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Sábado, 14 de agosto de 2004 - 12:06 GMT
Los raíles del tren olímpico

Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Los raíles del tren me hacen llorar/ lo mismo el uno que el otro/ si se alargan no se pueden juntar.

Rieles
El público es el tren, los atletas y los dirigentes son los rieles.

Escuchamos el lamento hace unos días en Ronda, España, donde es inevitable la sensación de que el precipicio comunica con el alma antigua del pueblo, con un pasado de Minotauro y también de juegos olímpicos, ya que estamos.

Filoso, el cante jondo.

Los raíles del cante representan lo que cada uno quiera. Digamos que uno puede estar hecho de amor y el otro de esperanza.

El cantaor se queja porque la realidad hace trampas y le niega a la poesía la cópula más fecunda de todas.

Los juegos

Lo mismo ocurre con la credibilidad de los juegos olímpicos. Y justamente con estos juegos, que cierran el círculo iniciado en 1896.

La coincidencia es tan llamativa que obliga a preguntarse si Atenas, además del comienzo, marcará también el fin de los juegos modernos.

A este nivel, el deporte sólo es posible si el público tiene confianza en la integridad de los atletas y de los organizadores, los rieles del sistema.

Nos dirán que invertimos los valores, que lo importante es la integridad, porque su presencia o ausencia crea o disipa la confianza.

Nosotros insistimos. Lo realmente importante es el público y su reacción ante el fenómeno deportivo. La corrupción fastidia, desalienta, debilita, pero se puede combatir.

El público es el tren, los atletas y los dirigentes son los rieles.

Antes y ahora

Juegos Olímpicos
La credibilidad de los Juegos Olímpicos está en manos del público.

Que hoy conozcamos muchos casos de atletas y dirigentes corruptos no demuestra que el deporte esté más enfermo que hace cuatro o cinco años, cuando sólo nos enterábamos de un puñado de transgresiones, casi siempre de figuras secundarias, comparsas del sistema.

Ahora sabemos lo que antes intuíamos: que las autoridades del atletismo de Estados Unidos, por ejemplo, solían cerrar los ojos ante los abusos de ciertos atletas cuya sanción hubiera significado un duro golpe al prestigio (y el medallero) de la mayor potencia deportiva del mundo.

Ahora están destapando la olla podrida.

Muchos se escandalizan, olvidando que la política de ojos cerrados era un secreto a voces en el ámbito deportivo.

O sea que el desaliento de hoy, la sensación de derrota, la impresión de que el deporte se desploma en el precipicio, no refleja la situación real.

No matemos a la abuela

Muchos se escandalizan, olvidando que la política de ojos cerrados era un secreto a voces en el ámbito deportivo

En muchas enfermedades, los síntomas más alarmantes no se deben a la acción del agente patógeno, sino al contraataque del sistema defensivo del organismo.

¿Debemos desconectar la diálisis de la abuela porque le haya entrado la fiebre?

El sinceramiento está en marcha. Ya todos sabemos que apenas existen los atletas totalmente íntegros, tal como los soñaban los padres fundadores del movimiento olímpico moderno.

Esta confirmación nos parece positiva, antes que negativa.

Existen atletas decentes y honestos, por supuesto, pero en su gran mayoría no pueden competir al nivel profesional actual sin apoyarse en la pared de la farmacia.

También se abre paso la convicción de que muchos deportistas que "nunca dieron positivo en ningún análisis" fueron más afortunados que íntegros.

La incredulidad del público no significa un instantáneo certificado de fallecimiento para el deporte, como lo demuestra el vigor que todavía conserva el Tour de Francia, a pesar de tantos escándalos homéricos y la creciente sospecha de que un campeón tan desmesurado como Lance Armstrong no puede ser natural.

Corrupción en el COI

Atenas
Aún resta definirse si Atenas, además del comienzo, marcará el fin de los juegos modernos.

La corrupción de los dirigentes del COI es tal vez más peligrosa que la de los atletas para la integridad de los juegos olímpicos.

En los países de nuestra América se suele decir que los jueces y los policías no son corruptos por naturaleza, ni porque el sistema sea un carnaval, sino porque les pagamos mal. Si les pagáramos salarios decentes, no tendrían necesidad de robar, nos dicen.

Tal vez sí, tal vez no.

Ahora nos dicen lo mismo del deporte. Juan Antonio Samaranch Salichachs, hijo del presidente honorario del COI, propuso el otro día que se dé apoyo financiero a los miembros del organismo.

El COI reconoce viáticos, pero los miembros deben pagar de sus bolsillos numerosos gastos para sostener sus funciones, especialmente de comunicación y enlace con otros miembros.

Dirigentes de ayer y hoy

La corrupción de los dirigentes del COI es tal vez más peligrosa que la de los atletas para la integridad de los juegos olímpicos.

En la época heroica del movimiento olímpico internacional, los miembros del COI eran todos aristócratas y millonarios, y además el deporte todavía no se había convertido en una mina de oro.

Ahora abundan los burócratas profesionales, los empresarios oportunistas, los ex atletas, y la tentación es muy fuerte. Si les pagáramos bien, como a los jueces, los policías, los árbitros del fútbol, nos dice Samaranch, no tendrían necesidad de robar.

El problema, creemos nosotros, es que esta gente no trampea por necesidad, sino por placer.

Dinero y violencia

El COI es de lo más complaciente consigo mismo, de modo que resulta difícil saber hasta qué punto se sentirá afectado por las recientes revelaciones de corrupción en la selección de la sede para los juegos de 2012.

La credibilidad del sistema se sostiene con transfusiones de dinero, porque el paciente es muy rico.

Si el dinero desaparece (y puede esfumarse si las medidas de seguridad resultan insuficientes), habrá que pensar en otro tipo de esparcimiento.


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