un gran escritor, como el argelino supo que podía serlo.
Camus, un apasionado del fútbol, no hubiera tenido ningún problema en detectar la mierda en esta Eurocopa.
Fue el miedo. España, Italia, Inglaterra, Alemania, Francia, todos cayeron justamente porque tuvieron miedo de caerse.
El miedo, el miedo. La peur est une merde.
El ejemplo de Zidane
Cómo se entiende, de otro modo, que cayeran los equipos con los mejores jugadores. Se quedaron los que tienen hambre; los saciados se fueron a sus casas.
Zinedine Zidane reconoció que su equipo había jugado mal.
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Pocas veces, como en este torneo, se ha advertido con tanta claridad el abismo entre los intereses individuales y del colectivo.
Dicen por allí que la peor clase de cobardía consiste un utilizar el conocimiento para justificar lo que ocurre, en vez de cuestionarlo y corregirlo.
En este sentido, hay dos pronunciamientos diametralmente diferentes.
Por un lado, el de Zinedine Zidane, reconociendo que habían jugado mal y que no se debía buscar una explicación o excusa más allá de esa comprobación básica.
Con esto, el francés más talentoso de todos asume su culpa y con eso abre un curso de acción para corregir el problema. (Iker Casillas tuvo una actitud similar tras la eliminación de España.)
Italianos e ingleses
Por el otro lado están los italianos e ingleses que atribuyeron su desgracia a la mala fe de otros equipos o a los errores del árbitro.
Italianos e ingleses atribuyeron sus desgracias a la mala fe de los otros equipos.
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De esta forma, cierran las persianas a cualquier averiguación, insisten en que todo está bien, que se debe a una intriga de extranjeros perversos: para los italianos, fueron los daneses y suecos que amañaron su partido; para los ingleses, el árbitro suizo que anuló "un gol perfectamente legítimo" ante Portugal.
Cuando el espectro del prejuicio xenófobo levanta la cabeza, es muy difícil ponerlo a descansar. Y esto vale en ambas direcciones.
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Aunque los italianos conocieran tantos sinónimos de tongo como los esquimales tienen para la nieve, eso no cambiaría nada
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En los países del norte de Europa se tiene la impresión de que los italianos creyeron ver un tongo en el partido Suecia-Dinamarca porque la trampa es una de las constantes de la vida italiana.
"A nosotros no se nos ocurriría algo semejante", dicen ofendidos, como si el fraude fuese un rasgo de carácter exclusivamente italiano.
Nos dicen que en los lenguajes escandinavos no existe un equivalente exacto de la palabra "tongo", que en Dinamarca se conoce como "aftalt spil", o "juego arreglado".
Pero aunque los italianos conocieran tantos sinónimos de tongo como los esquimales tienen para la nieve, eso no cambiaría nada.
Beckham y Eriksson
Lo cierto es que los ingleses, que se burlaron cuando los italianos denunciaron los grotescos "errores" del árbitro que les costaron la eliminación del Mundial 2002, ahora atribuyen a malicia un fallo que en el resto de Europa encuentran perfectamente legítimo.
Pese a su mal desempeño, Beckham asegurá que no tiene nada de que arrepentirse.
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Y David Beckham, que ha hecho casi una costumbre de su mal rendimiento en torneos de esta categoría (ya ha fracasado en dos mundiales y dos europeos), nos asegura que no tiene nada de qué arrepentirse, que seguirá siendo capitán y seguirá tirando los penales.
El hecho de ser un mediocre capitán y de fallar en forma clamorosa sus últimos tres penales no viene a cuento.
El entrenador de Inglaterra, Sven Goran Eriksson, también está satisfecho. ¿Renunciar? No es su estilo.
Ya han renunciado Trapattoni, Voëller, Saéz y Santini, pero Eriksson contempla nuevos fracasos.
A Inglaterra, maniatada con esta gente, sólo la puede salvar Wayne Rooney. Ese sí que no le tiene miedo a nadie.
La peur est une merde.
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