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Sábado, 26 de julio de 2003 - 21:51 GMT
El corazón de Armstrong
Raúl Fain Binda.
Raúl Fain Binda
Columnista, BBC Mundo

Si se mantiene en la bicicleta, si no lo mata un rayo o lo atropella un camión, si no lo frena una septicemia o se le revienta un aneurisma, Lance Armstrong ganará este domingo su quinto Tour de Francia.

Ante los campeones uno siente muchas veces la tentación de festejar su buena suerte, además de su empeño, su talento y sus condiciones naturales.

Lance Armstrong.
Amstrong está a punto de igualar el récord del español Miguel Indurain.

Todos, empezando por Armstrong, sabemos que este es el año en que se hizo evidente su decadencia, que para muchos comenzó el año pasado. Qué formidable atleta será, que en su segundo año de decadencia todavía no le pueden ganar.

Dos ciclistas pudieron arrebatarle este año el Tour, su quinto consecutivo, y los dos cayeron al tomar mal una curva, presionados por Armstrong, dejándole la puerta abierta. ¿Es eso buena suerte?

Más que buena suerte

No, por supuesto que no. Los entendidos decían que este era el año de Joseba Beloki, del equipo Once, a quien veían más fuerte que el año pasado, mientras que a Armstrong todos lo veían más débil.

El estadounidense que tal vez compartía ese juicio, se dedicó a controlar al vasco, a pisarle los talones, a exigirle que atacara, recordándole que el desafiante es el que debe tomar la iniciativa, si quiere ganar.

Y Beloki juzga mal una curva cerrada, con un solazo de infierno y el asfalto blando, la rueda trasera se le engancha y la caída, en vez de ser como un resbalón, es como el desplome de una bolsa de papas. Adiós, al hospital.

No, por supuesto que no es buena suerte.

El código de la ruta

Desaparecido Beloki, los entendidos descubrieron de repente que este era el año de Jan Ullrich, del equipo Bianchi, a quien veían tan fuerte como en 1997, cuando ganó el Tour, mientras que a Armstrong todos lo veían más débil.

El estadounidense que tal vez compartía ese juicio, se dedicó a controlar al alemán, a pisarle los talones, a exigirle que atacara, recordándole que el desafiante es el que debe tomar la iniciativa, si quiere ganar.

Y entonces Ullrich, en la contrarreloj del sábado, juzga mal una curva, bajo un aguacero, y la bicicleta se le va de las piernas como espantada. Allí pierde varios segundos, la concentración y la confianza en sí mismo.

Jan Ullrich.
Aparatosa caída del ciclista alemán Jan Ullrich.

Armstrong, que lo sigue a tres minutos, sabe que sólo debe rodar sin caerse, sin mucho esfuerzo, para igualar la hazaña de Indurain y los otros inmortales.

Muchos alemanes no perdonarán a Ullrich haberse detenido en la etapa 15, esperando que Armstrong se recuperara de una caída. Jan les dijo que se lo imponía el código de la ruta y que Lance se había detenido por él hace dos años, en circunstancias similares.

"Aquella vez Armstrong te llevaba una ventaja tan grande que para él no fue un sacrificio, en cambio para ti fue un suicidio", le replicaron. Jan se encogió de hombros: o es un caballero de pies a cabeza o se tenía confianza para recuperar en la contrarreloj los 67 segundos que Armstrong le llevaba entonces de ventaja. ¿Acaso no había superado claramente a su adversario en la contrarreloj anterior?

Muchos españoles le reprochan a Armstrong no haberse detenido en la etapa 9, para esperar a Beloki, o constatar que el vasco no podría continuar. Lance alegó que Vinokourov se escapaba, que "iba por el maillot amarillo" y que eso lo eximía de la obligación de ser cortés.

El esfuerzo del ciclista

Con esto, o sin esto, el Tour de Francia retiene en el centenario su tradicional magnetismo y pocos recuerdan que hace unos años muchos creímos que estaba liquidado, desangrado por el escándalo de drogas más grave en la historia del deporte.

Lance Armstrong.
Armstrong no se detiene.

La razón principal, creemos, es la admiración que todos sentimos por el brutal esfuerzo de estas tres semanas. Comparen ustedes la dedicación y sacrificio de diferentes deportistas y ninguno se aproximará al ciclista.

Debemos al profesor Alejandro Lucía (pueden leer sus artículos en la página de Internet de El País, uno de nuestros medios asociados) las siguientes comparaciones de esfuerzo, medido en forma científica:

Un ciclista "del montón" acumula en el Tour un total de 7.000 ó 8.000 puntos de esfuerzo, o sea un promedio diario de 350 ó 400 puntos... durante tres semanas seguidas.

Un atleta de la marcha de 20 kilómetros alcanza 200 puntos, en el maratón 300 puntos, en la marcha de 50 kilómetros 500 puntos...

Y fíjense ustedes que a ningún loco se le ocurriría participar en dos marchas seguidas de 50 kilómetros. Tengan en cuenta, además, que en una etapa de montaña del Tour, los ciclistas que pelean la punta suelen alcanzar hasta 600 puntos de esfuerzo.

El profesor Lucía cree que únicamente los galeotes, los remeros de las galeras, con 720 puntos por día, superaban el esfuerzo de un ciclista durante el tour. Y acaso los chasquis incas.

El esfuerzo se mide con una ecuación a partir de los latidos del corazón. El promedio de latidos durante toda la duración de un tour es de 135 latidos por minuto.

Bombeando con el corazón de esta gente se podría reflotar el Titanic, o por lo menos la carrera de Leonardo Di Caprio.


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