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Domingo, 8 de agosto de 2004 - 10:28 GMT
Citius, Altius, Fortius

Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Estadio Panateniano, con la bandera de las olimpiadas
Cada aro de la bandera olímpica representa a un continente.

Más rápido, más alto, más fuerte. Con esta exhortación comenzaron los juegos olímpicos de Atenas, en 1896, los primeros de la era moderna.

Desde la atalaya de 2004, podemos interpretar esos tres conceptos latinos con una predisposición romántica o darle un sesgo cínico, como salga el dado del cubilete.

Hay datos tranquilizadores, como el hecho de que la bandera olímpica, esos cinco aros enlazados sobre fondo blanco, uno amarillo por Asia, uno azul por Europa, uno negro por África, uno verde por Australia y otro rojo por América, sea el símbolo más conocido en todo el mundo, mucho más que el de cualquier empresa comercial.

Lástima que en muchos países, en particular de Asia, se abre paso la impresión de que esos cinco aros, tan conocidos, son el símbolo de una conocida marca de artículos deportivos.

Y tal vez ésta sea la realidad, como rueda al salir del cubilete.

Oro en la arena

Juegos Olímpicos de Londres, en 1908
Dorando Pietro cayó varias veces en los últimos metros.

La historia olímpica ofrece incontables anécdotas que reflejan esa ambigüedad, el brillo escurridizo del oro en la arena.

Allí está el campeón moral, el maratonista italiano Dorando Pietro, que en 1908 cayó varias veces en los últimos metros y alcanzó la meta sostenido por varios samaritanos. Lo descalificaron, claro, pero también lo aclamaron y la reina de Inglaterra le entregó una copa dorada.

El maratón de cuatro años antes perteneció al campeón amoral, un tal Fred Lorz, a quien descalificaron por tramposo: había ido en automóvil desde el kilómetro 14 hasta las cercanías del estadio.

Estas son las contradicciones que alumbraron al movimiento olímpico y que al parecer siguen con nosotros.

Antes y después

Juegos Olímpicos de Atenas, en 1896
Robert Garrett, de Estados Unidos, ganó la prueba de disco en 1896.

En 1900 repartían calcetines junto con las medallas de plata y bronce. Los ganadores de oro se llevaban también un cortaplumas.

Ahora se llevan algo más, claro.

Pero este tipo de contrastes perjudica la imagen de muchos atletas que ponen dinero de su bolsillo por el placer de competir.

UK Sport, una organización británica que distribuye 25 millones de esterlinas para sostener la actividad de 600 atletas, informó recientemente que el 60 por ciento de los beneficiarios debía aportar de sus bolsillos un promedio de 5.000 esterlinas por año para mantener su competitividad.

Casi todos los demás, más del 30 por ciento, aportaban una cantidad mayor aún.

La gran mayoría de esos 600 atletas llevan una vida de muchos sacrificios y pocas satisfacciones deportivas y económicas.

Milón y Zampanò

Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992
El COI admitió la participación del Dream Team de la NBA en las Olimpíadas de Barcelona (1992).

De vez en cuando, la gloria, por supuesto.

Como la de Milón de Trotona, un gran campeón del siglo VI antes de Cristo, capaz de romper una cuerda con las venas de su frente.

Esto nos hace recordar, por lo improbable, la proeza de Zampanò, el protagonista de La Strada, la película de Fellini, que consistía en romper una cadena de metal con los pectorales.

En cuanto a los deportes originales, llama la atención el Pancracio, variante de lucha en que valía todo, excepto morder. Con el tiempo, los atletas dejaron de practicarlo, porque podía ser mortal. Ahora ha sido adoptado por los dirigentes, para resolver sus disputas.

La transición del amateurismo al profesionalismo se precipitó en las últimas décadas. En 1976 el COI admitió que los atletas fueran compensados económicamente por el tiempo que faltaban a sus trabajos para poder entrenar. El profesionalismo se impuso definitivamente cuando el COI admitió la participación del Dream Team de la NBA en los juegos de Barcelona de 1992.

Un griego y un francés

Quiero un burro y una carreta, para acarrear agua, y que pongan en libertad a mi hermano, que está preso por una pelea
Spyridon Louis, ganador del maratón de 1896

Y para terminar, dos anécdotas de los viejos tiempos.

El ganador del maratón de 1896, el griego Spyridon Louis, un pastor de cabras, fue invitado por el rey de Grecia a pensar un deseo: "Quiero un burro y una carreta, para acarrear agua, y que pongan en libertad a mi hermano, que está preso por una pelea".

Tom Curtis, un velocista de Estados Unidos que participó en esos juegos, contó años después que el atleta francés a su lado estuvo a punto de perderse la largada de los 100 metros llanos, entretenido colocándose unos primorosos guantes blancos.

¿Por qué te pones guantes?, preguntó Curtis. Y el francés respondió: "Pues porque corro delante del rey".

El mismo francés dijo luego a Curtis que también correría el maratón. ¿El maratón también, y encima de los 100 metros? ¿Cómo haces para entrenarte? "Pues es muy fácil: un día corro un pocos metros muy rápido y al día siguiente corro una distancia mayor muy lentamente".


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