El rugby y el fútbol son tan diferentes y al mismo tiempo tan semejantes que parecen el revés y el derecho de la misma tela, del mismo deporte.
Uno se juega con las manos, el otro con los pies. En uno la pelota es ovalada, en el otro redonda. Se supone que uno pertenece a las aulas, el otro a los talleres. Se dice que el rugby es de estoicos y que el fútbol pertenece a llorones.
Todo esto es más o menos cierto, pero al mismo tiempo induce generalizaciones de dudosa utilidad.
De prestar atención a todo lo que se dice del fútbol y del rugby, creeríamos que:
Darwin hubiera identificado al profesionalismo como el factor desencadenante de la selección natural en ambos deportes.
Origen común
Todos o casi todos conocemos la anécdota del nacimiento del rugby, cuando un alumno del colegio de Rugby, en Inglaterra, cansado del fútbol un día de 1823, tomó la pelota con las manos y siguió corriendo con ella.
Lo que pocos saben es que en el fútbol de aquella época también se pasaba la pelota hacia atrás, puesto que todo jugador por delante de ella estaba en off-side.
En aquella época, el regate, el dribble, era el único recurso ofensivo, los pases eran defensivos o para cambiar el frente de ataque.
Se necesitaba una revolución para salvar al juego: tomar la pelota con las manos o reformar el sistema de off-side. En Rugby optaron por lo primero y la gente del fútbol hizo lo segundo en 1848.
Violencia y solidaridad
Al jugarse con las manos y con una pelota que enloquece al rodar por el suelo, el rugby se apartó del fútbol en dos aspectos fundamentales: se convirtió en un juego de contacto directo, por un lado, y también se hizo solidario, a través del scrum o scrummage, una jugada fija o en movimiento, con los jugadores arracimados como las hojas de una alcachofa.
El rugby, mucho más que el fútbol, es el juego de equipo por antonomasia.
Un futbolista solo en medio del campo puede ser Maradona, Pelé, un individuo, un genio. Un rugbier solo en medio del campo es un náufrago, un pobre infeliz, la víctima de un asalto.
En los scrum pueden ocurrir cosas espantosas, que dejarían a un futbolista en cama por dos meses. Al ser de contacto directo, de impacto, el rugby es mucho más violento que el fútbol y justamente por eso los jugadores se quejan menos.
No es machismo
Los rugbiers se ríen a carcajadas cuando ven a los futbolistas llorar por una zancadilla.
El fútbol tiene mucho que aprender de la forma en que el rugby controla la violencia.
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El machismo no tiene nada que ver en esta paradoja, porque el mismo estoicismo se advierte en el juego femenino (8.000 jugadoras registradas nada más que en Inglaterra) y hasta gay (es uno de los deportes de moda en la comunidad homosexual británica).
La popular división entre "gente bien educada" (la del rugby) y "mal educada" (la del fútbol) apunta en realidad a una distinción de clases que está desapareciendo. Por un lado, en muchos países el rugby también atrae a las "clases populares", y por otro, ya no es exclusivamente blanco.
Así como la raza negra encontró en el fútbol su deporte natural, que se adapta mejor a ciertas características físicas y rítmicas de la raza, varias etnias de la Polinesia están adoptando el rugby con mucho éxito.
Salta a la vista el ejemplo de los maoríes, debido a su creciente participación en el rugby de Nueva Zelanda.
Las características físicas de los polinesios son ideales para el rugby: a igual peso, un maorí suele ser más compacto, ágil y fuerte que sus compañeros blancos y negros.
Cultura popular
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El rugby y el fútbol son tan diferentes y al mismo tiempo tan semejantes que parecen el revés y el derecho de la misma tela, del mismo deporte
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La popularidad del rugby se extiende como un incendio en el Pacífico pero con mucha lentitud en Europa y América Latina.
La razón principal de esta lentitud no es la carencia de maoríes en nuestros países, sino la afinidad entre el fútbol y la cultura popular.
Es una pena, porque el rugby puede aportar a esa cultura varios elementos positivos: en los rigores del scrum, los jugadores reconocen los valores de la amistad, la solidaridad, la iniciativa personal.
Y lo más importante de todo, aprenden a controlar la violencia.
En el rugby, la violencia tiene riendas, dentro y fuera de la cancha. Éste es justamente el objetivo que el fútbol ha perdido de vista.
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