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Sábado, 17 de enero de 2004 - 20:03 GMT
Shakespeare y su amor por el tenis
Raúl Fain Binda
Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Si William Shakespeare viviera en esta época, no sería guionista de televisión, como se suele decir, sino comentarista de tenis.

Se pasaría las noches de juerga con John McEnroe y al mediodía, tras dormir un par de horas, se instalaría en su cabina para juzgar la volea de Lleyton Hewitt (¿su Romeo?), el saque de Tim Henman (¿su Hamlet?) o el revés de Justine Henin (¿su Kate?).

Retrato de William Shakespeare, 1623.
No sería guionista de televisión, como se suele decir, sino comentarista de tenis

Cabe preguntarse qué diría el Dulce Cisne del Avon, apodo que le dio Ben Jonson (no el velocista canadiense, sino el dramaturgo inglés, su contemporáneo), si presenciara el Abierto de Australia, que inaugura la temporada internacional.

Dulce Cisne del Avon. Saboreen la delicadeza del apodo, que tanto contrasta con el que suelen llevar los deportistas modernos: Pelado, Matador, Burro, Malevo, Terminator, Zuzu.

El único que no desentona, Saeta Rubia (por Di Stefano), ya suena anticuado a oídos modernos.

Televisión y tenis

Bueno, está bien, no se agiten. Admito que el genio de Shakespeare estaría desperdiciado como comentarista de tenis, pero ustedes deberán admitir que lo mismo le pasaría al pobre hombre como guionista de televisión.

Y además, a Willy (él permitirá que lo llamemos así, porque ignora que ahora ese apócope denomina algo muy íntimo) le vendría bien el hecho de que el tenis y la televisión marchen de la mano y generen mucho dinero, algo que nunca abundó en su bolsa (en el siglo XVI no usaban bolsillos).

No bromeamos. Nos preguntamos, tan solo, cuál sería el deporte preferido de Shakespeare si fuera transportado al siglo XXI.

Fútbol repugnante

El fútbol le parecería repugnante, un poco porque ya en su época, cuando no estaba reglamentado, era cosa de aldeanos brutos, y también porque le espantaría el espíritu colectivo de su práctica, ese airecillo a choque de bandas y de borrachos, sin la gracia de Falstaff.

Ilustración de la edición de 1655 de El rapto de Lucrecia. La raqueta no está en el original.
A Lucrecia evidentemente no le gustaba el tenis.

"No gracias, tú quédate con el fútbol y déjame a mí el tenis", lo imaginamos diciéndole a Christopher Marlowe, otro contemporáneo de genio.

Los deportes por equipos no atraerían a un hombre de la personalidad de Shakespeare, a pesar del carácter colectivo de las compañías de teatro en las que pasó casi toda su vida.

No señor. Los únicos deportes modernos que le llamarían la atención son las bochas o la petanca, la caza, la esgrima y el tenis, especialmente el tenis.

El tenis retiene parte del encanto que lo hizo el deporte de la aristocracia en los años en que la transpiración sólo se justificaba en el placer, nunca en el trabajo.

Seis alusiones al tenis

Las obras completas de William Shakespeare contienen seis referencias al tenis. Muy pocas, dirán ustedes, en una faena tan vasta, pero cabe agregar que no encontrarán ninguna sobre fútbol.

La alusión más elaborada, la más famosa, la más luminosa, pertenece a Enrique V.

Decid al príncipe encantador que esta burla suya ha convertido sus pelotas en balas de cañón
William Shakespeare, Enrique V

En un marco de elevada tensión política, el delfín de Francia le ofrece al rey de Inglaterra el obsequio de unas pelotas de tenis.

La indignación del monarca hace temblar a los mensajeros. Les dice que cuando las raquetas golpeen esas bolas, los hombres que las empuñen estarán en Francia, cuya corona estará en juego. "Entonces temblarán todas las courts (cortes y también canchas) de Francia", les dice.

Y agrega: "Decid al príncipe encantador que esta burla suya ha convertido sus pelotas en balas de cañón".

Y con esto Shakespeare quiso significar lo mismo que sugiere nuestra burda versión en castellano: una triple metáfora con el deporte, la anatomía y la guerra.

Rellenos y medias altas

Las otras referencias están menos desarrolladas, aunque una de ellas ofrece un dato muy interesante para los historiadores del deporte: en una alusión metafórica a la apariencia de Benedick, se dice, en Mucho Ruido y Pocas Nueces, que "el antiguo ornamento de sus mejillas rellena ahora las bolas de tenis", sugiriendo el material utilizado en la época para esos menesteres.

Retrato de William Shakespeare, 1640. El original no tiene raqueta.
El antiguo ornamento de sus mejillas, ahora con raqueta de tenis.

Y en Enrique VIII se dice que los ingleses deberán renunciar a "su fe en el tenis y las medias altas", para diferenciarse de los franceses, que por entonces exageraban la devoción por ambas cosas.

A esta altura, ustedes se preguntarán si este artículo se decidirá a abordar por fin el tema del Abierto de Australia, en vez de detenerse en lo que pasó hace un montón de tiempo.

Pues claro que sí. En el abierto de Australia, William Shakespeare se sentará en una mesa del pub La Cabeza del Jabalí, en Melbourne. Beberá cerveza copiosa y cantará canciones puercas.

A su izquierda se sentará John McEnroe y a su derecha Martina Navratilova. Hablarán y hablarán de tenis, del tenis antiguo, del bueno, hasta que salga el sol.

Eso es lo que pasará durante el Abierto de Australia.


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